viernes, diciembre 2, 2022

Quo Vadis Europa

Me he sentido siempre meridional, heredero y cómplice de nuestras raíces fenicias y musulmanas, admirador compulsivo de su forma de entender la vida y el arte, pegado a la salinidad mediterránea y deslumbrado por la luz de los atardeceres levantinos. Pero formo parte también de la generación de castellanos mesetarios, tan europeos como los godos germánicos, que sólo supimos de nuestros vecinos, tan próximos y tan alejados, por lo que contaban de Europa los millones de españolitos que volvían de Suiza, Austria, Alemania o Francia después de dejarse allí los mejores años de su vida. Nos hablaban  de aquellos países con el respeto y la admiración que tan espléndidamente retrató Carlos Iglesias en su película “Un franco, catorce pesetas”. Sociedades abiertas, integradoras, solidarias, libres, cultas, ricas y respetuosas con los derechos humanos y sociales del ciudadano. Desde aquí, y mirando por el cristal ahumado de la dictadura, sólo veíamos el contorno de un mundo exterior tan distinto del nuestro.

Aquellas naciones que salieron destruidas y escaldadas de la Segunda Guerra Mundial, tuvieron la determinación profética de alumbrar un espacio común de encuentro. Estaban dirigidas por políticos irrepetibles como el alemán Adenauer, el francés Monnet o el italiano De Gasperi. De aquel pequeño círculo, donde se negociaba el mercado del carbón y el acero, nació la Comunidad Europea. Confluyeron después los valores de la socialdemocracia liberal y el ideario de justicia social abanderado por la democracia cristiana. Y así se marcó un territorio para consolidar el estado social del bienestar, los derechos cívicos y el intercambio de las viejas culturas europeas. Desde aquí, en la lejanía, veíamos como se levantaba este monumento hecho con materiales tan distintos de los nuestros. Para los gobiernos de Franco la nueva Europa unida era un torrente de divisas procedentes de las remesas que mandaban nuestros obreros y  las que se dejaban en nuestras playas los turistas continentales. También era el festival de Eurovisión, que nunca ganábamos por culpa de la envidia que nos tenían,  y  los espacios donde nuestros deportistas demostraban que España, como el buey que bien se lame, se bastaba y se sobraba. Pero también había aquí europeístas, que a base de riesgos personales, privados muchas veces del pasaporte cuando no deportados a los lugares más disparatados del solar patrio, comenzaron a sembrar las primeras simientes de nuestra futura integración.

Tanto orgullo nacional se fue disipando y la España del franquismo residual terminó por solicitar el ingreso. Consiguió acuerdos preferenciales y poco más.  Cuando España y Portugal se incorporaron al pelotón de las naciones libres, y consiguieron integrarse en la CE, yo celebré alborozado aquel acontecimiento histórico. Recuerdo la foto de Manuel Marín descansando de las agotadoras negociaciones que no se cerraban nunca, y al Presidente Felipe González ratificando el tratado de adhesión ¡Qué gran día! Han pasado ya decenas de años y los efectos políticos y económicos saltan a la vista. El cambio que ha dado España, impulsándose en el trampolín comunitario, es extraordinario.

Cuando nos asomamos ahora al balcón europeo  el panorama es desalentador. Añoramos a los estadistas que recogieron el testigo del viejo espíritu europeísta y que ya no están: Mitterrand, Andreotti, González, Soares, Smith, Kohl, Papandreu y tantos otros. Además, la ampliación con países que como Hungría, Polonia o la República Checa no terminan de respetar las reglas básicas del juego democrático, o la estulticia de otros, y estoy hablando de la República de Irlanda, que después de salir de su agujero histórico con la ayuda de todos, votó no al futuro del proyecto. Qué podemos escribir de la postura secular del Reino Unido, siempre “cantando bajo la lluvia” la repetida balada de insolidaridad británica. Bailamos todos la danza ideada por  politicastros tan mediocres como nacionalistas: Belusconi , Sarkozy o  Merkel . Son tan capaces de levantar nuevos muros como de exprimir, hasta la última gota de sangre, a los socios que necesiten financiación. Y ahora, como si fuéramos pocos, llegan los finlandeses, tan educaditos ellos, y pretenden fumigar a los deudores; y también los daneses, que tuvieron el valor de enfrentarse al exterminio nazi de sus compatriotas judíos, y ordenan blindar sus fronteras. Debemos preguntarnos todos Quo Vadis Europa.

Fernando González

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