viernes, diciembre 2, 2022

No hay desayuno sin croissant

La inconsistente vida de un periodista lleva a las criaturas que se dedican a este oficio ora arriba, ora abajo. Del oropel a las alcantarillas. Más cercanos a las cloacas por condición natural que a los salones lujosos, el periodista se cuela de rondón con compañías ilustres en estancias rococó de mullidas alfombras.

Hay un clásico madrileño-informativo en boga, una pestosa costumbre: los desayunos. Pestosa primero porque los periodistas somos de poco madrugar. Un compañero de rubio flequillo causaba sensación entre los tiernos becarios gritando entre las mesas a las secretarias con voz amarga y gesto de Clint: “¡Me hice periodista para no tener que madrugar!”.

Los madrugones, no se crean, tienen su recompensa. ¿Entrevistar preguntar, ver, convivir con un personaje interesante que protagoniza el desayuno? Venga hombre, no me haga reír. No, es el asalto al fino croissant.

Sobre esto hay un mundo. Los del Ritz gustan de poner pesadas mayonesas en las medias noches que ponen en el centro de la mesa. La araña de cristal que preside la estancia acongoja, pero el croissant no siempre está a la altura. Encuentro más a mi gusto los de Palace, con una razonable presencia de la dañina pero deliciosa mantequilla. Azúcar glass por arriba. Tampoco están mal los del Villamagna, y así podríamos seguir hablando del Intercontinental, Petit Palace, y todos estos garitos del lujo y la alcurnia en los que nos colamos con cara de impostores.

Esta es otra de las claves. Se ha de evitar que los avispados porteros noten que somos unos colados en esos sitios en los que no podemos pagar ni el café cortado sin merma para el fondo de educación universitaria de nuestros hijos.

Lo suyo en estas cosas –le cuento por si le cae la breva– es llegar con algo de tiempo al desayuno, antes de que se monte el tinglado y el personaje empiece su apasionante alocución. Mientras no está la mesa llena, es más fácil asaltar el croissant o la medianoche con que dar cuerpo a eso del “desayuno informativo”. Luego, con todos en silencio, generalmente compañeros de mesa circunspectos y con corbata, la cosa es más delicada.

El problema, ay amigo, es que para eso hay que madrugar. Un asunto que se considera vulgar y proletario en este raro oficio de seres superficiales.

Hay un fijo en estos desayunos, la calidad vomitiva del café que se sirve, en enormes jarras. Una cosa digo, y espero que el Altísimo, Alá, Yavhé, o al menos la CEIM me escuche: ¡¿Por qué es tan malo el café de la hostelería madrileña?! Pero si el madrileño es básicamente una criatura que se pasa el día tomando café, a qué martirizarlo con esos brebajes.

El desayuno en el Hotel Órfila, ya se lo digo, era de los de campanillas. Aquí uno rozó el cielo, la cumbre social, el vértice de la pirámide. Más dura sería la caída. Un premio Nobel; una revista de campanillas (la Vanity fair); nobles cabezas senatoriales entre el público; espigadas mujeres rubias entre el respetable; americanas estrechas con camisas aún más estrechas, pantalones pitillos y pesqueros con calcetines fantasía. Un despiporre. Y ahí se presentó servidor, con sus apellidos por bandera, la chawueta tirando de la sisa, dispuesto a la noble labor de escuchar, informar y desayunar de gorra.

El resultado fue cruel. A mi llegaban los efluvios de la mantequilla de esa creación cumbre que es el croissant. Había trenzas de manzana y otras ambrosías en un plato central, un reportero elevado sobre peana metálica, colocado en la parte de allá de la mesa. Los comensales, circunspectos, espalda recta, desaliño estudiado, gafas muy modernas, flacos. No hacen caso al reportero. No es que la charla de Vargas Llosa esté mal, que no; no es que no haya cosas interesantes que ver y apuntar, no. Es que no hay manera de llegar al alimento sin levantarse y montar un pequeño alboroto en esa atmósfera de rostros afectados y delgados que escuchan la palabra revelada del Nobel.

Ora abajo. A uno le han abierto de par en par las puertas de un hotel chic y discreto. Lo ostentoso y hortera no es discreto. El mayor refinamiento es ser discreto y clamorosamente caro. En la misma semana en que se ha ollado mullas alfombras con la alta sociedad, la vida nos empuja a una noche de fútbol.

En poco tiempo se pasa de un sitio donde le cogen a uno el abrigo y la pañoleta, a otro en que una recia guardia de seguridad lo cachea. La cola de entrada al fútbol, larga, premiosa como el turno en la ventanilla del banco, da la pausa para la reflexión observadora. O la observación reflexiva, vete a saber. Formo parte de una cola decididamente proletaria, donde menudean macfarlanes, gorros de lana y botas de trabajo, con la puntera reforzada. A las zonas altas y desabridas del campo de fútbol va el pueblo. El vulgo que ha pagado su entrada a precio de oro en este extraño e hipócrita futbol español y es tratado como delincuente. Es curioso, en este país (España aún) cuando vas de gorra te tratan como a un rey, cuando pagas te cachean y te putean hasta el bocata de la merienda.

Llego tarde al inicio del partido porque los aficionados al fútbol (y sus mochilas con bocata, la bufanda y el puro) son cacheados sin excepción. Luego subes al quinto piso y bajo la fresca brisa del Manzanares te dispones a ver un partido de fútbol. Sólo el puro (que es de gañote, faltaría más) reconforta con su cálido humo el espíritu.

Todo este acontecer y trajín que les cuento lo resumió un guardia civil de estupefacientes al que esto no firma y a su inseparable amigo y compañero fotógrafo, Roberto Villagraz, al que tanto echo de menos, en la bíblica frontera de Melilla.

Despectivo, con la boca torcida, miró de arriba abajo a los elementos que tenía frente a sí, y escupió la siguiente sentencia digna de Séneca:

–Periodistas, los que comen caviar para llevar los garbanzos a casa.

 

J. Sebastià Vizcarro

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