lunes, noviembre 28, 2022

Andreu Buenafuente

Andreu Buenafuente era un tipo gracioso. Ocurrente, sería más correcto decir. Hubo un tiempo, incluso, que fue la sensación de los programas llamados Late Night. Era imaginativo, incisivo, trasgresor… Después, se lo creyó y se convirtió en una pantomima. En una caricatura de sí mismo. Y, ya puesto, pensó que era el rey del mambo. Se colocó por encima del bien y del mal y empezó a ser odioso.

Lógicamente, y como suele pasar en estos casos (el ejemplo de Sardá es el paradigma de este tipo de personajes) se refugió en la progresía a la búsqueda de palmeros, se autocalificó de expendedor de certificados de demócratas y se dedicó a hacer gracietas con todo y de todo lo que no fuese progre. Como es natural, perdió audiencia. Y eso que la televisión que lo exhibe es también del género progre.

Hace un par de días entrevistó a Ángeles González-Sinde, ministra de Cultura del tardozapaterismo y que pasará a la historia por haber querido cerrar, a capricho y sin mediar intervención judicial, las web que no le gustasen, aunque tamaño atropello se corrigiese después, al menos, parcialmente.

¿Y qué hizo el gran Buenafuente ante la señora Sinde? ¿Fue tan agresivo y ocurrente como suele ser? No. Qué va. Buenafuente tiene “intereses” culturales y no se atrevió a casi nada. Le hizo una entrevista-masaje y pactó con ella algunas preguntas complicadas. O, al menos, eso fue lo que pareció. Y, como consecuencia, se montó un gran follón en la red.

Aunque no sé de qué se quejaban. Entre amiguetes es normal intentarse lavar la cara.   

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