lunes, febrero 6, 2023

Honestidad

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Llevo 38 años militando en el Partido Socialista. Toda una vida viviendo el día a día de esta organización, celebrando sus victorias, sufriendo sus derrotas, intentando contribuir en la medida de lo posible a impulsar un proyecto político que ha escrito las páginas más brillantes de nuestro período democrático.

Por eso me duele el momento que atraviesa mi partido.

Debo admitir que en los últimos días, como tantos otros militantes, he transitado por el dolor, el estupor, la rabia, la desolación o la frustración ante los durísimos momentos de confrontación interna y la imagen trasladada hacia los miles de militantes y los millones de votantes y simpatizantes del Partido Socialista.

Sí, se ha abierto una fractura en el partido ante la falta de honestidad para analizar las causas profundas de la pérdida constante de apoyo electoral que nos ha llevado a una sucesión de resultados electorales muy negativos. Y frente a esta realidad, se han buscado en las decisiones orgánicas quiebros para no afrontar problemas de más largo aliento, poniendo en riesgo con ello la propia convivencia en el seno de la organización, tensionándola hasta límites desconocidos.

Siendo consciente de la gravedad del momento y del largo camino que queda por delante, creo que el Partido Socialista ha hecho lo que debía hacer: dirimir sus discrepancias mediante el único mecanismo legítimo, el voto democrático, apostando por posponer el debate orgánico a la resolución de la gobernabilidad de nuestro país. Y a partir de ahí, construir y reconstruirnos.

Con todo, debemos ser conscientes de que nada de lo que ocurre en el PSOE es ajeno a lo que sucede en Europa: sí, la crisis del PSOE es la crisis de la socialdemocracia europea, de la pérdida de conexión con una ciudadanía que ha perdido las certezas en este mundo desafiante en el que vivimos.

Una ciudadanía que en las últimas décadas ha visto evaporarse derechos y expectativas, que ha visto cómo crecían las desigualdades y se deterioraba su modo de vida y que, de manera extremada en estos años, ha pagado en carne propia los destrozos de la crisis -recortes sociales, desempleo masivo, asfixia fiscal- mientras quienes la provocaron eludían sus responsabilidades o, peor aún, se les premiaba con amnistías fiscales.

Sí, es cierto que los problemas de la socialdemocracia europea se arrastran desde antes de la crisis, cuando el encadenamiento de mayorías conservadoras en el Parlamento Europeo y al frente de la Comisión impuso un sesgo ideológico al proceso de construcción europea que acabó por arrumbar la comunidad de progreso y solidaridad con la que los ciudadanos europeos se identificaban, para sustituirla por una nueva dialéctica de acreedores y deudores en que los más fuertes imponen su ley a los más débiles.

De la mano de la mal llamada austeridad se ha desencadenado un profundo ajuste de cuentas contra el modelo social europeo de consecuencias dramáticas, no solo en cuanto a desempleo, pérdida de derechos o incremento de las desigualdades, sino en el crecimiento de viejas enfermedades que amenazan la propia supervivencia del proyecto europeo: el populismo, el nacionalismo, la xenofobia. Extremismos que han calado en las bases sociales sobre las que se sustentaba la socialdemocracia y que han debilitado su credibilidad como proyecto alternativo.

Ese es el verdadero campo de batalla. En un contexto interdependiente como el nuestro, es en el marco de redefinición del proyecto socialdemócrata europeo y en nuestra capacidad para actualizar nuestro proyecto, reconectar con las necesidades y expectativas de la ciudadanía, mejorar sus condiciones de vida y darle seguridad y esperanza en el futuro donde se encuentran las respuestas a la crisis del Partido Socialista y de los partidos socialdemócratas europeos.

Pero para eso, antes de nada, debemos recuperar la capacidad de dialogar, dialogar civilizadamente, fraternalmente, desde el respeto a la discrepancia. Ahora toca recuperar el sentido del compañerismo y la fraternidad entre todos los miembros del Partido Socialista. Y dialogar, dialogar con franqueza, honestidad y sin descanso para afrontar entre todos los retos de presente y de futuro.

José Blanco

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