sábado 25.01.2020
CRISIS DE DEUDA

Otra ronda de gasto público, paga su nieto

A un ritmo de 330 millones de euros al día de nueva deuda y con ella en máximos, España y otros países europeos corren el riesgo de sesgar las oportunidades de generaciones futuras

Otra ronda de gasto público, paga su nieto

Apenas unas semanas atrás la deuda pública española era noticia, por primera vez se superaba el billón de euros. Un uno seguido de doce ceros. Cada español debe cerca de 22.000 euros. El coste de mantener un sistema que enriquece solo a unos pocos no sólo ha arruinado a la generación presente sino que también a las futuras. Mientras muchos se aprovechan de un ente obsoleto e inviable, el Estado, otros en un futuro pagaran las consecuencias de los desmanes y avaricia de esta generación.

Da igual que aún no se haya reformado las Administraciones Públicas, sus duplicidades y altos costes. Tampoco importa que en apenas seis años el gasto público halla crecido en 80.000 millones. O que durante la legislatura socialista la deuda creciese en 360.000 millones y que el Partido Popular en la mitad de tiempo este a punto de alcanzar esa cifra. En España se quiere más gasto público, como grita la izquierda o ejecuta en la sombra la derecha. Por cierto, Andalucía tiene más coches oficiales que Estados Unidos y Madrid tiene cerca de 273. Otra ronda de gasto público mejor, a esta le invitan sus nietos.

El volumen total de deuda que se acumula en los países más desarrollados ha alcanzado cotas nunca vistas. Aunque se escuchen voces que intentan calmar conciencias sobre que la deuda no es un problema, la realidad deja a esas voces en evidencia. Normalmente esas voces representan a aquellos que tan mal han gestionado el Estado. Los dirigentes que un una nueva exhibición de negligencia lo han convertido en mastodóntico, hipertrofiado, ineficiente, inviable y en una maná para sus propios bolsillos a costa de quitárselo a todos los ciudadanos. Ya sea por rédito político, por corrupción o simple desconocimiento no sólo han hipotecado el futuro de está generación, sino la de las futuras.

Medidas duras para solucionar el desastre

Atajar los déficits presupuestarios, no gastar más de lo que se ingresa, es un sacrilegio para el político de hoy en día. Da igual el proyecto, el coste, su viabilidad o utilidad, lo único importante es hacerse la foto inaugurando la obra y ya de paso colocar amiguetes (esperando que se le devuelva el favor) e incluso llevarse alguna comisión, cosa que es delito. En España hoy en día es más fácil cruzar España saltando de obra corrupta en obra corrupta, que de árbol en árbol. 

Ya en 2011 el Estudio Congressional Budget Office (CBO) establecía tres alternativas muy claras para acabar con los déficits y la deuda pública:

1.     Reducir las prestaciones sociales a todos

2.     Reducir las prestaciones sociales a todos menos los mayores de 60 años

3.     Subir impuestos 

En ambos casos, las futuras generaciones serán las que más paguen los excesos de ahora. También a este efecto el Fondo Monetario Internacional se hacía eco para solucionar el tema y ponía varios puntos de vista, desde imponer una alta inflación o la austeridad. Aunque el elemento más detallado era llevar a cabo una represión financiera, es decir, no sólo subir impuestos sino crear otros nuevos, controles de capital, nacionalización de fondos de pensiones o tipos negativos

Deuda buena vs Deuda mala

Hasta cierto punto, podríamos afirmar que sí que existe deuda 'buena', a esa parte se podría llamar inversión. Por el contrario, la deuda 'mala' es la que llamamos despilfarro y gasto político. Una de las claves del progreso ha sido siempre la inversión. Invertir en nuevas tecnologías o capital humano siempre ha supuesto un coste importante para aquellos que han apostado por la innovación y el desarrollo, pero el resultado en muchas ocasiones es satisfactorio. Europa y más en concreto España han superado ese umbral de inversión pública satisfactorio para la economía. España lo hizo en 2006 y los países de la OCDE a finales de 2007, se ha superado el umbral de saturación de deuda pública como señalaba el economista Daniel Lacalle. Ese punto se caracteriza porque al sumar una unidad de gasto público no genera PIB y estanca la economía.

Si el Estado se dedica a extraer dinero de los ciudadanos, de sus nominas y sus ahorros a través de impuestos para pagar proyectos inservibles la economía se resiente. Cuando un Estado se endeuda, se espera que después con el crecimiento se pueda hacer frente al pago de intereses, pero no ocurre así con una economía deprimida y poco eficaz.

Un futuro poco esperanzador

Los países que comprenden el 70% del PIB mundial están hoy un 50% más endeudados que hace tres años. Italia se acerca peligrosamente al 150% de deuda sobre PIB, y España ya ha superado el billón de euros y en un corto espacio de tiempo superará el 100% del PIB. Todo ello con un producto interior que se encuentra alejado de la realidad e inflado, situación que agrava más la situación. Otros países como Francia siguen la misma senda, sumida en un descontrol político y monetario del que todo son incógnitas de momento.

Aunque las voces despilfarradoras se esfuercen por negarlo, un alto déficit y una deuda excesiva plantea muchos problemas a una economía. En primer lugar, reduce la disponibilidad de los ahorros que son la clave en la que se sustenta la inversión. Obviamente también a mayor volumen de deuda mayor volumen de intereses a pagar, como ocurre en Japón dónde un casi un 20% del presupuesto se destina a pagar los intereses. En segundo lugar, un volumen alto de deuda hace a un país más inestable y dependiente de los mercados y por tanto más sensible a padecer una crisis. Asimismo, reduce la capacidad de los países para reaccionar ante un aumento en los gastos improvisados como en las crisis.

Consecuencias de una quita de deuda

Ya son varias las voces que más allá de pedir el default en España, que sería una ruina para el país, piden que se lleve a cabo una quita. Conviene explicar que los intereses que se pagan son más altos o menos en función del riesgo de impago. En una quita, sea selectiva o no, ya se produce un impago por lo que es lógico pensar que los intereses se desbocarían. Otro de los problemas que presenta una quita selectiva es el llamado principio de caja común que tiene la Administración. En resumen, este principio dice que es imposible determinar qué deuda ha servido para una inversión viable y cuál ha servido para el despilfarro. Entonces, no se puede ejecutar una quita selectiva en función de qué deuda ha servido para financiar distintos proyectos. Un tercer problema es que los ciudadanos españoles son los que más deuda poseen de España, por tanto, serían ellos los que saldrían perdiendo. Empezando por el Fondo de la Seguridad Social, planes de pensiones privados, pérdidas en el sistema bancario que atraerían los fantasmas del pasado y a aquellos inversores particulares. Todos ellos perderían parte de su dinero invertido.

Obviamente el anuncio de una quita alteraría el mercado de bonos que repercutiría en una subida brusca de la prima de riesgo, como se ha explicado, de nuevo los fantasmas del pasado. Ello dejaría a España a merced de los 'Fondos Buitres' que exigen rentabilidades muy altas por prestar, como bien saben en muchas empresas como Prisa. Toda la inestabilidad macroeconómica repercutiría inmediatamente en la economía real, la de la calle. Con el grifo de crédito cerrado, las empresas quebrarían al no poder pagar sus obligaciones como las nominas. Sería imposible la inversión y el mercado de trabajo se vería duramente castigado. Sin trabajo el consumo se hundiría y de nuevo se entra en un círculo vicioso difícil de salir.

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