jueves, diciembre 8, 2022

Vergüenza ajena

respecto a los países de su entorno, nunca respecto a sí misma. Leer obras de autores españoles de hace uno o cuatro siglos consigue un efecto parcialmente reparador: muchos de los problemas siguen siendo los de siempre, pero por lo menos ahora la enorme de mayoría de españoles tiene algo que llevarse a la boca. De momento. Sin embargo, España sigue siendo ese país de charanga y pandereta, un lugar donde domina la abulia, que se va suicidando lentamente y que apenas ha aprendido a europeizarse. Y eso sólo «sisando» algunas expresiones de los presuntos miembros de la nunca existente generación del 98.

A pesar de lo afirmado, hay dos cosas que sí han cambiado enormemente y que motivan el título de este artículo. Dos asuntos indisolublemente unidos y que acrecientan cada uno de nuestros innumerables problemas:

– El primero es nuestro gusto por los fuegos de artificio. Estamos atravesando una seria crisis cuya conclusión es difícilmente situable y cuyos últimos efectos, siempre catastróficos, son de imposible previsión concreta. Aun así estamos anclados en los detalles accesorios que, voluntariamente o no, nuestros políticos y medios de comunicación ponen delante de nuestros ojos. Así, en esta última semana se ha hablado más de si nuestro caso se parece al de Grecia que de la auténtica gravedad de las respectivas situaciones del paro, el déficit público y la insostenible realidad de nuestro sistemas de pensiones, funcionariado, autonomías, subvenciones y demás prebendas con cargo al presupuesto.

La situación es gravísima, pero nadie mueve un dedo para meter mano al asunto con seriedad y profundidad. Hasta tal punto llega la desfachatez de los prebostes nacionales que, por poner dos ejemplos, el propio presidente del Gobierno anuncia una medida que aumenta el gasto público una semana después de haber prometido que iba a reducirse el déficit, y el jefe de la oposición afirma tener las soluciones a todos nuestros problemas pero que sólo las hará públicas cuando alcance el poder. ¿No se dan cuenta de que «ya mismo» comienza a ser demasiado tarde?

– El otro gran cambio que España ha experimentado en las últimas décadas es la desaparición casi por completo de una pléyade de intelectuales que sepan y se atrevan a criticar el status quo para destapar nuestras vergüenzas e intentar hacer reaccionar a un público que, de todas maneras, nunca ha sabido reaccionar y siempre se ha limitado a seguir al bando ganador. ¿Dónde existe un Unamuno que se atreva a enfrentarse, desde el prestigio cultural, académico y social, a los que gobiernan tan mal la nave nacional? ¿Dónde hay un Madariaga que se atreva a analizar los problemas de España? ¿Y un Baroja que, mediante sus novelas, nos retrate desnudando nuestras miserias materiales y morales?

Que no existan éstos implica que aquello vaya a continuar. España, como hace siglos, sigue afectada por la venalidad, las sinecuras, el nepotismo, las oligarquías caciquiles, la corrupción en todos los niveles de la existencia individual y social… pero no hay nadie que diga nada, mucho menos gente que se atreva a mover un dedo.

La situación es gravísima. Y ya no es cuestión de que nuestro sistema no sea ni democrático ni representativo, que lo autonómico esté derrochando nuestros recursos, de que no exista un mínimo sentido de lo nacional o, cuando menos, de lo cívico. Ahora es cuestión de no perder una situación de bienestar material que nos permite vivir con bastante desahogo. Ya es demasiado tarde para arreglar los muchos desperfectos, pero nunca lo es para reaccionar e intentar arreglar los bajos de la nave. Que nadie haga nada serio, que nadie lo denuncie, es motivo para sentir vergüenza ajena. España ya no duele como antes. Ahora, además, da ganas de vomitar.

Daniel Martín

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