sábado, diciembre 3, 2022

Seguimiento cauto de las revueltas árabes

Es una señal de los tiempos que corren que algunos periodistas árabes destacados en la cumbre de influyentes internacionales celebrada aquí pasaran su tiempo libre escrutando los mensajes en Twitter relativos a las protestas políticas de su país de origen. Es una suerte de momento histórico en el mundo árabe, cuando la gente se pone nerviosa con cualquier cosa relacionada con el estatus quo.

La agitación que se llevó por delante a un gobierno en Túnez se ha contagiado por toda la región, con grandes manifestaciones callejeras en Egipto, Jordania y Yemen. Es un movimiento que parece carecer de líder — más al estilo de una «improvisación colectiva». Pero comparte una sensibilidad común — la creciente expectativa de una generación más joven que percibe el cambio global en Internet, y que momentáneamente ha perdido su miedo a los líderes corruptos y autócratas del país.

«Me parece que ya era hora», dice Jamal Jashoggi, un periodista saudí que dirige el canal informativo 24 horas Alwalid, hablando de las manifestaciones callejeras de Egipto. «Había razones para que la gente se indignara hace 10 años, hace 20 años, y ahora ha estallado». En la práctica, dice él, «el mundo árabe lleva los últimos 100 años aspirando al renacimiento», pero se ha atascado durante las últimas generaciones, atrapado entre el miedo a los regímenes autoritarios y la indignación con su corrupción.

Es una revolución con la que es fácil simpatizar, y los funcionarios estadounidenses han suscrito sabiamente los objetivos de apertura y reforma de los manifestantes. Pero siendo realistas, hay muy poco que América pueda hacer para reforzar al octogenario Presidente egipcio Hosni Mubarak, caso de querer. La Secretario de Estado Hillary Clinton puede apoyar la reforma, como hizo el miércoles, pero se trata de una revolución post-americana, alentada en parte por el reconocimiento tácito de los límites de la influencia estadounidense.

La inquietud se acompaña de una serie de fracasos estadounidenses en la región. El Presidente Obama prometió cambio. Pero no supo conducir a los palestinos y a Israel a un acuerdo de paz, y no supo contener a Hezbolá en el Líbano ni a su patrón, Irán. Estados Unidos ha dejado de ser ya el tapón de la botella, y el árabe de a pie lo sabe.

Los funcionarios estadounidenses se ven alentados por el hecho de que los manifestantes de Túnez, Egipto y el resto de países árabe parecen independientes de la Hermandad Musulmana y los demás grupos islámicos radicales. Pero ése podría ser un triste consuelo; este proceso se encuentra aún en sus primeras etapas.  

La historia enseña que las revoluciones son siempre atractivas en su infancia, cuando la libertad se respira y la rebelión parece espontánea. Pero de las revoluciones francesa y rusa al levantamiento iraní de 1979, las protestas callejeras idealistas pero caóticas normalmente dan paso a una élite revolucionaria maniquea — los «Guardianes de la Revolución», como les gusta llamarlos a los iraníes.

Este ciclo vital de la revolución queda plasmado en las escenas de manifestantes enfrentándose a la policía antidisturbios en la Plaza Tahrir de El Cairo esta semana. El nombre de la plaza se traduce como liberación, y se bautizó así en honor a la revolución de Gamal Abdel Nasser contra la monarquía en 1952. Pero un grupo de autócratas egipcios fue paulatinamente relevado por otro.

El depuesto Presidente de Túnez Zine al-Abidine Ben Alí perdió la paciencia, algo que no ha pasado aún con Mubarak. El mismo día que huyó de Túnez, se rumorea que Ben Alí había pedido consejo a un miembro del gabinete saudí. Se le dijo que se dirigiera a los manifestantes, dejase de disparar, y permaneciera en el país. Al caer esa noche había huido con destino a Jeddah.

Un analista de la Inteligencia árabe habla de Túnez, Egipto, Yemen y Jordania como «los países inviables», cuyas economías parecen no crecer con la rapidez suficiente para satisfacer la demanda de sus pujantes poblaciones jóvenes. Joe Saddi, el director en Oriente Próximo de la consultora Booz-Allen Hamilton, dice que para tener éxito, Egipto necesita ritmos de crecimiento en torno a los niveles de la India en el 8% ó más, en lugar de su actual 5%.

El Líbano es otro paso en terreno desconocido, encabezando el Primer Ministro Najib Mikati una nueva administración dominada por Hezbolá, la milicia chií. Saudíes, franceses y estadounidenses han desperdiciado cada una de las iniciativas destinadas a evitar ese resultado; por ahora, parecen partidarios de dejar que el Líbano se las componga en medio de su caos político interno y su deuda externa. Mikati puede parecer la vía intermedia, siguiendo el estilo clásico libanés. Pero se rumorea que un ministro de exteriores árabe ha manifestado en privado lo que muchos sospechan: el enfrentamiento entre Hezbolá y sus enemigos sólo se resolverá a través de otra guerra.

A fin de cuentas, esta revolución tiene un aire de inevitabilidad, como una calabaza podrida que finalmente estalla. Un ejecutivo egipcio desplazado aquí resumía a regañadientes su opinión del cambio de régimen de esta forma a un amigo árabe: «A largo plazo es bueno, a corto plazo es malo». Pero hasta esa pequeña muestra de optimismo en el futuro árabe está en el aire. 

David Ignatius

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