jueves, diciembre 1, 2022

Civilización de tipo cero

Existen entre los físicos algunos sabios que tratan de conjeturar cómo puede ser nuestra civilización en el futuro -necesariamente un futuro muy lejano-, dependiendo del grado de desarrollo tecnológico que podamos alcanzar. Un planteamiento de predicción serio en el que, por supuesto, no caben las bolas de cristal, los caracoles que le echa una santera a un turista bobalicón en cualquier esquina de La Habana Vieja, las cartas del Tarot tan de moda en algunos programas de televisiones baratas ni otras soplapolleces parecidas. Se trata, insisto, de deducciones rigurosas que no sólo contemplan nuestra situación dentro de muchísimo tiempo, sino también el posible estado de la cuestión en otras civilizaciones, llamémoslas alienígenas, con las que quizá algún día podamos entrar en contacto. Si es que existen, claro.

Bajo este planteamiento, se considera que una civilización tecnológicamente de «Tipo I» es aquella capaz de controlar el planeta en que vive. No únicamente desde el punto de vista político o social, sino el dominio absoluto de cualquier fenómeno natural. Desde los terremotos y las erupciones volcánicas, hasta el comportamiento de la atmósfera, la temperatura de los océanos o la deriva de los continentes. En definitiva, todo. Una civilización «Tipo II» habría dado el paso al control, igualmente pleno, de la estrella que rige su particular sistema solar. Una «Tipo III» habría sido capaz de asumir la hegemonía de su galaxia. Por último, una civilización de «Tipo IV» podría manipular a su antojo cualquier ley de la física cuya validez universal es, hoy por hoy, un axioma indiscutible. Verbigracia, trastocar a su antojo los postulados de la Teoría de la Relatividad -o de la Mecánica Cuántica- con la misma simpleza empleada por el Gobierno del buen talante y mejor rollito para cambiar la legislación y permitir, por ejemplo, que una chica de dieciséis años pueda abortar sin la obligación, al menos eso, de comunicárselo a sus padres.

A estas alturas, cualquiera de ustedes habrá deducido que nuestra civilización es de tipo cero. Basta con que un volcán carraspee un poco -la nube de cenizas procedente del Eyjafjall ni siquiera es un estornudo de las entrañas de la Tierra- para que se colapse de muerte el tráfico aéreo en la mayor parte de Europa. Continente, eso también sobra decirlo, que es uno de los paradigmas del mundo civilizado. Nada menos que 20.000 vuelos cancelados sólo el domingo y 150 millones de euros en pérdidas diarias para las compañías aéreas. Y todo por un simple volcán que se ha desperezado ligeramente. Una intensa fulguración solar, no frecuente pero tampoco improbable, producida en dirección a la Tierra podría achicharrar gran parte de la constelación de satélites artificiales que hoy nos resuelven muchos problemas. Y no sólo eso; también podría dejar fuera de servicio elementos imprescindibles del tendido eléctrico, con apagones en países enteros que se prolongarían meses o años. Tales son las consecuencias de estar todavía en el «nivel cero».

Como no hay mal que por bien no venga, quizá este contratiempo volcánico nos sirva para recapacitar sobre nuestra gran debilidad frente a los caprichos del entorno próximo y no tan próximo. Es decir, para que nos dejemos de tantas batallitas -internas y externas- y aunemos esfuerzos encaminados a que en un milenio de éstos podamos, si no ser una civilización de primer tipo, sí al menos vivir en un mundo un poquito más controlable y controlado.

Ricardo Peytaví

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