jueves, diciembre 1, 2022

Otra vez la conspiración

Hay que reconocer que la declaración abierta y manifiesta de José Blanco sobre la existencia de una conspiración de especuladores financieros (es inevitable evocar la conspiración judeomasónica), cuyo objetivo táctico sería España pero cuya meta estratégica sería la destrucción del Euro, no es del todo nueva, sino que supone la última expresión de una escalada en el argumentario del Gobierno que arranca ya de fechas anteriores a las últimas elecciones.

En efecto, el fuego lo abrió el propio presidente cuando, ante los primeros pero serios síntomas de deterioro de la situación económica en nuestro país, determinó con toda soltura que la formulación de cualquier crítica o advertencia sobre la crisis en ciernes (por aquella época palabra tabú) no era sino una clara muestra de falta de patriotismo. Posteriormente, cuando ya la recesión y el paro galopante se manifestaron de forma tan sangrante que no fue posible por más tiempo negar la evidencia, y ante los crudos diagnósticos sobre nuestra situación y las poco halagüeñas previsiones provenientes de organismos internacionales, como el FMI, la OCDE o la Unión Europea, la reacción del Gobierno fue poner en cuestión dichas conclusiones, con base en el peregrino razonamiento de que las mismas estaban formuladas sobre premisas de hecho erróneas. Todos los organismos internacionales se equivocaban porque los datos que tenían eran incorrectos.

Cuando finalmente el Gobierno ha querido mostrar una reacción decidida a la regañina recibida en Davos y a los más oscuros pronósticos sobre nuestro futuro económico y ha plasmado tal espíritu de acción inmediata en un plan para la reducción del déficit, se ha encontrado con una respuesta de desconfianza en los mercados de capitales de dimensiones alarmantes. Y ha sido en ese momento cuando el argumentario paranoico ha alcanzado su cénit, que se concreta en la teoría de la conspiración de los especuladores financieros, que al parecer cuentan con la alianza estratégica de todo tipo de medios de comunicación internacionales, de la más diversa índole y orientación, pero que se han juramentado para destruir la credibilidad de la economía española. No se sabe si el objetivo final es debilitar el Euro o impedir la regulación global de los mercados y, como siempre, acabar con el mesías laico Barack Hussein Obama. Esto depende de cada una de las variantes de la teoría que se vienen desarrollando en las últimas horas.

Una de las primeras y más útiles lecciones que recibí de mi profesor de Economía Internacional fue que los especuladores son consustanciales a todo tipo de mercados, en mayor medida cuanto más abiertos y dinámicos sean éstos. Los especuladores acuden a dichos mercados con el único propósito de obtener beneficios y su mayor contribución consiste en dar liquidez a los mismos, en tanto en cuanto multiplican y garantizan la posibilidad de que existan contrapartidas para las transacciones. Culpar a los especuladores de todos los males es un tic bastante reaccionario, enraizado en una tradición anterior a la Reforma que identificaba el beneficio con el pecado. Los mercados deben ser severamente regulados y monitorizados, para evitar falta de transparencia en los mismos. Pero precisamente los especuladores, en sentido estricto, no suelen ser los sujetos activos de prácticas delictivas como el uso de información privilegiada. Por otro lado, existen especuladores que reconocen abiertamente haber actuado contra una moneda (George Soros) y cuentan con las bendiciones de la opinión políticamente correcta, por su autoproclamada y falsa pátina progre.

En síntesis, la teoría de la conspiración de especuladores tiene tanto recorrido como la célebre de judíos y masones de la que tanto se habló en España en un momento dado. El problema es que, ésta como aquélla, no tienen otro objetivo que tratar de negar la evidencia y proporcionar al público una explicación muy sencilla a los males que nos aquejan. Se trata una vez más de levantar la figura del enemigo exterior para, entre otras cosas, justificar la inacción y enjuagar la responsabilidad del Gobierno. Y lo más grave de todo es que, navegando por la blogosfera y viendo los comentarios a estas noticias, se puede constatar que el Ministro de Fomento ha encontrado un segmento de público que ha acogido su mensaje con tanto entusiasmo como otrora se acogió del de la correlativa conspiración de comunistas, masones y judíos. Tal vez dentro de poco asistamos a manifestaciones contra el FMI y contra el Financial Times y leamos pintadas agresivas contra Irina Kaminska. Al tiempo.

Juan Carlos Olarra

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