Viernes 17.08.2018

El dinosaurio todavía estaba allí

La primera vez que vi uno de ellos, tuve la sensación de que alguien había usado una máquina del tiempo o de que allí estaban rodando una película ambientada en la España de la posguerra. Me estoy refiriendo a uno de los carteles con la foto de Francisco Franco junto a la amenaza “El Valle no se toca”. El primero que vi estaba por Serrano, pero han ido brotando como setas emponzoñadas por las calles de Madrid en las últimas semanas, desde que a comienzos de mes Pedro Sánchez anunciara su intención de exhumar los restos del dictador junto a los de José Antonio Primo de Rivera. Algo que, según la información más reciente, parece que se llevará a cabo en agosto.

No creo que seamos del todo conscientes de la gravedad que entraña la presencia de dichos carteles en pleno siglo XXI. Imaginemos por un momento que en Berlín aparecieran unos similares haciendo apología de Hitler y el nazismo. ¿Verdad que resulta inconcebible? De la misma manera que la existencia de un monumento en homenaje a la dictadura donde todavía se celebran misas y concentraciones en memoria del dictador. ¿Alguien podría imaginar una “Fundación Adolf Hitler” reivindicando las bondades del asesino a plena luz del sol? Pues bien, en nuestro país sí existe una Fundación Francisco Franco, perfectamente legalizada.

Por alguna extraña razón, en España no le concedemos la trascendencia que se merece a una dictadura que duró cuarenta años y que se impuso sobre el legítimo gobierno de la II República. Se nos olvida que en España no se desarrolló ninguna de las dos guerras mundiales, pero sí una sangrienta Guerra Civil de lucha fratricida. Puedo entender la actitud prudente de los años de Transición, pero no la actual falta de ahínco a la hora de condenar el franquismo. El problema es que no tenemos una Ley de Memoria Histórica efectiva.

La Memoria Histórica es necesaria en un país con un pasado como el nuestro. Las heridas no se cierran dejando correr los años. Los “caídos por Dios y por España” –muertos del bando “nacional”– tuvieron su reconocimiento durante la dictadura; no así los asesinados del bando republicano, muchos de los cuales permanecen enterrados en cunetas anónimas. Resulta perfectamente comprensible el afán de sus descendientes por encontrarlos y poder honrar su recuerdo. No se trata de ser de izquierdas o de derechas, sino de una cuestión de justicia y de responsabilidad para con los derechos humanos.

No estoy de acuerdo con aquellos que defienden la demolición del Valle de los Caídos, aunque solo sea por respeto hacia el trabajo de los presos republicanos que participaron en su construcción, sometidos a grandes penalidades. Demoler el Valle es silenciar, de nuevo, el pasado; tratar de borrarlo. El monumento es una muestra viva de la historia española e, igual que se ha hecho en otros países con los campos de concentración –Terezín en Praga, Auschwitz en Berlín, Dachau en Múnich–, debe reconvertirse en un museo con una función pedagógica, que nos instruya sobre los brutales acontecimientos de la Guerra Civil y de la posguerra, que honre la memoria de todos los caídos de uno y otro bando, que muestre los hechos tal cual fueron para darnos ocasión, a los jóvenes, de poder juzgarlos como creamos oportuno; pero que no se nos oculten. Lo que no resulta admisible es que continúe existiendo un mausoleo fascista.

Por todas estas razones, me asombra que puedan aparecer aún iniciativas tan anacrónicas e insolentes como las de los carteles de “El Valle no se toca” y me pregunto por las personas que están detrás de ellas. Aquel microcuento célebre de Augusto Monterroso que dice “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” sobrevuela estos días mis pensamientos. El dinosaurio, en España, no se acaba de marchar.

 

“Si olvidamos los besos frágiles en una discoteca,

cómo no vamos a olvidar los muertos,

los puños levantados

y los cuarenta años de oscuridad inmóvil;

los maestros amables, los poetas malditos,

el traje desgarrado del exilio;

los crucifijos vigilando en las paredes,

la resistencia firme de la universidad,

las mariposas en los labios del futuro.”

 

Marina Casado, Mi nombre de agua

(Ediciones de la Torre, 2016)

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