jueves 24/9/20

El contador inteligente

A este paso, lo único inteligente que va a quedar en el país son los contadores. Pero ni eso, pues se trata sólo, al parecer, del último invento de los listos. En el sindiós del abastecimiento eléctrico se ha espesado tanto el caos, se ha desbordado de tal modo la rapacidad de los suministradores y del Gobierno, que lo próximo pudieran ser esos contadores de la luz que nadie es capaz de explicar, en puridad, qué van a contar, cómo y en base a qué.

Se fugan de España los mejores cerebros, expulsados por el desprecio y el hambre, y llegan los contadores inteligentes. Una ruina. Porque cuando ya nadie sabe cuánta es la energía que consume, ni a qué precio, ¿cómo va a ser capaz un artefacto de sustituir los cómputos de la equidad comercial y de la razón? Lejos quedaron los tiempos en que uno sabía que si uno encendía una bombilla, gastaba un poco, y si encendía un radiador, algo más. Sobre ese pequeño saber se edificó una cultura, la del ahorro, y una anticultura, la del derroche, pero ahora lo que uno gasta es lo que el Gobierno y las eléctricas le quieran clavar a uno, independientemente de las bombillas y de los radiadores que encienda.

Ya nadie sabe cuánta es la energía que consume, ni a qué precio

¿Qué contarían los contadores inteligentes, si de verdad lo fueran? Para cobrarnos lo que ahora, la luz que no consumimos. Muy inteligentes tendrían que ser. Habrían de registrar, sin ir más lejos, qué se esconde bajo los impuestos y las tasas que gravan hasta extremos inconcebibles las facturas, de suerte que su concepto apareciera desglosado en éstas: comisiones, duplicidades, chanchullos, puertas giratorias, pactos tarifarios... ¿Serían capaces de contar todo eso?

El contador inteligente clásico, canónico, sería el periodista, pero vamos aceleradamente a un mundo sin ese incómodo testigo. De ser libre y sólo sumiso a su deber de servicio a la sociedad, podría contar cualquier cosa, incluso lo que los contadores inteligentes de la luz no podrían contarnos, por imposibilidad metafísica y tecnológica, jamás. Claro que no hay contador, ni humano ni artificial, que pudiera contarnos de dónde le vino el siroco a Zapatero de ponerse a regalar, de pronto, millones de bombillas.

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