lunes, diciembre 5, 2022

«España camisa blanca…»

A ver, hagan la prueba: tecleé en San Google lo siguiente:»mapa de la corrupción en España» y aparecerán, en 0,29 segundos, aproximadamente 6.800.000 resultados a elegir por comunidades, por partidos, por orden cronológico. Quédese por ejemplo con «Mapa de Corrupción por Partidos Políticos-Google Maps» creado, según pone, el 19 de febrero de 2011 y actualizado el 1 de Febrero de 2013, imagino. El panorama que llena inmediatamente su pantalla tira a desolador: aquella «España camisa blanca de mi esperanza», que escribiera el genial comunista Blas de Otero, es hoy un jirón desvencijado, una piel de toro -admitamos el tópico- que se desangra por decenas de banderitas/banderillas clavadas en toda su extensión de Norte a Sur y de Este a Oeste incluyendo, tristemente, la España insular. Pensaba sumar el total y luego dividirlo por partidos, pero cuando iba por el 160, no sólo me perdí sino que me pareció un esfuerzo masoquista, un ejercicio de flagelación inútil y, sobre todo, triste. Sabemos lo que está pasando y escarbar en el caso Bárcenas o en el del concejal de un pueblo que se ha vendido por un puñado de euros, no sirve para mucho. Ay España, camisa blanca de mi esperanza.

La situación a la que hemos llegado está a dos pasos de la revuelta social

Quizás ya la única pregunta posible sea cómo hemos llegado a esto y la única respuesta urgente cómo podemos salir, qué detergente nuevo va a ser capaz de blanquear tanta borrón, tantas traiciones a tanta gente que ni siquiera tiene qué ponerse. Ahora los líderes de los partidos -hay que ver cómo degenera el idioma y a qué somos capaces de calificar como «líder»- se dedican a echarse los sueldos de cada uno a la cabeza como si ahí estuviera el origen del mal que nos infecta. ¿Qué importa lo que declaran a Hacienda Rajoy o Rubalcaba? Dejémonos de anécdotas y que dejen ellos de esconderse en detalles que ni son el problema y no la solucionan. El mal es otro. La situación a la que hemos llegado está a dos pasos de la revuelta social y ya instalada en la ignominia cutre -micrófonos ocultos en floreros-, en la vieja escuela mafiosa de las «cajas B» o la horterada del oro en lingotes. Pero la revuelta social no puede ser tampoco el asalto a los supermercados y menos aún si luego ese acto vandálico por muy ejemplarizante que pretenda ser, no sólo se justifica sino que casi se alienta y se bendice en una sentencia judicial tan absolutoria como incomprensible.

El mal de España se ha incrustado en el sistema

El mal de España se ha incrustado en el sistema y sólo el mismo sistema podría empezar a resolverlo. La abstención masiva nunca será tan masiva como para cambiar las cosas y las concentraciones asamblearias se agotan en sí mismas y terminan ramificándose y enfrentadas. Tal vez los medios y las redes sociales presionen lo suficiente, pero tienen que ser los propios partidos desde dentro, las voces críticas tantas veces silenciadas, las que se atrevan a jugársela y volver a establecer dialécticas creadoras y positivas que impulsen la regeneración y terminen de una vez con ese sentimiento de impunidad que ahora flota en las grandes sedes oficiales como un bruma que todo lo contamina. Y tiene que ser el Poder Judicial el que tome conciencia de su misión sin que las ideologías de cada uno se reflejen luego en las sentencias. Tiene que haber gente independiente (berlusconis abstenerse) dispuesta a enrolarse con condiciones, con muchas condiciones, en lo que ya tenemos porque es imposible partir de cero otra vez, volver a empezar. Este país no es mejor ni peor que otros, pero muchas de sus instituciones básicas han degenerado y sólo son capaces de ponerse de acuerdo para asegurarse su futuro. Esto tiene que cambiar y quiero pensar que mis nietos verán a España con los ojos y la voz de Blas de Otero: «España camisa blanca de mi esperanza. Paloma buscando cielos más estrellados donde entendernos sin destrozarnos, donde sentarnos y conversar».

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Andrés Aberasturi

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