sábado, noviembre 26, 2022

Acierto y coraje en Fomento/AENA

El titular de Fomento, José Blanco, y el presidente que nombró para AENA, el brillante y experimentado ingeniero aeronáutico Juan Lema, tienen realmente asombrados y admirados a los ciudadanos. Este viernes, por fin, el BOE pone en su sitio a los controladores aéreos y establece el punto final de una situación escandalosa y que se había prolongado durante demasiado tiempo, que era el descontrol retributivo, a niveles que han tenido que hacerse públicos para que la ciudadanía cobrase razón de la dimensión del escándalo de unos profesionales que nos habían hecho literalmente cautivos a todos -AENA, las compañías aéreas, los usuarios de la aviación civil- del innegable riesgo que, para miles de vidas humanas y a diario, supone el control de las operaciones de despegue y aterrizaje en la importante red aeroportuaria española.

Siempre se supo que había que hacer lo que por fin ha hecho el ministro José Blanco: dar la cara, afrontar la propia responsabilidad y restablecer lo que podríamos llamar «el control de los controladores», pero ha tardado demasiado en hacerse, aunque, como en el viejo y popular dicho, sea cierto que nunca es tarde si la dicha es buena. Los millones de usuarios de los aeropuertos y de la navegación aérea en nuestro país, en definitiva, los ciudadanos, acabamos de adquirir una deuda de gratitud con un ministro que ha tenido el coraje de hacer lo que exigía el respeto y la calidad del servicio al que tienen derecho los ciudadanos, y correr naturalmente los riesgos inherentes a una decisión de esa envergadura.

Conozco bien el tema desde dentro, pues este modesto plumilla fue director de comunicación de AENA en el difícil periodo que pilotó, como presidente, el ingeniero Francisco Cal, quien siempre quiso impulsar la decisión que por fin se ha tomado, pero no encontró para ello el respaldo político que ahora ha tenido su amigo Juan Lema. Comprendo la sorpresa, incluso la molestia, que algunos me hacen llegar por mis valoraciones, inevitablemente positivas, de la sorprendentemente buena gestión de José Blanco al frente del Ministerio de Fomento, pero es que los hechos son los hechos y la realidad es terca. Esas valoraciones positivas se escriben desde la misma independencia y esfuerzo de objetividad que me obligaban a ser, día tras día, casi hora tras hora, muy duramente crítico con la desastrosa gestión que, al frente del mismo departamento, desarrolló Magdalena Álvarez, correligionaria de José Blanco. No es cuestión de ideologías.

Y es que, respecto a los departamentos ministeriales, y en especial uno que tanto afecta a la vida de los ciudadanos y de la actividad económica como es Fomento, pienso que debe valorarse la gestión, no las ideologías. Algo parecido, pero a la inversa, sucedió cuando, en los tiempos del PP, el digamos peculiar Álvarez-Cascos sustituyó en Fomento, tras la mayoría absoluta del año 2000, a alguien como Rafael Arias-Salgado, un centrista de la inolvidable escuela de Joaquín Ruiz-Giménez y por ello quizá excesivamente intelectual y honesto para algunos requerimientos de la vida política en tiempos de tribulación.

El caso es que el muy gallego José Blanco ha demostrado que reúne las cualidades, nada fáciles de sumar, para ser un buen titular de un departamento tan crítico e importante como Fomento: no sólo sabe formar equipos, establecer prioridades, tomar decisiones y ejercer la autoridad, sino que también tiene coraje para hacer lo que hay que hacer y asumir la responsabilidad y las consecuencias. Sólo cabe desearle que las consecuencias sean el éxito que se ha ganado a pulso y que por tanto merece.

Carlos E. Rodríguez

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