miércoles, diciembre 7, 2022

Alarmas y síndromes

Los controladores de eso del cielo y los aviones provocaron que el Gobierno decretase el estado de alarma. Aunque ahora lo quiten yo vivo en el citado estado sin que tengan algo que ver los señores del aeropuerto.

Esta sensación inquietante la tengo desde que hace unas semanas cuando el presidente de nuestro gobierno afirmó que había solo una persona, aparte de su señora esposa, que conocía su decisión sobre si iba o no presentarse en las próximas elecciones. Por lo cual la incógnita es doble: Si se presentará y quién es el depositario de tal secreto.

Estas formas de ejercer el poder sinceramente me alarman, ya que me indican que estamos en manos de gente que pese a su supuesta valía, tienen episodios en los cuales su equilibrio sufre cierto deterioro.

Recuerdo al señor Aznar cuando nos sorprendió con una libreta (creo que era azul) en la cual apuntaba tanto su futuro gobierno como el nombre de su sucesor. Absolutamente surrealista. A partir de ahí, un hombre tan contenido, puso los pies en la mesa de Bush, adquirió un acento tex-mex y luego pasó lo que pasó.

Felipe González, al que tampoco le regateo méritos, pasó una época extrañísima de afición a los bonsáis que derivó en una durísima terapia para reciclarse, consistente en buscar piedras por las playas, pulirlas un poquito o un muchito y luego venderlas. Nadie ha reclamado la propiedad de las piedras que han llegado a alcanzar tantísimo valor, lo cual habla muy bien de la comprensión del honrado pueblo español o de donde sean los pedruscos. Pero el tratamiento debió ser duro.

Leopoldo Calvo-Sotelo ha pasado a la historia de las democracias mundiales por ser el único presidente que convocó unas elecciones generales, con el convencimiento profundo de que las iba a perder e incluso conseguir cargarse el partido que le apoyaba. Toda una auténtica e insólita hazaña que el tiempo valorará en su justa incongruencia.

La gente habla del síndrome de la Moncloa que ataca a sus habitantes. Por los datos expuestos es muy posible que así sea. No es extraño: allí vivieron muchos invitados del antiguo régimen y no todos ellos acabaron bien. Sus fantasmas deben correr por los pasillos.

Ahora tenemos lo del secretito al oído (que según afirma el refranero popular es de niños sin sentido). Aunque intuyo quién es el amigo, todo esto lo considero un alarmante síntoma. Así que con todo el respeto que me merece el presidente del gobierno como ser humano, de verdad, le recomendaría que se lo hiciese mirar.

Por su bien y ya de paso, por el nuestro.

Paco Fochs

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