jueves, diciembre 1, 2022

Mas y el Día de la Marmota

Mira que me fastidia escribir otra vez de Cataluña. Estoy en ese momento de la vida en que la actualidad me empieza a aburrir y, no porque haya dejado de sentir el periodismo en las venas, sino porque tengo la sensación de estar viviendo permanentemente como en esa magnífica película titulada el Día de la Marmota. Pasan los días, pasan los años, se cambia de gobernantes y las cosas se repiten sistemáticamente, como si de generación en generación las cosas en vez de avanzar sufrieran un retroceso. El otro día, durante un almuerzo con el consejero delegado de una de las empresas más importantes de este país -que tiene líneas de negocios en los cincos continentes- y cuya sede está en Cataluña, nos comentaban que si todo el tiempo que gasta en explicar internacionalmente si esa parte de España tiene un riesgo cierto de independencia se pudiera cuantificar en dinero contante y sonante la cifra no se escandalizaría.

Lo que pretende es tener entretenidos a los catalanes para que no reflexionen sobre la situación económica, política y social a la que les está llevando

Reconocían el daño que está haciendo a las empresas y los empresarios este asunto y el profundísimo descontento que, la mayor parte de la clase empresarial catalana tiene sobre la deriva de Artur Mas, entregado completamente a la causa de ERC. Eso sí, cuando le comentamos por qué todos ellos en vez de hacer esos comentarios en privado no lo decían en voz alta y lo denunciaban ante la opinión pública, recogió velas y afirmó si mas: «Yo no soy político o tertuliano. Eso es cosa de los políticos y responsabilidad de ustedes, que crean opinión pública. Mi empresa tiene su sede en Cataluña (es decir en España) como ésta en EEUU, en China o en Brasil» y a continuación se salió por la tangente para que nos siguiéramos ahondando en tan espinoso asunto. Una opinión similar a esta se la he escuchado muchas veces a otros empresarios de muy distintos sectores, alarmados por la senda que emprendió CiU en estos últimos años, pero ninguno de ellos quiere complicarse la vida con el poder y todos temen, en definitiva, ser represaliados y que la administración no contrate con ellos ni colabore con sus empresas, si dicen en público lo mismo que afirman, sin pelos en la lengua en círculos restringidos.

Lo de Cataluña, como lo de España es como si continuamente estuviéramos viendo la misma escena, como le ocurre a Phil, el protagonista de la película de culto, un hombre del tiempo que es enviado un año más a Punxstawney, a cubrir el Día de la Marmota, y tras sorprenderles una tormenta todos los días siguientes se repite de nuevo la misma jornada. Eso es lo que pasa en Cataluña y con el último corte de mangas que Artur Mas ha hecho a la decisión del Tribunal Constitucional, que ha suspendido temporalmente la declaración de soberanía aprobada por el parlamento de Cataluña. Según dice no va a variar ni un ápice su intención de conducir -esa parte del territorio español que el gobierna gracias a la Constitución- hacia la independencia. Afirma que «no vamos a congelar nada» argumentando que acatar esa decisión sería un acto de deslealtad hacia los catalanes y de falta de respeto a la voluntad de las urnas, situándose así por encima de la legalidad, en una posición muy propia de los regímenes totalitarios. Él sabe, perfectamente, que en su hoja de ruta no cabe la legalidad y que será combatida con la ley en la mano como se hace en cualquier Estado de derecho democrático, pero le importa poco porque lo que pretende es tener entretenidos a los catalanes con este tema para que no reflexionen sobre la situación económica, política y social a la que les está llevando.

Su camino está totalmente fuera de la ley pero mientras teoriza sobre la independencia no da explicaciones de por qué tiene un paro desbocado. Las empresas están marchando de allí a marchas forzadas y los hospitales y otros servicios públicos esenciales tienen una situación calamitosa.

Tanto los dirigentes de CiU como sus socios de ERC han dado muestras una vez más, de que lo suyo es, ante todo, pisotear los derechos de los ciudadanos y escupir en la cara a todas las instituciones, incluida, por supuesto la que ellos representan, que no existiría de no tener en nuestro país una Constitución, sólidamente argumentada, que por cierto algunos de los suyos ayudaron a redactar.

El presidente de la Generalitat puede pretender aburrirnos una y otra vez situándonos en el Día de la Marmota pero se olvida de que nadie en este país esta fuera de la ley y él tampoco y que su peso le caerá encima al igual que está cayendo y diluyéndose el apoyo que le dan las urnas. Si los catalanes tienen el original, que es ERC ¿por qué se van a tragar la mala copia que representa CiU?

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Esther Esteban

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