lunes, diciembre 5, 2022

La ironía keynsiana

Cada época tiene su ideología predominante. A pesar de nuestras protestaciones, como seres humanos, necesitamos certeza, aunque sea una certeza equivocada. Nos sentimos más cómodos con un pensamiento único. Durante los últimos años, de hecho desde mi propia juventud, este pensamiento único ha sido el neoliberalismo, el dominio del mercado libre. Cualquier académico o periodista que cuestionaba esta ortodoxia se condenó a la irrelevancia, si no a un exilio intelectual. No obstante, en los últimos meses nuestra ideología ha cambiado. La velocidad del cambio ha sido impresionante. En julio creíamos todos en los beneficios absolutos del mercado libre. Ahora todos creemos con la misma convicción que solo el Gobierno tiene la capacidad de rescatarnos de la crisis económica global. Todos somos Keynesianos ahora.

Salvo, quizás, el propio Keynes. Keynes tenía fama por su sentido de humor (una vez comentó que si debes cien libras al banco tienes un problema, pero si debes al banco un millón de libras es el banco el que tiene el problema). Por lo tanto, apreciaría la ironía de los nuevos keynesianos. Porque, a pesar de nuestras afirmaciones públicas neoliberales, cada vez que ha aparecido la posibilidad de una crisis económica, nuestros gobiernos y bancos centrales han implementado recetas keynesianas. Y ha sido la implementación de políticas para evitar una recesión después del pinchazo de la burbuja de «dot com» en 2001 la que, en gran medida, ha provocado la crisis actual. En otoño de ese año y la primavera del año siguiente, el Gobierno de George Bush cortó impuestos y aumentó gastos públicos. Al mismo tiempo la Reserva Federal de Greenspan redujo tipos de interés a niveles históricos. La combinación de deuda pública y dinero barato fue un factor clave en la crisis del ‘subprim’ y el consecuente colapso de crédito. Sin embargo, nuestros gobiernos y bancos centrales ahora proponen precisamente la misma receta «keynesiana» para salvarnos de la crisis que sus antecesores han causado.

La razón por lo que los Gobiernos hablan «neoliberal» pero hacen «keynesiano» refleja un cambio profundo en la natura de la política. En el estado moderno, lo que el comentarista americano Philip Bobbit llama «el estado del mercado», ya no existen conflictos ideológicos. Al pedir nuestros votos, los partidos políticos no compiten sobre valores ni sobre conceptos del estado, como en el siglo XX, sino como mejor garantizar nuestra capacidad para consumir. Se podría llamar la política del consumidor. Si la razón de ser del Gobierno no es más que garantizar el consumo, su peor pesadilla, que no puede permitir, es una recesión. La situación de George Bush y Alan Greenspan en 2001 fue como aquella de Neville Chamberlain en 1938. Así como el apaciguamiento de Hitler por Chamberlain en 1938 terminó en una guerra aún más terrible un año después, el apaciguamiento de la recesión por Bush y Greenspan en 2001 resultó en la crisis actual. La diferencia es que en 1939 aún Chamberlain aceptó que tenía que declarar la guerra a Alemania. Nuestros líderes siguen con el apaciguamiento.

No son las únicas ironías de la vuelta de los keynesianos. Otra lección de la crisis financiera ha sido la dificultad creciente en predecir el futuro. En parte refleja la adopción por analistas financieras de modelos de riesgo profundamente equivocados. También refleja un importante cambio en el mundo. En un mundo tan complejo, tan interconectado como lo nuestro, es teóricamente imposible predecir solo un futuro, o aún un futuro más probable. El viejo modelo de «predecir y control» ya no funciona. Sin embargo, este modelo, la necesidad de predecir para planificar, se encuentra en el corazón de keynesianismo. No solo es que la implementación de la receta keynesiana por la generación política anterior provocó la crisis actual, sino que los principios de keynesianismo se diseñaron para un mundo que ya no existe.

En otra ocasión, Keynes dijo «cuando cambian los hechos, cambio mi opinión: ¿Qué haces tú?» Sus llamados seguidores no comparten ni la flexibilidad ni el pragmatismo del maestro. El nuevo keynesianismo es un pensamiento único aún más inflexible y dogmático que su antecesor neoliberal. Keynes hubiese apreciado bien la ironía.

Shaun Riordan

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