jueves, diciembre 1, 2022

La desconexión detrás de la crisis de Europa

Hace un mes, muchos estadounidenses se preguntaban sin duda por qué debían preocuparse por el lastre deudor de distantes naciones europeas tales como Grecia, España o Portugal. Ahora, mientras los mercados financieros estadounidenses se unen al resto del mundo que está siendo castigado, tenemos nuestra respuesta.

El motivo de que el temor se transforme en pánico siempre reviste cierta dosis de misterio, o por qué el galope de unos cuantos caballos da lugar a una estampida. Europeos y asiáticos deben de haberse hecho preguntas parecidas sobre la causa y el efecto hace dos años, al ver una categoría relativamente minoritaria del préstamo estadounidense -el préstamo hipotecario de riesgo- provocar una histeria de liquidación de inversiones en Wall Street que absorbió la liquidez del sistema financiero mundial como una esponja.

Una vez más, los inversores parecen estar sufriendo la versión financiera del vértigo: Desconocen dónde se toca fondo; no están seguros de lo que es sólido y de lo que puede derrumbarse; en ausencia de información solvente, asumen lo peor; se ponen nerviosos a la menor mala noticia y el contagio se extiende.

El pánico esta semana se centra en las economías europeas y en las entidades bancarias titulares de su deuda. La situación no es en realidad mucho peor hoy que hace un mes; podría decirse que, en la práctica, es mucho mejor, porque los problemas de deuda de los miembros europeos más débiles han sido diagnosticados y están siendo corregidos. Pero el problema se ha vuelto viral; se extiende desde motivos concretos de preocupación hasta llegar al temor generalizado. Añada una dosis extra de inquietud motivada por la guerra en la península coreana, y tiene a los inversores de todo el mundo buscando la salida más próxima en desbandada.

Durante una conversación mantenida esta semana con el presidente italiano Giorgio Napolitano tuve oportunidad de poner este extremo vertiginoso en perspectiva y escuchar un relato sobrio de la crisis europea. Napolitano es uno de los grandes barones de Europa, y durante décadas ha sido el defensor de la unidad europea. Pero reconocía que existe una discrepancia radical entre el ideal de integración económica y la realidad de que la eurozona alberga 16 regímenes fiscales distintos, una desconexión que ayudó a dar lugar a la presente crisis.

«Hemos tenido la demostración patente del grave efecto que tiene la ausencia de políticas consolidadas», decía Napolitano Con esta crisis, argumentaba, los europeos tienen que aceptar de una vez que la unión «implica la transferencia parcial de la soberanía nacional». La presente integración a medias simplemente no es lo bastante fuerte para sustentar una divisa común, insinuaba.

Cuando estalla el pánico, cada medida de rescate parece despertar nuevo escepticismo en torno a que la crisis se pueda contener. Ése ha sido el problema esta semana: El Banco Central español intervino una gran entidad de crédito, y cuatro cajas anunciaron una fusión; se suponía que estos movimientos iban a fomentar la confianza, pero en su lugar provocaron una ola de ventas de títulos bancarios por todo el continente. Italia intenta cortar la hemorragia con un recorte presupuestario de 30.000 millones de dólares que reducirá su déficit presupuestario por debajo del 3% del PIB hacia el ejercicio del año 2012. Veremos si los inversores consideran creíble esa promesa.

Los inversores siguen castigando a Europa en parte porque no ven aún los mecanismos que implantarán la disciplina. La Unión Europea acaba de establecer un fondo de rescate de 1 billón de dólares, pero ¿qué pasará cuando se acabe? Hay una promesa de imponer condiciones estrictas a Grecia, Portugal y los demás a cambio de préstamos, pero sigue sin estar claro cómo va a hacer que funcione este régimen de austeridad Bruselas.

El problema es el que describe Napolitano: Europa sigue siendo una unión de conveniencia, que puede ser marginada por los gobiernos nacionales en cuanto ello se ajusta a sus objetivos. A las naciones del norte de Europa como Alemania les gusta reñir a sus derrochonas homólogas del sur por su falta de disciplina. Pero fueron Alemania y Francia las que pusieron de relieve lo inofensivo de los mecanismos de implantación del reglamento de la eurozona en el año 2005 cuando se negaron a pagar las multas cuando sus déficits presupuestarios superaron los límites fijados por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la Unión Europea.

Lo que me preocupa es que los dictados de la economía y la política están hoy enfrentados en Europa. Para sostener su divisa común, Europa necesita políticas fiscales integradas que estén implantadas en todos sus miembros. Pero en esta crisis es probable que las asustadas opiniones públicas se aferren con todas sus fuerzas a los símbolos de la soberanía nacional, y se resistan a los dictados de los gobernadores de los bancos centrales y los burócratas de la Unión Europea. Es por eso que los euroescépticos creen que esta crisis aún va a traer mucha cola: el galeno de Bruselas puede saber lo que hace falta, pero los 16 pacientes no han accedido aún a tomarse la medicina. Y el mundo entero siente los dolores.

© 2010, The Washington Post Writers Group

David Ignatius

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