jueves, abril 18, 2024
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El invierno y el futuro de la guerra de Ucrania

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John Mario González
John Mario González
Analista político internacional, columnista.

Por John Mario González, desde Odesa

Como si las dificultades de la guerra en Ucrania fueran pocas, ahora se suman el brutal y sorpresivo ataque de Hamas contra Israel y la contundente respuesta del Estado hebreo. Los hechos en principio benefician a Rusia, pues pueden desviar importantes recursos militares de Occidente y eclipsar casi por completo la guerra de Ucrania. Adicional, podrían socavar en parte la confianza de la sociedad ucraniana respecto del apoyo internacional y facilitar acciones brutales del ejército ruso, de las que han hecho gala para aterrorizar a la población civil.

Aunque el balance de la guerra todavía representa un escenario positivo para Ucrania, y el mantenimiento de la presión sobre Rusia y Putin puede generar un colapso súbito del régimen o una convulsión al estilo Prigozhin, el juego del gato y el ratón de algunos aliados occidentales contribuyó a las numerosas dificultades de la contraofensiva ucraniana. Esta apenas se movió en la línea del frente desde su despliegue en junio pasado.

Si bien los misiles Himars estadounidenses fueron decisivos para la liberación de las provincias de Kharkiv y Kherson, en el segundo semestre de 2022, desde entonces los obstáculos a proveer armamento de mayor alcance dieron tiempo a los rusos de construir, a comienzos de 2023, las líneas defensivas y trincheras más extensas y minadas desde la Segunda Guerra Mundial.

En la mayoría de los casos, después de arduas negociaciones, los aliados occidentales terminaron por aceptar el suministro del armamento, como los misiles de alta precisión ATACMS o los aviones F- 16. Pero pueden transcurrir meses o un año entre las declaraciones de intención y el momento de su utilización. A lo que hay que agregar aliados occidentales que subestiman la amenaza rusa, que apoyan la guerra a regañadientes, esto es, que van de remolón.

En medio entonces de una contraofensiva que alcanzó un alto nivel de pérdidas humanas, que resultaba suicida sin apoyo aéreo, las fuerzas ucranianas se vieron obligadas a cambiar de estrategia. Tuvieron que optar por operaciones más lentas y cuidadosas, ataques más pequeños, con utilización de drones. Ello mientras perturbaban las zonas de retaguardia rusas con ataques de precisión de largo alcance con los recién incorporados misiles Storm Shadow del Reino Unido. Es el caso de Crimea, que estuvo fuera del alcance de las fuerzas de Kyiv hasta hace pocos meses, tanto por la falta de armamento como por el temor de Occidente a cruzar líneas rojas que escalaran el conflicto.

A estas alturas, y luego de 20 meses, el riesgo para Europa y Occidente se ha elevado. Putin parece sentirse cómodo con el 18 por ciento del territorio ucraniano ocupado, una franja casi del tamaño de Suiza, Bélgica y Países Bajos juntos, lo que podría presentar como una victoria suya y de Rusia y terminar por fortalecerse. Tanto que ha pasado de nuevo a la ofensiva.

El desafío demanda entonces del liderazgo de Estados Unidos y los países de la OTAN para una guerra más larga de lo esperado, para evitar que Rusia fortifique sus líneas defensivas durante el invierno y la primavera, pero, sobre todo, para ajustar la estrategia de guerra. Si el terreno fangoso de fin de año impide el desplazamiento de un tanque Challenger inglés de 75 toneladas, la conflagración podría intensificarse, pero es previsible que poco cambie la línea del frente. Ahí es cuando Occidente debe acelerar la provisión de misiles de largo alcance y el desarrollo y la producción masiva de drones.

Son estos últimos el único armamento que ha podido llevar la guerra a territorio ruso sin un escalamiento total, aunque con una intensidad todavía leve. Las capacidades de Rusia también son limitadas, tanto en la producción de armamento como en el número de hombres que puede perder en una guerra prolongada, a la luz de sus agudos problemas poblacionales.

Sería entonces un gran error que los aliados occidentales rebajaran sus objetivos estratégicos para dejar que sean futuras generaciones las que hagan frente a la amenaza de reimperialización rusa. Además de que sería dramático ver a Ucrania en el riesgo de ser consumada en una nueva Bielorrusia. No pasaría una generación entre que Putin o cualquier nuevo nacionalista ruso brutalizaran de nuevo los principios del derecho internacional y agrediera a Lituania, Moldavia, Rumania o cualquiera otra nación.

Recuérdese que la naturaleza de Rusia es considerarse un poder providencial, como la define el historiador Stephen Kotkin, cuyas capacidades no coinciden con sus desbordadas ambiciones. Un instinto que la conduce a luchar en realidad es contra Estados Unidos y las fuerzas de la OTAN. A recurrir a las alianzas más siniestras contra Occidente y a deformar una guerra neocolonialista, como la de Ucrania, para convertirla en una cruzada del anarquismo global y avivar el sentimiento antiestadounidense. A Europa, o a algunos insignes europeos, parece olvidárseles que dicha pesadilla, devenido en totalitarismo, está al lado de sus fronteras; es un fantasma en lo fundamental europeo para el que Ucrania es una ficha importante del tablero.

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