jueves, diciembre 1, 2022

La subasta presidencial de 2012

Nada moviliza a una población como la aprobación de legislaciones sin debate parlamentario.

Rick Santorum, el caballero convertido en improbable rival de los comités de Iowa el martes, realizaba su intervención de cierre de campaña ante un mar de cámaras de televisión aquí el lunes cuando se metió en un jardín de banalidades senatoriales.

“Yo no discrepo de la Decimoséptima Enmienda», anunciaba ante la prensa (y ante unos cuantos locales) el antiguo senador de Pennsylvania en una cafetería. Pero, proseguía, aquel oscuro capítulo de 1913 que fija el reglamento de elección directa de los senadores tuvo el efecto secundario de crear «una especie de mecanismo de aprobación sin debate parlamentario”.

Todo estaba tranquilo en la cafetería. En el bando del senador, un chaval jugaba a la Game Boy.

No está clara la razón de que Santorum creyera que su apuesta final ante los votantes de Iowa debiera incluir la mención de un mecanismo legislativo de siglos de antigüedad. Más claro desde la comparecencia pública de Polk City — y la posterior de Perry, municipio de Iowa un poco más arriba — queda que no va a seguir siendo mucho tiempo favorito presidencial si no mejora su juego.

El “apogeo Santorum» de los últimos días no tiene mucho que ver con el propio candidato y todo que ver con el hecho de que es el último que queda después de que los electores descartaran a todos los demás. No hubo mucho tiempo para escrutar a Santorum antes de los comicios de Iowa — y en su caso, es algo extremadamente afortunado. Con más tiempo en el candelero, se dejaría en evidencia a sí mismo como la versión cortante del vicepresidente Dan Quayle.

En el municipio de Perry, Santorum dio su opinión de que el Presidente Obama es una figura más divisiva que Richard Nixon, el guardián de la lista de enemigos: “Sospecho que el Presidente Nixon, aunque no lo sé, hablaría y trabajaría con la gente y no iría por ahí demonizándola como ha ido haciendo este presidente”. Santorum no lo sabe, pero eso no le impide afirmarlo.

En la misma parada, alteró los hechos al comparar el calendario estival de Ronald Reagan con el de Obama.

“No sé si es cierto, pero alguien me dijo esto», empezaba, «que Ronald Reagan nunca abandonó la Casa Blanca en Navidades, y la razón era que quería que todo el gabinete pudiera pasar aquel tiempo en casa”.

Una comprobación habría revelado a Santorum que en 1988, Reagan pasó las Navidades en Los Ángeles, y que pasó la semana posterior a casi todas las Navidades (y más de un año de su presidencia) en Santa Bárbara, California.

Vengo cubriendo la información de Santorum de manera intermitente desde su primera apuesta al Congreso, en 1990, cuando yo era un periodista novato de Pittsburgh. Hace meses predije que habría marea Santorum en Iowa. Pero en cuanto sea objeto de escrutinio riguroso, la marea bajará sin duda.

El lunes, por ejemplo, afirmaba públicamente ser el único candidato que «tiene pruebas de que, con unas credenciales conservadoras, se pudo atraer a independientes y Demócratas”. ¿Y esa es la razón de que los electores de Pennsylvania le sacaran de forma nada ceremonial de la administración en 2006 por un margen de 18 puntos prácticamente? Uno de Iowa me recordó esto.

“Estupenda pregunta”, me respondió el candidato, culpando a colegas legisladores Republicanos y a la impopularidad de George W. Bush.

A tenor de la legislación sanitaria de Obama, prometía que «Simplemente no voy a implantar la reforma”. Pero discutiendo la política de inmigración minutos más tarde, decía que «nos hace falta respetar la ley».

Si la marea le acompaña más allá de Iowa, tendrá dificultades para explicar cosas como su promesa de convertir en prioridad la restricción del aborto (esa tontería del paro no importa) o las acusaciones de traición que vertía el lunes contra Obama: en los conflictos en el extranjero, decía, «se ha alineado con nuestros enemigos prácticamente en todos”.

El escrutinio también sacaría a la luz el apego de Santorum al funcionamiento de Washington.         

Su intervención de cierre ante los votantes de Iowa pasó de su charla acerca del mecanismo parlamentario a la mención del Comité de Asignaciones del Senado, pasando por las partidas presupuestarias extraordinarias, el Comité Judicial de la Cámara, la Ley de Transparencia Siria y un largo discurso relativo a Honduras. Se emocionó particularmente al decir a su desorientada audiencia que «podemos coger la sala novena de apelaciones y seccionarla en dos salas de justicia».

Santorum disfruta claramente de su apogeo, presumiendo de que, «mientras las demás campañas tienen un avión, un autobús, coches etc.», él simplemente tiene “la camioneta de Chuck” — una furgoneta Dodge. Ahora hay un brillante autobús de campaña que lleva su nombre impreso.

En la primera escala de Santorum, en Polk City, el aforo máximo de la cafetería se cifraba en 49 personas, pero al menos 200 llenaban el local y un centenar más se repartía por la calle. Entre la muchedumbre mediática había periodistas de Japón, Rusia, Francia, Gran Bretaña, Italia y Australia. “No estaban aquí la semana pasada”, decía a los presentes un encantado Santorum.

Disfrute de su compañía, senador. No se van a quedar mucho tiempo.

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Dana Milbank

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