jueves, diciembre 1, 2022

¿No se estará buscando las habichuelas?

Alí Aujali, hasta hace poco el hombre de Muammar Gaddafi en Washington, es solemnemente avispado.

Hace diecinueve meses, firmó una columna en el Wall Street Journal defendiendo el caluroso recibimiento que ofreció Libia al convicto culpable del atentado del vuelo 103 de la Pam Am. Aujali decía que había pruebas de que el terrorista era «inocente», y argumentaba: «Los que han seguido los acontecimientos más de cerca sabrán que Libia tiene antecedentes sólidos de oposición al terrorismo».

El lunes, Aujali vestía una bandera libia pre-Gadafi en la solapa y portaba un grupo muy diferente de lemas con destino al American Enterprise Institute, donde estuvo sentado junto a su nuevo aliado, el funcionario del Pentágono Bush Paul Wolfowitz. «Es un régimen terrorista», decía Aujali de Gadafi. «A partir de la historia de Gadafi desde el 69, ves que los estadounidenses son los primeros en sufrir a consecuencia de Gadafi, desde La Belle (la discoteca de Berlín contra la que atentó), la UTA (la aerolínea francesa contra la que atentó), la Pan Am. Si aguarda circunstancias más propicias, pueden creerme, verán más cosas de las que han visto nunca».

Cuando Gadafi se enredó con la opinión mundial en enero, Aujali dimitió como embajador y se posicionó como el enviado de la oposición. Su repentino cambio de opinión sobre Gadafi plantea la duda evidente del motivo de que formara parte del régimen cuatro décadas. Aujali aducía que se opuso al régimen en secreto todo el tiempo, aunque formó parte de él sin queja y se prestó a ser uno de sus portavoces más conocidos. Esperaba que Gadafi «fuera un poco consciente de la población», decía, pero «no creo que lograra mis objetivos».

Otra explicación sería que Aujali decidió de pronto que, con bombas estadounidenses a punto de llover sobre Libia, su futuro iba a ser más próspero si no se le consideraba el representante de Gadafi en Washington. Pero Wolfowitz, el anfitrión de Aujali en el AEI, parecía suscribir el relato benigno. «En cuanto a lo que me concierne sigue siendo el embajador de Libia, de la verdadera Libia», decía.

Por supuesto, Wolfowitz y sus colegas recibieron con idéntica credulidad a Ahmed Chalabi, al trilero de las armas de Irak Rafid Ahmed Alwán al Janay alias Curveball y a la oposición iraquí, sobreestimando la fortaleza de la resistencia a Saddam Hussein. No está tan claro que aparecer en público junto a Wolfowitz vaya a ayudar a Aujali a exponer sus ideas de que la oposición libia debe ser reconocida y armada.

Aujali se encuentra en una posición extremadamente delicada, al igual que otros embajadores en Washington procedentes de regímenes de la región que de pronto están patas arriba. Tanto el embajador egipcio como el embajador tunecino conservaron hábilmente sus empleos en todo momento de las revoluciones. Pero Aujali fue más allá, y está haciendo campaña, en las páginas del Washington Post, en el Club Nacional de Prensa y en el American Enterprise Institute, por la caída de sus antiguos colegas.

Con este fin, garantizaba a la audiencia del AEI que los fundamentalistas y los islamistas nunca controlarán a la oposición en Libia («¡no hay forma humana!»), y que aunque hay «algo de al-Qaeda» en Libia, «no forma parte del levantamiento multitudinario».

Pero, dada su trayectoria, ¿se puede creer a Aujali?

En 2009 argumentaba que «hemos sido uno de los aliados clave de Occidente a la hora de… frustrar los planes de los extremistas que iban a Irak a atacar a las fuerzas norteamericanas». Pero en el AEI el lunes, decía que Gadafi «quiso poner una estatua de Saddam Hussein en Libia», añadiendo que Gadafi permitió que los libios fueran a Irak a combatir a los estadounidenses. «De no querer que esta gente fuera, pudo pararlos», decía Aujali.

Hace dos años, Aujali escribía en el Washington Times diciendo que el gobierno de Libia «se plasma en la representación popular y la democracia de participación directa» y que «En Libia, la población gobierna». En el AEI, decía: «Durante los 40 últimos años no ha existido ninguna forma de que la población participara en el gobierno».

En un escrito fechado en abril de 2009 dirigido al New York Times, decía que «los derechos humanos constituyen una cuestión en la que nosotros en Libia trabajamos duro por mejorar», recordando a los estadounidenses sus propias «aberraciones en Guantánamo y Abú Ghraib». En el AEI, trazaba un paralelismos entre el sufrimiento con Gadafi y con Adolfo Hitler, insinuando que el apoyo de Alemania al pueblo libio se basaba en la experiencia compartida.

Antes de llover las bombas, Aujali defendía a menudo el honor de Gadafi. «A diferencia de Occidente, nuestras tradiciones islámicas y árabes nos prohíben insultar a nuestros líderes», dijo en una ocasión. En el American Enterprise Institute, Aujali acusaba a Gadafi de «chantaje» y decía que «está implicado en acciones terroristas de este a oeste y de norte a sur».

«Durante más de 41 años», decía Aujali, «por desgracia no hay nada de lo que enorgullecernos a consecuencia de lo sucedido a Libia durante este tiempo bajo Gadafi».

Eso es cierto. Pero, ¿él se lo cree?

Dana Milbank

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