viernes, diciembre 9, 2022

Ahora es el Iraq de los iraquíes

Iraq es el país que se niega a morir: Sadam Husein trató de quebrar la voluntad de sus habitantes mediante torturas y gas nervioso, pero no lo consiguió. América administró arrogantemente mal los primeros años de su presencia y casi provoca una guerra civil, pero los iraquíes aguantaron el tipo. Irán intentó asfixiar a su vecino, asesinando a los iraquíes que no eran de su agrado y sobornando a los políticos del país.

De alguna manera la nación iraquí no sólo sobrevivió a estas catástrofes sino que se está convirtiendo en la democracia en ciernes más prometedora del Próximo Oriente.

Las elecciones celebradas el pasado domingo no deberían interpretarse como una celebración de la victoria, y menos aún por parte de Estados Unidos. Hay más dolor y violencia en ciernes, y habrá momentos en los que los analistas volverán a dudar de que el nuevo Iraq pueda mantenerse unido.

Pero al menos ahora el país pertenece realmente a sus habitantes. Los políticos del nuevo Iraq constituyen un surtido mercúrico, interesado y en ocasiones corrupto. Pero son iraquíes, y se podría decir que es lo único que importa realmente.

La resistencia de Iraq -su pura y obstinada fortaleza para perdurar- puede verse en tres imágenes de un político suní de nombre Mohammed Qassim Fahdawi, que es el gobernador de la provincia de Anbar. Cuando le conocí en Ramadi en diciembre, estaba tentando a un grupo de estadounidenses de visita con las oportunidades de inversión en Anbar y repartiendo un atractivo suplemento que había sido distribuido por el Financial Times. Sólo tres años atrás esto había sido el cuartel general de Al Qaeda en Iraq, y ahora estaba hablando de títulos garantizados.

Parecía demasiado bueno para durar, y lo era: el 30 de diciembre Fahdawi resultó herido de consideración en un atentado suicida perpetrado por Al Qaeda en el mismo complejo en el que dos semanas antes había realizado su presentación a los inversores. Alrededor de 30 personas perdieron la vida y docenas más resultaron heridas.

La tercera instantánea es la de la víspera del día de las elecciones. Fahdawi desafiaba las órdenes del médico y volvía a Ramadi en silla de ruedas tras someterse a cirugía en una pierna y la amputación de un brazo, con el fin de animar a los sunitas a votar.

Si la dureza bastara, Iraq sería el mejor país del mundo. Pero los rasgos de dureza y estoicismo que ayudan a los iraquíes a sobrevivir en ocasiones les impiden asumir compromisos y acuerdos que son imprescindibles para la administración eficaz.

Lo mejor de los comicios del domingo, a juzgar por los primeros resultados, es que ningún partido obtuvo una victoria tan considerable como para constituir Gobierno en solitario. La coalición del primer ministro Nuri al-Maliki (impensablemente bautizada «Estado de Derecho») negociará los detalles con el partido chií religioso encabezado por el vicepresidente Adel Abdul Majdi, que negociará simultáneamente con el partido secular del ex primer ministro Ayad Alawi. Y todo el mundo intentará atraer a los kurdos.

Así será la democracia de corte Iraq, algo más próximo a un día de compras regateando en el zoco que a una visita al monumento a Lincoln.

El jueves llamé a Alawi a Bagdad con el fin de hacerme una idea de cómo se va a desarrollar el regateo político para constituir Gobierno. Los primeros resultados sugieren que su coalición, Iraqiya, ganó en dos provincias del norte: Diyala y Salahuddin. Él dijo estar ya dialogando con otras formaciones, intentando obtener su apoyo a un «gobierno de reconciliación» no sectario que trascienda los partidos.

Todos los candidatos están comprando apoyos, pero los contactos mantenidos por Alawi son característicos: dijo mantener conversaciones con Jawad Bolani, el ministro chií de Interior; con el jeque Ahmed Abu Risha, secretario del movimiento suní Despertar; con Abdul Majdi, uno de los líderes del Consejo Islámico Supremo de Iraq; con el líder kurdo Massoud Barzani; y con los seguidores del clérigo chií Moqtada al Sadr. Alawi también se ofreció a negociar con Maliki, siempre que apoye un Gobierno no sectario.

Alawi espera poder constituir Gobierno a finales de este mes o principios del que viene. Otros no son tan optimistas. Les inquieta el prolongado periodo de negociación política y el vacío de poder en Bagdad que abre la puerta a una nueva ronda de violencia sectaria. Evitar esta espiral de empeoramiento es el desafío de Maliki, Alawi y los demás. Pero ahora el destino de su país depende de ellos, construido o fragmentado.

En los días más oscuros de la guerra de Iraq, era tentador para los estadounidenses pensar que nos podíamos marchar por las buenas del desastre que habíamos creado. Las cosas tienen ahora un aspecto mejor de lo que nadie pudo imaginarse en el 2006, pero Estados Unidos sigue teniendo la obligación estratégica y moral de ayudar a esta frágil democracia a avanzar, sobre todo por las miles de vidas estadounidenses que se perdieron en los años previos a los comicios del domingo.

Como enseñanza para el futuro, todavía me gusta el discurso de Barack Obama durante la campaña: «Tenemos que poner el mismo cuidado a la hora de salir que nos faltó al meternos».

© 2010, The Washington Post Writers Group

David Ignatius

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