viernes, diciembre 9, 2022

Los pobres invierten mejor

Resulta bastante inexplicable que el sistema de supervisión financiera y bursátil de Estados Unidos siga haciendo agua incluso por los despachos de algunos de los símbolos que el mercado tenía por intocables e infalibles.

La estructura de inversiones montada por el broker Bernard Madoff ha decepcionado hasta a sus incondicionales: lejos de ser un montaje alambicado y fruto del talento de un experto veterano en lides bursátiles, Madoff había creado un sistema tosco y rudimentario basado en el engaño pero con mimbres muy simples. En la España de los años 70 (¿sería el precursor?) hubo un tal Eugenio Peydró que hizo algo a lo que ahora se acaba de descubrir. Se llamaba Sofico y, naturalmente, era un montaje inmobiliario, con aportaciones de nuevos «socios» que incorporaban dinero para recibir un 12% de rentabilidad de apartamentos que lógicamente, al estar el negocio en ruina y generar más gastos que ingresos, acabó derrumbándose como un castillo de naipes. Es decir, cuando las entradas y las aportaciones de nuevos socios no alcanzaron para abonar los «intereses» de los afiliados anteriores, a los que se pagaba no con el fruto de las inversiones sino con el capital de los recién llegados.

Este tipo de estructuras ha recibido en el pasado diversos nombres pero en esencia son en su mayor parte herederas de la monumental estafa que montó Carlo Ponzi en Boston en los años 20 del siglo pasado, sucedáneo a su vez de otro mecanismo similar de finales del siglo XIX de un tal Miller en Nueva York. Estos precursores han tenido numerosos imitadores ya que la patente ha circulado con profusión por Europa en los últimos años, no sólo en España sino en Portugal y en algunos otros países, por lo general en aquellos en los que la cultura financiera es baja, los organismos públicos de supervisión no existen o son sumamente débiles, los tipos de interés son elevados y la bancarización es débil.

Nada de esto, sin embargo, es de aplicación en los Estados Unidos de la era tecnológica, en donde el afán liberalizador y desintermediador de los mercados puede explicar en buena medida la aparición de un ejemplar casi del cuaternario de la inversión institucional. En la mayor economía del mundo existen órganos reguladores con mucho poder potencial (otra cosa es que sean eficaces si bien se supone que son honestos), hay una gran cultura financiera y de inversión muy extendida, hay una transparencia y una fluidez de la información como no existen en ninguna otra parte del mundo, hay instituciones financieras y de inversión muy solventes y eficaces y hay mucho dinero, en estado de culto. ¿Cómo es posible que en este contexto florezcan personajes como Madoff y, sobre todo, como es posible que logren reunir miles de millones de dólares gracias a la confianza que en ellos depositan miles de personas, no familias modestas, sino de alto poder adquisitivo y notable patrimonio?

Sin que sirva de consuelo, este predicador de la multiplicación de los panes y los peces en versión moderna tenía una clientela formada por instituciones y personas de elevada renta. Posiblemente muy pocos de los que se han quedado sin un dólar podrán decir que están en la ruina tras la limpia de Madoff. Tampoco es que vaya a pasar a la historia como un gran redistribuidor de la riqueza, un Robin Hood de los parquets más elitistas del mundo.

Pero hay algo que sirve de consuelo y quizás de lección: estamos constatando que en el complejo y amplísimo mundo de la inversión, los quebrantos de los últimos años tienen una especial tendencia a concentrarse en los instrumentos utilizados por los ricos, que suelen ser instrumentos bien provistos de atajos y de sistemas muy sofisticados de creación de riqueza que, a la postre, acaban en la ruina. Los hedge funds han sido en buena medida el vehículo principal de estas osadías, aunque fueron creados allá en los años 40 del pasado siglo precisamente para hacer todo lo contrario de lo que ha hecho Madoff y sus ayudantes, preservar el capital al margen de lo que sucediera en los mercados. Lo que a la postre está funcionando razonablemente bien son los fondos de inversión, los que tiene la gente de a pié, aunque en este año sufren las inclemencias de la renta variable, pero que conservan rentabilidades medias anuales en periodos de tres, cinco o diez años muy superiores a la tasa de inflación. Si los ricos se hubieran conformado con estas ganancias tras pasar por la misma ventanilla que los mortales, no habría habido fenómenos como el de Madoff. Los pobres están demostrando que saben invertir bastante mejor que los ricos.

Primo González

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