sábado, diciembre 3, 2022

Sartre, el ser y la nada

Mañana se cumplen 30 años del multitudinario adiós a Jean Paul Sartre, en el cementerio de Montparnasse, donde descansa desde entonces cerca de Baudelaire. Rubio, con gruesos anteojos, con un ojo desviado y un metro cincuenta y siete de estatura, Sartre entró en la historia del siglo XX haciendo gala de su vigor dialéctico y de su singular inteligencia. Hoy, aquella muchedumbre tiene las manos vacías.

En los años 1940-42, Sartre era una personalidad notoria; tras la Segunda Guerra Mundial, su obra alcanzó difusión y su filosofía llegó a situarle como el representante del existencialismo. Su pasión por lo moderno, su desdén por lo arcaico, su condición de contestatario ante cualquier forma de poder, al punto de haber rechazado la Legión de Honor y el Premio Nobel de literatura, marcaron su personalidad.

Educado en la biblioteca de su abuelo, Sartre (nacido el 21 de junio de 1905) siguió sus estudios en el liceo Henri IV. En 1924 ingresó en la Ecole Normale Supérieure, donde conoció a Raymond Aron y, especialmente, a Simone de Beauvoir, su eterna compañera. Con ella constituyó una mítica pareja, que, desde 1929 a 1980, recorrió el espacio y el tiempo. Los vinculaba la complicidad afectiva, la política y una manera especial de equilibrio en sus relaciones. Naturalmente, la realidad era más compleja, como lo desveló, luego, la correspondencia que se conoció de ambos.

En el siglo XX, un siglo de esperanzas, utopías y ofuscamientos, la figura de Sartre cosechó fervores y también repudios, a través de una obra embebida en el pensamiento de Gide, Céline, Hegel y Nietzsche, y cuyo resultado fue un tumulto de ideas. Su biógrafa, Annie Cohen Solal, me lo definió con estas palabras: «Un hombrecito que quiso poseer el mundo». Y es que Sartre supo articular saberes parciales en un saber global. En este sentido, fue un personaje inclasificable en las categorías francesas tradicionales, ya que desconcertaban sus cambios de posición, sus caprichos y sus contradicciones. Sus actitudes lo convirtieron en un ciudadano contra el Estado, en un transgresor mecánico, y, antes que una doctrina, en realidad encarnó un modelo.

No fueron fáciles las relaciones de Sartre con los intelectuales de su país. Debemos recordar que Sartre tomó de Estados Unidos el aparato modernista del cine, la novela americana y el jazz; de Alemania, la herramienta de la fenomenología, que le permitió pensar con categorías menos rígidas que las del pensamiento francés; y, con ellas, edificó su sistema de ideas. Aquel padre con descendencia sólo literaria, que interrogó el porvenir, fue un solitario y aislado anarquista, y, acaso, un pensador escandaloso y perturbador. De la misma manera que, para otros, una especie de brújula.

Cuando lo enterraron, una amiga suya, para la que escribió canciones, comentó: «Un hombre joven ha muerto». Era Juliette Gréco; y tal vez fue el mejor cumplido.

Rubén Loza Aguerrebere

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