domingo, noviembre 27, 2022

El Bosco, rastreador de tinieblas

Una vez desvelados el sino insular del Reino Unido, el desenlace de nuevo ibérico de la Eurocopa, y la identidad del amante furtivo de Olvido Hormigos, es tiempo de lidiar con el ocio de los días inacabables del verano. Lejos del bramido de las olas y del canto de las cigarras, en Madrid nos curamos de los sofocos al arrimo de las tabernas. Y de los cines, y de las salas de música, y de los museos, espacios en los que sopla el aire y vibra el conocimiento. Lugares en los que nos sentimos un poco menos solos.

Muchas, innumerables, citas de interés. Y entre todas una ineludible, en las cuadernas del buque insignia de nuestra cultura: hasta principios de septiembre, el Museo del Prado exhibirá el más completo repertorio de pintura y dibujos de El Bosco. Además de algunas piezas firmadas por sus acólitos, la muestra reúne 29 obras del artista holandés que en muchos casos han sido cedidas por el Metropolitan, la National Gallery, o el Museo del Louvre. O por el Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa, que hasta requirió un acuerdo del Consejo de Ministros luso para el préstamo de la impactante “Tentaciones de San Antonio” que como el resto de trípticos de la Exposición puede apreciarse en sus dos posiciones.

Tal iniciativa encaja en el 500 aniversario del fallecimiento de Jheronimus van Aeken, “El Bosco”. La razón de que la sede de semejante acontecimiento no sea Holanda sino España responde a que la mayor parte de los originales que hoy se conservan habitan precisamente en las galerías del Museo del Prado. Una victoria post-mortem de Felipe II, entusiasta de la obra del pintor y a quien imaginamos aliviándose de sus sueños imperiales y de su rigidez moral en la contemplación de los desnudos de Tiziano –bueno, pintados por Tiziano- y del cosmos delirante de El Bosco. Van Aeken: el catequista socarrón, el rastreador de tinieblas, el cronista de un futuro desatado.

El vecino de Brabante que de niño divisó un incendió arrollador que le ungió una memoria de polvo y ceniza. El aprendiz que midió la hondura del mundo en el mercado de paños de Hertogenbosch entre trastos insospechados, frutas suculentas, fieras pardas, hombres y mujeres del África. El artista en ciernes cuya intuición le llevó a percibir los arrebatos contra las que nos alerta en sus pinturas sin renunciar eso sí a forjar el más minucioso de sus catálogos.

Como en “El jardín de las delicias”, la más célebre de sus creaciones. Un tríptico que resume la historia de la humanidad en una estética que es anticipo del cómic y del arte surrealista. Entre el sosiego de la creación y el tumulto del infierno, el panel central nos descubre un mundo de placeres  entre figuras desnudas, aves puntiagudas, y una arquitectura estridente y agrietada como una metáfora de lo efímero. La lujuria es concebida por El Bosco como palanca de putrefacción moral del ser humano, quien la retrata en el lenguaje dúplice de lo simbólico y lo explícito: frutas en su esplendor, anatomías imposibles, estructuras insólitas en las que se evapora la virtud.

«La lujuria es concebida por El Bosco como palanca de putrefacción moral del ser humano»

El talento minucioso y el ánimo narrativo de El Bosco se encuentran también en el “Tríptico del Carro de Heno”. De nuevo el primer panel se remonta a la referencia bíblica –la expulsión del Paraíso, la caída de los ángeles maléficos- y el tercero describe un infierno en construcción por parte de una siniestra cuadrilla de diablos antropomorfos. Y en medio la carnalidad de los placeres – «Toda carne es heno y toda gloria como las flores del campo”, se lee en Isaías- en una escena tumultuosa que empareja a desvalidos y poderosos.

“El tríptico de la adoración de los Magos”, “La Mesa de los pecados capitales”, “El tríptico de las tentaciones de San Antonio Abad”, son otras de las creaciones que nos envuelven de la maestría del autor, de su humor lisérgico, de su beatitud probablemente con mácula: quien lo probó lo sabe. Sólo los óleos que cierran la exposición –“Ecce Homo”, “Cristo camino del Calvario”, o “La Coronación de espinas”- adoptan una imaginería cristiana más tradicional, si bien en el rostro de los verdugos permanece la mueca que tuerce la boca y que tuerce el sentido de la realidad.

Unicornios sedientos, amantes en racimo, pájaros de mal agüero, un cerdo con toca, un San José que lava pañales, un zueco de tamaño colosal. Es la feria de las pasiones, la paleta tornasolada de sueños, el bestiario lúcido de un holandés errante –perdón por el tópico- en la vereda que conduce y ya era hora al Renacimiento. 

Fernando M. Vara de Rey

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