lunes, febrero 6, 2023

Dos momentos para rebobinar la crisis financiera

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Se abre el telón y sobre el escenario aparecen el primer ministro griego, Giorgos Papandreu; el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero; el presidente de Letonia, Valdis Zatlers, y el presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet. Los sillones parecen cómodos pero el debate no tanto, al menos para Zapatero, que aguanta con cara de póquer los problemas con la traducción simultánea. Después de un buen rato probando con los cascos, la traductora acaba sentada tras el presidente español.

Pero aún peor que esta imagen, que casi parece un anuncio de una academia de idiomas sobre las bondades del inglés, es la compañía en un debate envenenado. A la derecha de España está Grecia, un país a punto de quebrar, cuya deuda pública alcanza el 115% del PIB en el mejor de los casos, pues hay dudas incluso sobre la fiabilidad de sus estadísticas económicas. A su izquierda, Letonia, un Estado en bancarrota, casi el único ejemplo europeo capaz de hacer buenos a los griegos. Entre ambos, Zapatero intenta vender la solidez de las finanzas españolas. Sin mucho éxito. Vídeo: Zapatero en Davos

3-2-2010. Bruselas. Bélgica

El comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, Joaquín Almunia, explica en rueda de prensa las recomendaciones del Ejecutivo comunitario para reducir el déficit de Grecia. Pero el titular que sale de la rueda de prensa, la pista que al día siguiente hunde el Ibex, es muy diferente. Almunia compara la situación de Grecia con la de España y Portugal, titula toda la prensa: «En esos países observamos una pérdida constante de competitividad desde que son miembros de la zona euro. Tienen déficits públicos elevados y en esos déficits hay componentes cíclicos pero también estructurales. En el caso de Grecia y Portugal, más que en el caso de España».

La respuesta tiene truco. Almunia no compara a Grecia con España y Portugal por iniciativa propia, sino ante la pregunta de un periodista que ya incluye a los tres países. «No tenía mucho margen, más si somos conscientes de que Almunia, por muy español y muy socialista que sea, como comisario de economía no puede decir algo muy distinto a lo que le dice su equipo», explica un eurodiputado español.

Hay otra manera de verlo, menos generosa con Almunia por cuatro razones. La primera, que hasta un concejal de pueblo sabe cómo no contestar a una pregunta si no quiere; más aún un político con la trayectoria y las escamas de Joaquín Almunia. La segunda, que el comisario no necesitaba una rueda de prensa para explicar sus planes sobre Grecia; que ya sabía que le preguntarían por los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia, España, según un simpático acróstico de la prensa financiera). La tercera, que la fobia que tiene Almunia a Zapatero y al socialismo que sustituyó a los de su quinta es conocida. La cuarta y más importante, que manda narices que el último servicio a su país del comisario de Economía (ahora ya es comisario de Competencia) sea hundir su credibilidad internacional en los mercados. Tras Almunia llego el pánico, el peor día de la bolsa española desde hace casi dos años. Vídeo: Bruselas respalda el plan de viabilidad griego pero impone vigilancia

¿Es España como Grecia? Afortunadamente, no. Nuestra deuda (54% del PIB, según los datos de la Comisión Europea) no es ni la mitad de la griega. De hecho, en cuestiones de deuda pública, España ni siquiera es Alemania (73%), Francia (76%) ni, por supuesto, Italia (114,6%). Aunque parezca increíble, viendo lo sucedido en las últimas semanas, la deuda española está -a pesar del aumento del déficit de los últimos dos años- 20 puntos por debajo de la media de la UE. ¿Qué sucede entonces? ¿Por qué se han disparado los indicadores? ¿A qué viene ese cambio de rumbo tan brutal en la política económica del Gobierno?

En las respuestas se juntan varios factores, algunos de ellos tangibles, otros imposibles de medir. Por un lado, ese 20% de paro, que es cierto que esconde un alto porcentaje de economía sumergida pero que resulta complicado de explicar a los inversores extranjeros. Por el otro, un desplome en la recaudación de impuestos que, sumado al aumento del gasto de la cobertura del paro, ha disparado el déficit público hasta el 11,2%, dos puntos más de lo que esperaba el Gobierno. Y lo más importante: que la economía mundial ya respira mejor que hace un año, cuando el capital tenía miedo a invertir. Que la deuda pública ya no es tan golosa como antes. Que toca pagar intereses más altos para atraer capital con el que financiar esa deuda; que hay un montón de países endeudados compitiendo por esos fondos y a España le ha mirado el tuerto, y está pagando el escaparate en el que se ha situado con la presidencia de la UE. Además, a España le toca refinanciar casi 80.000 millones de euros a corto plazo.

Sumados a todos estos problemas, el bono español sufre otro drama más, un intangible: el ataque de los especuladores que apuestan con herramientas como los CDS (credit default swaps) a que la deuda será aún más cara de pagar, una profecía autocumplida que está siendo tremendamente rentable para algunos. Los lobos se han lanzado contra una de las gacelas que se ha quedado lejos de la manada, el mismo Bambi al que la prensa financiera internacional lleva asaeteando desde hace unas semanas; el mismo cervatillo de ojos grandes que se quedó pasmado, frente al punto de mira de los especuladores, hace dos semanas en Davos.

Ignacio Escolar

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