martes, mayo 21, 2024
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Aguirre abandonó a su comitiva

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Vaya por delante que estamos encantados con que Esperanza Aguirre haya salido sana y salva de los criminales atentados en Bombay -¡que íbamos a hacer nosotros sin ella!-, pero nos ha sorprendido que la presidenta, presa del pánico y una vez a salvo en el aeropuerto de Bombay, se haya largado de la India en el primer avión que tuvo a su alcance, dejando a su suerte a la abundante comitiva, o corte aduladora, con la que la presidenta se suele hacer acompañar en sus desplazamientos internacionales. Ella en su avión, viendo por la ventanilla las luces y algunos fogonazos de Bombay, y allá a lo lejos, en el malecón, entre dos fuegos y aterrorizados, o escondidos en los hoteles, una parte de los suyos, horas y horas, sin saber qué hacer o por dónde salir, mientras que su capitana abandonaba el barco, este particular Titanic de Bombay, en una lancha rápida, dejando al pasaje empresarial y a la marinería a la buena de Dios.

No ha estado fina la presidenta con su escapada a todo gas. Y esto hay que decirlo en público, primero porque es así y es verdad, y luego porque es lo que muchos en Madrid comentan en privado, incluso en su entorno y puede que en su abandonaba comitiva, por más que nadie se atreva a reprocharlo en sus narices, porque bonita es la señora Condesa de Bombay para que le toquen la pamela.

Yo me imagino al pobre y bueno de Arturo, jefe de la CEIM, en el malecón de Bombay, agachado, con el grupo que les acompañaba, escuchando los tiros y las explosiones, temerosos de morir, y sin que nadie les ofreciera la mano o una salida. Y no digamos los que estaban encerrados en el hotel a la espera del rescate policial. Y en el cielo, como una estrella fugaz, allí va el avión de la presidenta, la capitana, camino de Madrid y demostrando que, como gata de Malasaña que es, tiene siete vidas, y se escapa por la gatera y a gatas, a la primera oportunidad, perdiendo un zapato como la Cenicienta, y pisando la sangre caliente de los mártires del terror.

«¿Y la presidenta, dónde está, cómo está, estará bien?», imaginamos que se preguntarían aterrorizados, en la noche, los miembros perdidos o acosados de su comitiva. Y poco después, por los móviles les llegaría la noticia, «la presidenta está a salvo, en un avión rumbo a España y tomándose un té».

Y es que ya se sabe, y Jaime Campmany, y su amigo el profesor Occipinti, ya nos los explicó: los gafes -o jetatores- suelen estar siempre en el lugar de las catástrofes, pero son inmunes a las desgracias que pueden proyectar sobre otros, que en el caso que nos ocupa, y por fortuna, no son españoles -al final fueron dos turistas hispanos los únicos heridos de nuestro país-, y menos aún de la abundante comitiva de la Condesa de Bombay. La que se presentó en Madrid entre vítores y aplausos de su clan, como la heroína de una guerra, como la más astuta de todos, la primera que logró escapar, y la primera que puso pies en polvorosa y tomó el primer avión hacia Madrid, con un «ahí os quedáis que ya vendrán a por vosotros».

Si, ya sabemos que es muy humano, que reinaba el caos, que nadie sabía lo que podría pasar, que habían oído silbar las balas, etcétera. Pero cuando se está en un cargo público, cuando se está en el puente de mando, cuando se preside la delegación para hacerse fotos con madres teresas de Bombay, y se viaja con cortesanos y cámaras de televisión a su servicio y para su propaganda oficial, hay que dar la talla desde el principio hasta el final.

Al presidente Adolfo Suárez lo encañonaron los golpistas en el Congreso de los Diputados, le silbaron las balas, lo empujaron y lo humillaron, pero aguantó el tirón, y en ese histórico momento levantó la mirada y la voz y dijo: soy el presidente del Gobierno de España. Y por eso y otras muchas cosas más Suárez ya está en la Historia. Y es que para ser presidente del Gobierno español hay que dar la talla y hace falta mucho más las palabras sobre «los valores y los principios», de los que tanto habla Aguirre. Hay que dar ejemplo, tener coraje y, en los momentos de crisis, y mucho menos de vida o muerte, no dejar a los suyos a su suerte y sin saber lo que les podía pasar. Al final Aguirre no se comportó como presidenta de Madrid, sino como la Condesa de Bombay. Y bien está lo que bien acaba, aunque no termine de manera brillante ni ejemplar.

Marcello

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