martes, febrero 7, 2023

Francia a la búsqueda del derecho adquirido

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Las revueltas francesas de obreros y estudiantes, bajo formas y estéticas revolucionarias, son esencialmente conservadoras. No es casual que el término trompe l’oeil, trampantojo, sea un invento francés. Entre corporativismos y ombliguismo, Francia parece perder fuelle y liderazgo en Europa y en el mundo. Pero nos equivocamos si la descartamos, como hacen apresuradamente muchos analistas. Francia tiene una sociedad civil articulada, densidad cultural, investigación y tecnología, con laboratorios y universidades punteros. La sociedad está viva y tiene muchas mezclas, y hay una juventud mejor formada que la nuestra, por ejemplo.

Francia no es París y menos Saint Germain des Près. Allí sí son bastante suficientes, petulantes. Algo sabihondos, como el escritor Patrick Deville, que lo sabe todo y termina siendo bastante insufrible por bien que escriba (consulten Viva, uno de sus últimos relatos, donde aplasta bajo la erudición sobre Malcolm Lowry y Trotsky, sin descubrirnos nada nuevo. El cubano Leonardo Padura lo ha hecho cien veces mejor con El hombre que amaba los perros).

Tampoco es Francia Marine Le Pen, heredera de una derecha muy intransigente, corporativa y xenófoba. Lo que fue Vichy. Y también tuvo Francia siempre una izquierda meliflua y poco atrevida, como la de Hollande o Léon Blum, quien dejó cobardemente tirada a la República española y humilló a los refugiados republicanos en rediles inmundos. Todo eso es Francia pero no es toda Francia.

Buscadores de certezas cartesianas, se guían hoy por el miedo económico, social y terrorista. Es una sociedad a la defensiva. Siempre me chocó que uno de los principales temas de conversación de los mayores de cincuenta años fuera la retraite, la jubilación, la retirada.

Francia sigue siendo imprescindible

Se han acostumbrado a que papá Estado les provea de todo, hasta de trabajo y están dispuestos a que su Estado de bienestar lo tengan financiar sus nietos. Perdura una especie de gaullismo congénito y un hedonismo ancestral. Sólo ellos han sido capaces de producir un Marqués de Sade, o un filósofo que osó decir ‘l’enfer c’est les autres’, los otros son el infierno, o un Houellebecq. No es que sean amables cartas de invitación. Pero también tuvieron a Camus o a Romain Gary.

Si mayo del 68 escenificaba la hartura del cómodo bienestar y los senderos trillados, hoy las revueltas son muy diferentes. Piden protección. Todo, sazonado con unas esencias agrícolas, gastronómicas y cosméticas, tricolor muy nacional y sobre el que no admiten bromas, lecciones ni comparaciones. Ya lo saben todo.

Un gran malentendido pesa sobre el pensamiento galo y sobre su visión de la vida y del mundo. Hace treinta años Michel Crozier advertía que era una sociedad bloqueada. Ni De Gaulle ni Mitterrand la desentumecieron, al contrario, la anclaron más en sus presuntas esencias. Le Pen, además, quiere hundirla hasta las raíces.

Si no brilla tanto como hace medio siglo o hace noventa años, Francia sigue siendo imprescindible y hay que conocerla, no sólo por sus alardes o sus fuegos de artificio, el embeleco francés que diría Antonio Machado, sino por su esencia.

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye

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