viernes, diciembre 2, 2022

Havel: la revolución de la verdad

A medida que los héroes de la Guerra Fría van pasando a mejor vida — Ronald Reagan, luego Juan Pablo II, ahora Vaclav Havel — cada marcha hace su mundo más distante y extraño. Pero es demasiado pronto para el olvido, que podría ser también ingratitud.

En una pesadilla en tiempos, los disidentes europeos vivían en la cárcel, en naciones enteras que eran cárceles. Se les confinaba en psiquiátricos por gobiernos mantenidos a través de la promoción del engaño a gran escala. Eran obligados a hacer confesiones de crímenes imaginados por regímenes que eran empresas delictivas.

Y entonces el gobierno de Checoslovaquia fue demasiado lejos. En 1976 detenía a un grupo llamado «Los Plásticos del Universo» por delitos contra la conformidad cultural. Fue el símbolo idóneo del comunismo: un sistema que no podía tolerar la interpretación de canciones no autorizadas. La tontería del régimen minó su capacidad de intimidar. Havel — aficionado al rock e intelectual de la contracultura — cofundó el movimiento de derechos humanos Carta 77. La música popular nunca ha recibido mejor uso.

En gran refutación del pesimismo histórico de la historia, la pesadilla de Europa resultó ser «un cuento de hadas» — término que Havel utilizó para describir su experiencia. El 27 de octubre de 1989, Havel era enviado a la cárcel por cuarta vez. Aquel diciembre, 300.000 checos salían a la Plaza Wenceslas a cantar «¡Havel al castillo!» Para Año Nuevo, Havel pudo afirmar: «¡Pueblo, vuestro gobierno vuelve a vosotros!» En febrero se dirigía a una sesión de las dos cámaras del Congreso estadounidense como líder de una Checoslovaquia libre. En cuatro meses pasó de preso a presidente extranjero.

Havel ayudó a derrotar el comunismo desacreditando su pilar central. El socialismo científico enseñó que la historia es el producto de fuerzas económicas y sociales masivas que el individuo no puede esperar controlar. Los ideales, se olía Marx, eran «espectros que se forman en el cerebro humano». Como habría dicho Winston Churchill de Havel: Vaya espectro. Vaya cerebro. Havel evidenciaba sin cesar la ideología comunista como una partida de confianza, un fraude piramidal dependiente de la deferencia generalizada en mentiras evidentes. Un ideal — el compromiso con la verdad — demostró ser una palanca lo bastante larga para mover el mundo.

Volver a leer la obra enseña de Havel de 1978 «El poder del indefenso» es como vadear pantanos con diamantes. La jerga intelectual es densa — y luego surge la frase cristalina, una idea perfectamente pulida. Los regímenes comunistas obligan a la gente a «vivir en una mentira» exigiendo rituales deshumanizadores de lealtad. Él describe a su país como algo cubierto de lemas pero carente de fe genuina. «Cada persona» dice, «sucumbe de alguna forma a la trivialización profana de su humanidad inherente». Viajan a la deriva «por el río de la pseudovida».

Pero en una sociedad gobernada por mentiras, la verdad gana «un poder político singular, explosivo, incalculable». El deseo de vivir auténticamente es el equivalente a una quinta columna — una revolución oculta en una sociedad entera. La verdad avanza a través de un discurso político, de una huelga de hambre, de una obra de teatro, de una canción. «Es un arma bacteriológica, por así decirlo», dice Havel, «utilizada cuando las condiciones se prestan a que un único civil desarme a una división militar entera». Havel fue un profeta histórico de primer orden — y la encarnación de su propia profecía.

«Vivir sin la verdad», según Havel, es una empresa inherentemente moral. Refleja sacrificios, lo que presupone «una responsabilidad» para los demás — la fe en el amor, la amistad y la compasión. En compañía de Juan Pablo II y Alexander Solzhenitsyn, Havel estaba seguro de que la renovación política empieza por la renovación personal y moral. En una carta remitida desde la cárcel escribe: «¿Pero quién empieza? ¿Quién debe de romper este círculo vicioso? El único lugar posible por donde empezar soy yo… Que todo esto esté perdido realmente o no depende por completo de que yo esté perdido o no».

Incómodamente, Havel también aplicaba esta visión moral a las naciones prósperas de Occidente. Criticaba «el culto egoísta al éxito material» y «la ausencia de fe en un orden superior de las cosas». Consumismo y relativismo, advertía, también podían privar a la gente de humanidad y de responsabilidad. Ni los ricos y poderosos pueden vivir en la mentira. En su intervención ante el Congreso estadounidense, Havel instó a los americanos a «anteponer la moralidad a la política» y a fomentar «la responsabilidad — la responsabilidad para con algo más elevado que mi familia, mi país, mi empresa, mi éxito».

El intelectual estadounidense Noam Chomsky llamó al discurso de Havel «un sermón bochornosamente estúpido y moralmente repugnante» — que es un comentario estúpido y repugnante en la misma medida.

La República Checa tenía esta infrecuente ventaja: su clase intelectual convencional estaba convencida de los ideales de la civilización occidental. Y a través de esta fe en la civilización, él ayudó a salvarl.

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Michael Gerson

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