miércoles, diciembre 7, 2022

El favorito está desnudo

Los aplausos indicaron la presencia de Rick Perry como favorito del público cuando subió a la palestra en Tampa con motivo del debate del Tea Party la noche del lunes, saludando a sus rivales distantes como «muchachos». Pero dos horas más tarde, esos muchachos – y una muchacha de Minnesota – habían hecho ciertos importantes progresos exponiendo al gobernador de hombros amplios de Texas como un nudista.

En unos momentos retaron a Perry desde la izquierda (a tenor de la seguridad social y el programa Medicare de los ancianos) y en otros desde la derecha (en inmigración, impuestos y campañas de inmunización obligatorias), pero todo se redujo a lo mismo: el favorito está confundido, sorprendido al parecer de que sus rivales cuestionen su derecho a la candidatura presidencial Republicana.

La peor actuación del caballero que encabeza los sondeos se produjo cuando Michele Bachmann acusaba a Perry de influencias, insinuando que obligaba a las menores a ponerse la vacuna HPV anti-cáncer porque su jefe de gabinete era lobista del fabricante, farmacéuticas Merck, que también «realizó donaciones políticas de miles de dólares al gobernador».

Perry respondió con el alarde que le caracteriza: «Fue una donación de 5.000 dólares lo que recibí de ellos. Recaudo unos 30 millones. Y si usted está diciendo que por 5.000 se me puede comprar, estoy ofendido».

«Bueno», replicaba Bachmann, «a mí me ofenden todas las menores y los padres que no tuvieron otra elección».

El público aplaudía a Bachmann, y Rick Santorum se sumaba. «Esto es el gobierno intervencionista desbocado», informaba a Perry.

En lugar de dar una respuesta, Perry servía una ración de clichés emplatados, que incluyen «Me parece que tomamos decisiones en Texas» y «hay un montón de tipos distintos de cáncer por ahí».

Bachmann, lista para sentencia tras el último debate Republicano, volvía de forma incendiaria. Santorum se valía de su pedestal de candidato de segunda para chinchar a Perry. Mitt Romney, negándose a rendirse al caballero que le relevó como favorito, enredó a Perry en la lógica y los datos. Hasta Jon Huntsman, cuando no estaba haciendo bromas desconcertantes de Kurt Cobain, dijo a Perry que su afirmación de no poder garantizar la integridad de la frontera era «un comentario bastante traidor».

A la defensiva de principio a fin, Perry recurría a la distinguida tradición de inventar los datos. Cuando Romney se enzarzó con las opiniones anteriormente expresadas por Perry de que la seguridad social es un fraude piramidal y es inconstitucional, Perry hizo su regreso: «Gobernador, me está usted llamando delincuente, usted dijo que si la gente lo hiciera en el sector privado serían delincuentes. Está en su libro».

El público jaleó este retorno, que habría sido eficaz si Romney hubiera escrito realmente algo así. Una búsqueda electrónica del libro de Romney «Sin tapujos» no arroja ningún resultado de la palabra «delincuente» en relación a la seguridad social. Lo que escribió fue todo lo contrario, diciendo que si los banqueros saquearan las sociedades como los políticos saquean el fondo de la seguridad social, «entrarían en la cárcel».

Perry intentó matizar su comentario anterior del fraude piramidal, prometiendo a los afiliados de la seguridad social que está «garantizado a prueba de bomba que los programas van a seguir en vigor» (al tiempo incluso que aducía que la seguridad social según se creó en los años 30 «no es idónea para América»). También se liberó de su anterior oposición a la cobertura de las recetas del programa Medicare de los ancianos.

Pero en su mayor parte, la noche consistió en que Perry y el resto de los candidatos intentaron superarse en conservadurismo. Esto produjo ciertos resultados sorprendentes.

Hubo ruidos de aprobación del público «¡ya!» cuando el moderador, el periodista de CNN Wolf Blitzer, preguntó si un caballero enfermo de 30 años que se hubiera negado a contratar cobertura sanitaria debía ser abandonado a su suerte. Estuvo la explicación de Ron Paul a los atentados del 11 de Septiembre como respuesta a que América «mató a cientos de miles de iraquíes durante 10 años». Estuvo la acusación por parte de Santorum de que Perry paga ayudas a la educación de los inmigrantes ilegales «como intento de atraer al voto ilegal me refiero a los votantes latinos». Perry, a su vez, defendió su insinuación de que el gobernador de la Reserva Ben Bernanke cometió un delito de traición.

Novedosamente, no obstante, los rivales de Perry no dejaron sin respuesta sus bramidos. Del aumento del empleo en Texas, Romney bromeaba: «Si te reparten cuatro ases, no eres por fuerza un gran jugador de póker». Paul, acusando a Perry de subir los impuestos y el gasto público, tenía la ocurrencia: «No quiero ofender al gobernador porque me puede subir los impuestos».

Perry se preparaba. Miró al techo. Parpadeó tan rápido que sus ojos podrían haber enviado un mensaje de ayuda en Morse. Tratándose de un tipo que al parecer creía poder abrirse paso hasta la candidatura a base de faroles e intimidación, fue un ajuste de cuentas merecido.

Cuando Romney presionó a Perry en torno a si todavía cree que «la seguridad social debería de acabar como programa federal, como dijo usted hace seis meses», el texano se refugiaba.

«Me parece que deberíamos de tener un debate», dijo.

«Tenemos ese privilegio ahora, gobernador», le recordaba Romney. «Nos presentamos a presidente».

Dana Milbank

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