domingo, noviembre 27, 2022

Sortu: De infamias y prejuicios

6 de febrero de 2011: compañeros de partido y amigos acompañan a Mapi Heras y a José María, Fernando y Rubén Múgica en el recuerdo del XV aniversario del asesinato de Fernando Múgica Herzog, con la presentación de un libro homenaje. Las intervenciones de Alfonso Guerra, Txiki Benegas, Iñaki Arregi y José María Múgica, con distintos tonos, enfoque y contenidos, convergen en el único objetivo de la derrota de ETA: No sólo de sus efectivos humanos, sino de sus perniciosas e infames ideas que entremezclan razas, crímenes y mitos produciendo un auténtico bodrio, en sentido estricto.

7 de febrero de 2011: La XIII reencarnación del sector de ETA que generalmente circula sin capucha y sin pistola presenta su nueva formación política y sobre todo, sus nuevos estatutos, en los que se establece una fórmula encaminada a pasar el filtro del artículo 9 de la Ley Orgánica 6/2002, de 27 de junio, de Partidos Políticos. Los aires de renovación tienen la frescura de rostros y voces como Rufi Etxeberría e Iñigo Iruin, aires que sin duda arrastran un insoportable olor a pólvora. Pero eso es cosa del pasado, se nos dice. Por lo visto no nos debemos dejar llevar por nuestros prejuicios.

7 de febrero de 2011: La presidenta de la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, Garbiñe Biurrun, después de participar en el acto de presentación de los estatutos de SORTU, afirma que, personalmente, para ella «es un día muy feliz, de triunfo de la democracia y de los derechos humanos». «Espero que sea un futuro muy distinto. Estoy muy impresionada y muy contenta». Asimismo subraya que los estatutos de la nueva formación son «impecables no solamente desde el punto de vista formal, sino porque su contenido es realmente acorde no sólo a la letra de la Ley de Partidos, sino también a su espíritu». Teniendo en cuenta que se trata de una magistrada con una posición relevante, parece que semejante opinión, no solo personal, sino de calificación jurídica, encaja perfectamente en el concepto de prejuicio, en su acepción más pura. Pero por lo visto éste es un prejuicio bueno y Biurrun debe dejarse arrastrar por él.

8 de febrero de 2011: El Tribunal Supremo anula una sentencia de la Audiencia Nacional que condenaba a Arnaldo Otegi a dos años de prisión por delito de enaltecimiento del terrorismo. La base fáctica para tal revocación es la pregunta que la magistrada formuló a Gordo antes de que concluyera su declaración «¿Condena usted la violencia de ETA?» a la que el acusado se negó a responder. Murillo dijo entonces «Ya sabía yo que no me iba a contestar» y el hombre de paz respondió «Ya sabía que me iba a hacer esa pregunta». A juicio del Alto Tribunal la pregunta de Murillo, «y muy especialmente su reacción» al negarse Otegi a responder, «pueden interpretarse, desde perspectivas objetivas, como una expresión de una opinión ya formada, previamente o al inicio del juicio» sobre la intervención de Otegi en el homenaje a un etarra. El Supremo arguye que «no es irrazonable pensar» que Murillo «estaba exteriorizando precipitadamente un juicio sobre el carácter delictivo» de la actuación de Otegi. «Al valorar el conjunto de lo ocurrido —continúa la Sala Segunda— debe admitirse pues que desde el punto de vista del recurrente existían razones objetivas para poder sostener que en ese momento la presidenta del Tribunal y ponente de la sentencia estaba expresando un prejuicio en contra del acusado» por cuanto que «exteriorizaba un prejuicio acerca de la culpabilidad», y lo hacía «antes de que fuera posible realizar una valoración imparcial». El Supremo convierte un juicio de probabilidad en un juicio de intención, que entonces se transmuta en prejuicio. Y una vez más el beneficiario de esta extravagancia es el inefable Gerry Adams vasco, al que se juzgará de nuevo en este nuevo clima social en que las togas deben mancharse con el polvo del camino (Conde Pumpido dixit) y la doctrina Garzón sobre la diferencia entre Batasuna y la izquierda abertzale vuelve a estar de moda.

9 de febrero de 2011: Jesús Eguiguren, presidente del PSE, que declinó la invitación para asistir al acto de presentación de SORTU aduciendo que el recuerdo a los ausentes -parece que se refería a los asesinados por ETA, pero le parecía feo decirlo así, tan crudo- se lo impedía, concede una entrevista al periódico El País en la que muestra su euforia y entusiasmo por el nuevo partido, que a su juicio supone un acontecimiento histórico y carga de forma contundente contra el PP, que en su opinión parece encarnar el único obstáculo para la instalación de la paz, seguramente por haber interpuesto demasiados militantes en el camino de las balas liberadoras de ETA. Nada de lo anterior es nuevo en Eguiguren, por lo que no debe sorprendernos. Sabemos hace años que los prejuicios de Eguiguren van muy en línea con los de Garbiñe Biurrun, es decir los que puntúan positivo y por los que sí hay que dejarse arrastrar. Lo que sí sorprende y desgarra es la apelación a la moderación y a la responsabilidad del PP que formula el socialista vasco nada más y nada menos que “en nombre de las víctimas del terrorismo”. Pero ¿quién se ha creído Eguiguren que es para pedir a las víctimas moderación frente a los asesinos arrogándose la representación de las propias víctimas? Esto evidentemente traspasa las fronteras del prejuicio y aterriza en el campo de la más pura infamia.

Juan Carlos Olarra

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