lunes, mayo 27, 2024
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El rector Berzosa y la libertad de expresión

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Debo confesar mi sorpresa ante la intensidad de los ataques lanzados en las últimas horas contra el rector de la Universidad Complutense, Carlos Berzosa, por haber albergado y respaldado -quizá lo excesivo fue presidirlo- un acto de apoyo al magistrado Baltasar Garzón. Lo digo desde la tranquilidad de que difícilmente se me podrá contar entre los hagiógrafos -ni tampoco entre los detractores- del famoso y polémico magistrado, con quien, nada menos que allá por los meses de julio y agosto de 1990, mantuve un correcto pero algo tenso intercambio epistolar, debido a la publicación, en la revista Panorama que por entonces dirigía, de un reportaje del excelente periodista Pedro Arnuero, trabajo brillante y creo que oportuno, pero que el magistrado entendió que podía suponer riesgos para su familia. Tuvo más adelante Baltasar Garzón la gentileza de invitarme a almorzar y, por lo que recuerdo, las razones de uno y otro, del magistrado inquieto por su seguridad y del periodista interesado por el servicio a la opinión pública, convergieron sin graves dificultades, con lo que el incidente quedó, pienso, que superado.

Relato aquellos hechos, ya lejanos en el tiempo, para que nadie piense que mi discrepancia con los ataques al profesor Berzosa deriva o procede de una voluntad de respaldo al magistrado Garzón y a sus actuaciones, siempre polémicas, pero respecto a las que es natural y legítimo que haya opiniones distintas o incluso contrapuestas. En cambio, de lo que no puede caber duda alguna es de que la principal Universidad española, y por tanto sus autoridades académicas, tienen legitimidad sobrada para actuar siempre en sintonía con el sagrado principio de la libertad de expresión, en el que cabe encuadrar el acto que ha levantado tanta polémica. Para decirlo con entera claridad: no comparto muchos de los más que polémicos criterios expresados en el referido acto, pero reclamo el derecho de la Universidad a celebrarlo y, por tanto, el derecho del rector a presidirlo.

Iré un poco más lejos. La Universidad Complutense tiene una avenida que es como su columna vertebral, la llamada Avenida Complutense. Pues bien, no puedo por menos de recordar, con intensa emoción, aquella mañana, ya lejana en el tiempo, muy anterior al cambio democrático, en la que miles y miles de estudiantes, de casi todas las facultades y escuelas técnicas y de las más diversas ideologías, echamos a caminar por la Avenida Complutense detrás de un grupo de profesores egregios y con el grito de una sola palabra en los labios, bien es cierto que la más importante de todas las palabras: «¡LIBERTAD, LIBERTAD!» atronadoramente repetida una y otra vez. Aquellos profesores, honra del espíritu universitario e ideológicamente muy diversos, están hoy en la memoria de cuantos vivimos aquellas horas de emoción en las que España empezó a cambiar: Tierno Galván, Aranguren, Ruiz-Giménez… y hasta una decena de viejos y menos viejos profesores, de izquierdas y de derechas, pero comprometidos todos con la idea de que los españoles nos merecíamos la plenitud de una democracia y que sólo en la democracia sería posible la reconciliación nacional.

Llamada por quien fuese llegó la policía -«los grises», que se decía entonces- a cerrar el paso a la manifestación y ordenar que se disolviera, pero ya se veía que muchos de los propios policías no lo tenían muy claro. Recuerdo la gallardía con que el «viejo profesor» Tierno Galván se dirigió, sereno y cortés, como en él era inevitable, a un mando policial que, megáfono en mano, ordenaba silencio y que se disolviera la manifestación: «¿Pero es que a usted le molesta la palabra libertad, aquí, en el recinto universitario?». Y recuerdo vívidamente la cara apesadumbrada y el gesto y tono respetuoso de la respuesta de aquel mando policial, cuyo nombre desconozco: «Yo sólo cumplo órdenes, profesor, pero créame que me gustaría estar entre ustedes». Y la réplica sonriente de Tierno Galván: «Tenga la certeza de que lo estará muy pronto y que será bienvenido».

Así que cada cual pensará como quiera sobre el magistrado Baltasar Garzón y sus actuaciones y todas las opiniones serán legítimas, pero la decisión del rector Berzosa de amparar y presidir en el recinto universitario el acto en torno al polémico magistrado no sólo es legítima, sino que está en la tradición del espíritu universitario y de la principal Universidad española. No es un tema de izquierdas o derechas, sino mucho más importante, porque debiera ser innecesario recordar que el espíritu universitario no puede ser otro que el de la libertad. Con la libertad, siempre. La libertad, para todos, hasta para el juez Garzón, naturalmente.

Carlos E. Rodríguez

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