lunes, febrero 6, 2023

Zapatero: del ‘buenismo’ a la ignominia

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Contra las cuerdas. Arrinconado en una esquina del cuadrilátero y medio grogui, Zapatero se resiste a tirar la toalla. Confía en que le salve la campana. Con la mandíbula aún dolorida por el potente uppercut que le ha propinado la crisis económica, acaba de recibir un durísimo golpe, y esta vez no ha sido, como él habría preferido, un crochet de derecha. El púgil no es ahora Jiménez Losantos. Tampoco Hermann Tertsch. No ha sido un derechazo. El que golpea, y lo deja al borde del knockout, es José García Abad, un periodista que, a diferencia de aquellos, sigue hoy relacionándosele con la izquierda. Así, el puñetazo duele más.

Dicen que en política -y el periodismo, lamentablemente, está hoy demasiado politizado- uno encuentra los adversarios en el partido de enfrente; pero los enemigos, los verdaderos enemigos, los que pueden hacer más daño, están al lado, juegan en casa. Por eso los pilares de la Moncloa tiemblan ante algunas de las revelaciones de García Abad. El periodista perfila un acerbo retrato de Zapatero, un espejo que desnuda al presidente y deja al aire no sólo sus miserias sino también una metamorfosis de dimensión casi kafkiana: la conversión de Bambi, el indefenso cervatillo, en un pérfido Maquiavelo de León, que así se titula, por cierto, el libro que acaba de publicar García Abad.

Con un estilo alejado de lo estridente en lo formal, García Abad distingue lo que le consta de lo que supone, y construye un relato que va a inyectar, seguro, altas dosis de convulsión y desasosiego en los círculos más próximos al presidente. Zapatero aparece como un iluminado con ansias de poder, maléficos pensamientos, incapacidad para el perdón y mago del marketing político. Un Mesías ateo que comete, sin embargo, siete particulares pecados capitales: rencor, deslealtad, iluminación, gula por el poder, envidia, engaño y soberbia.

Rencor. García Abad presenta a un Zapatero rencoroso: «Si él estima que se la haces, pone tu nombre en la bala. Se toma su tiempo, pero finalmente dispara. Las balas las tiene contadas, y no derrocha ninguna. Pero tenlo seguro: ni olvida, ni perdona». «Sí, puedo decir que es rencoroso. Ni olvida, ni perdona. Es un killer… si no es necesario no te mata… pero no deja ninguna afrenta por castigo. El día que caiga, nadie va a llorar por él».

Deslealtad. Estupor produce la conversación que se supone mantuvo Zapatero con Jesús Caldera, quizá su principal lugarteniente antes de alcanzar la Moncloa, cuando le comunicó su destitución como ministro. «¿Por qué me cesas, José Luis?, ¿qué he hecho yo para merecer esto? ‘Por tu política inmigratoria’, respondió Zapatero. ‘Será por la tuya’, replicó Caldera. Y… le aclara con sonrisa maquiavélica: ‘Por eso, Jesús, por eso’.

Iluminación. Cuenta García Abad que hay una frase que le define: ‘fíate de mí, tú no puedes tener todas las claves, pero fíate de mí’ (…) no sólo decide el movimiento de las piezas (de ajedrez) sino también si eres caballo, alfil o reina. Él, como Franco, dice: ‘no te metas en política’. No lo dice así, «pero es el mensaje que reciben los ministros». Asegura el periodista que «lo que en él puede parecer soberbia no es más que la manifestación de su mesianismo: él está convencido de que ha sido ungido con un don especial, que es portador de un destino manifiesto, para cuyo cumplimiento se vale él sólo».

Envidia. «En su papel mesiánico, o quizá adanista, le cuesta situarse como el segundo presidente socialista de la historia de España. Una de sus obsesiones es superar en carisma a Felipe González, a cuya gestión empieza por negarle la condición de socialista», se puede leer en El Maquiavelo de León.

Soberbia. La personalidad que revela García Abad poco tiene que ver con la transigencia, la tolerancia y el compañerismo que Zapatero desprende en todas sus intervenciones públicas. «Piensa que sea cual fuera el problema que se presente, tiene la formación y los criterios suficientes para resolverlo». Esa prepotencia a la que alude el periodista va acompañada, a su juicio, de incapacidad para escuchar a quienes piensan diferente. «A los críticos les tolera dos veces, quizá tres, pero a la cuarta pierde todo el interés por escucharles y lo justifica de mil maneras: «Ese me envidia», «Este otro no ha conseguido lo que quería», o «aquel no tiene los datos de que yo dispongo» «…no escucha. Es autista. Ha sido siempre así… el error es convertir su endeble envergadura en un mito». El análisis de García Abad es demoledor.

Gula por el poder. «Está convencido de que su misión es ganar las elecciones, más que llevar adelante un determinado proyecto político. No tiene claro cuál es la misión de un presidente: si es gobernar para todos los españoles o si es gobernar para mantenerse en el poder. Él está en el poder por el poder. No quiere hacer nada que sea impopular, aunque sea necesario, y así lo ha demostrado en la gestión de la crisis económica (…) Está para ganar votos, para ejercer el poder, para mantener la continuidad de su Gobierno pactando con quien sea, incluido el diablo (…) Te puede decir una cosa y la contraria en el plazo de una semana sin pestañear». La crítica de García Abad es voraz.

Engaño. El libro presenta además al presidente del Gobierno como un hombre sin palabra. «Otra de sus características es el escaso valor que concede a su palabra. Mariano Rajoy, Artur Mas y otros dirigentes de la oposición han dicho y repetido que Zapatero les ha engañado. Jordi Pujol asegura que ha engañado primero a media humanidad, después a la otra media y finalmente a toda la humanidad».

Quien escribe estas líneas, y sin poner un ápice de duda sobre la veracidad de las numerosas conversaciones que García Abad desenmascara en su libro, muestra, sin embargo, cierta incredulidad. Es posiblemente la incredulidad del gobernado que se resiste a creer en la mala fe del gobernante. Es evidente que Zapatero no es un Bambi, como muchos pensaron al arranque de su primera legislatura, pero tampoco es el diablo personificado. Permítanme que lo exprese en voz alta. Zapatero lleva ya años desenvolviéndose en la primera línea de la política con mayúsculas, y a fuer de combatir con lobos termina aprendiéndose el arte de la depredación.

Me quedo, en este sentido, con un pasaje de El Príncipe, la obra suprema del verdadero Maquiavelo: «Hay tanta diferencia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que quien deja lo que se hace por lo que se debería hacer, encuentra más bien su ruina que su salvación: porque un hombre que quiera en todo hacer profesión de bueno fracasará necesariamente entre tantos que no lo son. De donde le es necesario al príncipe que quiera seguir siéndolo, aprender a poder no ser bueno y utilizar o no este conocimiento según lo necesite».

Armando Huerta

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