miércoles 23.10.2019

Policías manifestantes

Cuando las Fuerzas de Seguridad se echan a la calle algo funciona mal en el Estado. En Lisboa, ante el Parlamento, ya ha habido dos, numerosas, incluso tumultuarias, una en noviembre, otra hace poco, en marzo.

Las manifestaciones de enfermeros, estudiantes, profesores, maestros, obreros, forman parte del paisaje portugués pero las de policías, policía marítima, funcionarios de prisiones y GNR (equivalente a la española Guardia Civil), son bastante insólitas.

Más allá de la anécdota, es mal síntoma que los propios encargados de hacer cumplir las leyes se rebelen contra el Estado. Denota que hay un gran malestar en la sociedad portuguesa.

Pero no es solamente la penuria, los recortes impuestos por la impasible troika lo que les lleva a manifestarse. Tampoco es simple corporativismo. En el malestar de los agentes del orden hay un origen diverso y antiguo.

Por lo pronto, después del 25 de abril de 1974 todas las Fuerzas de Seguridad fueron puestas en tela de juicio: eran sospechosas de fascismo y de abusos.

Eso no contribuyó precisamente para una reforma sensata, sino que hubo una tendencia a tirar el agua sucia con el niño dentro. La dialéctica libertad-seguridad estuvo, por ese lógico movimiento pendular de la historia, bastante desequilibrada a favor de la primera.

Está claro que la soberanía es ya una quimera; tanto la financiera como la defensiva

Y luego siempre han sido los parientes pobres de todas las reformas del Estado. Mal pagados (lo que puede facilitar la corrupción, la indiferencia y demotivación, o todo a la vez), mal equipados –veánse sus autos-, con la formación más mínima por no dedicar recursos presupuestarios suficientes, parece haber sido políticamente incorrecto ocuparse de ellos. Ni izquierda ni derecha han tenido muy en cuenta las necesidades de un orden público democrático. Los agentes y guardias, que nos protejan, que vigilen nuestras fronteras, que se enfrenten a inmigrantes ilegales, que luchen contra las mafias y la gran criminalidad, que se jueguen el tipo y la vida. Pero pagarles bien, de eso nada.

Me parece que esto forma parte de la hipocresía de esta democracia tan imperfecta que tenemos. Queremos orden, pero no policías, queremos seguridad, pero no vigilancia, queremos paz, pero no ejército. Así es Europa occidental.

Y, así, la prensa, la opinión pública políticamente correcta y pensadora mediocre, lleva décadas denostando a la policía con cualquier pretexto, manteniéndola bajo sospecha. A veces hasta se duda de que deban actuar, si son duros porque son duros, si no aparecen, porque son inútiles.

La desmoralización es mala, no conduce a nada útil sino a la desintegración social. Cuando la desmoralización cunde en los que llevan armas, encargados por el Estado de hacer cumplir la ley, los políticos, arrebujados en sus confortables asientos del Parlamento, deberían movilizarse, sacudirse la rutina, asomarse al balcón y reflexionar sobre qué está sucediendo en Portugal. Está claro que la soberanía es ya una quimera; tanto la financiera como la defensiva. Está fuera de nuestro alcance recuperarla. Pero administrar bien nuestras Fuerzas de Seguridad es un asunto interno, que nos compete y del que no nos podemos zafar so pena de dimitir de una de la más básica, tradicional y esencial función del Estado: la seguridad.

Policías manifestantes
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