domingo, noviembre 27, 2022

Salvar a la industria, sólo si merece la pena

Con mejor o peor fortuna, son muchos los Gobiernos que tienen planteada en estos momentos una batalla sin cuartel contra el deterioro del sector industrial. La mayor parte de los Gobiernos de los países más avanzados tratan de preservar a sus industrias del mal que se les viene encima: sus industrias no venden y se han vuelto de repente el pariente pobre de la crisis. Como son armas importantes para la exportación y para el empleo (es decir, fuente primaria de riqueza), nadie parece dispuesto a dejar que sus industrias, propias o licenciatarias de marcas extranjeras, se vayan a la quiebra. Y a salvarlas se están aplicando los Gobiernos.

La operación salvamento más importante de todas, por ser la cuna del automóvil en serie, es la que trata de instrumentar Estados Unidos con las tres grandes hermanas del motor, General Motors, Ford y Chrysler, tres empresas semi quebradas que luchan entre la vida y la muerte, con males que no vienen de ahora sino de largo tiempo atrás, pero que esta crisis está desempolvando, ya que en los últimos años, cuando todo crecía y las marcas no lograban cubrir la demanda más que tras grandes esfuerzos, los males de los tres grandes estaban semi ocultos, eran menos evidentes. Ahora, la estrechez de la demanda ha puesto a todos en su sitio y las marcas japonesas, junto a las europeas en algunos segmentos de alta gama, están siendo capaces de responder mucho mejor que los tres clásicos del motor a las demandas de la clientela, lo que está acompañando su trayectoria en aquel mercado con el éxito.

Estos días se ha dado a conocer el resultado de una de las grandes empresas alemanes del motor, cuyas ventas han aumentado en lo que va de año en casi un 10%. No es difícil deducir que, en un mercado que disminuye, el hecho de que alguien aumente un 10% va en detrimento de la cuota de los demás y muestra que las crisis no suelen ser iguales para todos. Para unos lo son más que para otros. Las tres grandes del motor están tratando de sacar adelante un plan de salvamento que, comparado con los 700.000 millones que se están gastando en este país en salvar a los bancos, son el chocolate del loro.

Pero las autoridades de la Administración saliente, así como las de la entrante, han dejado bien claro a los gestores de Detroit que las ayudas sólo se darán si la industria puede garantizar, dentro de lo que cabe, su supervivencia a largo plazo. Nada de parches ni de pan para hoy, que luego acaba en hambre mañana. Si la industria estadounidense del motor no es viable, mejor dejar el terreno a los fabricantes eficientes y que han sabido conectar con el mercado. Desde luego, los compradores de coches de Estados Unidos va vienen diciéndole a su industria desde hace bastantes años que sus productos no son siempre los más adecuados para satisfacer sus necesidades. La industria extranjera del automóvil, tanto japonesa como europea, tiene altísimas cuotas de mercado en Estados Unidos.

El debate industrial en Estados Unidos está centrado en decidir si el país puede sobrevivir sin una potente industria automovilística como hasta ahora. Todo dependerá del coste. Pero un país que está acostumbrado y dispuesto a gastarse auténticas millonadas en proteger y defender a su sector financiero, no está dispuesto a gastarse ni siquiera el 5% de ese dinero en garantizar la supervivencia de los tres grandes del automóvil, con todo lo que ello implica.

¿Serán capaces los americanos de ejecutar semejante hara kiri? Cabe dudarlo. Pero la industria del automóvil norteamericana saldrá de esta crisis en condiciones muy distintas a las que la conocemos en la actualidad, si bien será interesante ver el grado de compromiso con el que los políticos están dispuestos a apoyar al sector y a poner el dinero necesario para que no se hunda de forma humillante. Seguirá habiendo coches estadounidenses en todos los rincones del mundo (el punto más débil de la industria norteamericana es su mercado interno), pero el sector del automóvil de Estados Unidos no será el mismo tras esta crisis. De momento, Japón y Alemania han tomado el relevo, escenificado hace unos meses cuando Toyota desbancó a General Motors tras casi 80 años de liderar el mercado mundial del automóvil en solitario. Además, Toyota desplazó a Ford de la segunda plaza en el propio mercado de Estados Unidos. Las compañías estadounidenses no pueden subsistir en su propio mercado sin el apoyo del dinero público, según han confesado. Sólo una auténtica revolución industrial las salvará del negro futuro que se les avecina.

Primo González

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