martes, diciembre 6, 2022

Lo que no se enseña en el colegio

Ambos oficiales se encuentran en el Parque de Artillería de Monteleón, situado en lo que hoy en día es el barrio de Malasaña de Madrid. Son los capitanes Luis Daoiz y Pedro Velarde, jóvenes, impulsivos y patriotas. Ambos están molestos por la presencia de tropas francesas en España, percatándose de que son más de ocupación que aliadas en la supuesta invasión de Portugal. Además, comprenden al pueblo llano, cuyos incidentes con los gabachos se cuentan por decenas, debido a la altivez de estos que desprecian al paisanaje llamándole ignorante y tabernario. Además, son imperdonables las molestias a las mujeres con proposiciones de mal gusto e indecentes. Poco a poco, el odio ha ido creciendo y la rabia acumulándose.

Corre el día dos de mayo de mil ochocientos ocho.

Ambos hombres mantienen una tensa conversación. Velarde ha acudido al mando de una compañía de soldados y pide a Daoiz que se una a él en una insurrección general contra los franceses. Daoiz duda, se debate entre cumplir las órdenes asignadas de estar acuartelados y el llamado de la sangre que le hierve en las entrañas. Al final, puede su patriotismo y acepta la proposición de Velarde. Este ha desarmado a la guarnición de ochenta franceses que ocupaban el parque, y abierto las puertas a los civiles que rondaban las calles gritando proclamas  contra los invasores. Deciden armar a los paisanos y se preparan para luchar defendiendo la posición.

Por fin, aparecen las tropas extranjeras, Daoiz, situado al frente de una batería de cuatro cañones que cubre la entrada principal del Parque, logra detener la avanzada enemiga, ayudado por los disparos de fusilería que realizan sus soldados y los civiles situados en balcones y muros. El maremágnum de fuego, disparos, y gritos resulta estremecedor. El olor a pólvora inunda todo el barrio.

El General Joseph LaGrange, enviado por Murat para reducir la insurrección, llega a reunir dos mil soldados contra los apenas doscientos civiles y militares que defienden Monteleón. La lucha se da sin cuartel y en ella mueren Pedro Velarde y heroínas como Manuela Malasaña y Clara del Rey, combatiendo a los taimados hijos de la revolución.  

El combate dura tres horas y la situación, insostenible, se da por concluida cuando el Marqués de San Simón, ataviado con uniforme de Capitán general, se abre paso en la confusión y ordena cesar la rebelión. Los nuestros entregan las armas y son hechos prisioneros. Luis Daoiz se encuentra tendido en el suelo ya que tiene una fea herida en el muslo. LaGrange, apunta con su sable al Capitán y le llama traidor en francés. Pero lo que ignora es que Daoiz habla francés, inglés, italiano y latín por lo que entiende el insulto. Daoiz, no dispuesto a consentirlo, se levanta y con su arma atraviesa al general gabacho que queda mal herido. Un grupo de granaderos franceses arremete contra nuestro Capitán y lo acuchillan. Daoiz es trasladado por varios patriotas hasta su casa donde muere unas horas después.

Los franceses se hacen con la situación, pero la mecha está prendida. Además, cometen el error de fusilar al día siguiente a patriotas en la montaña de Príncipe Pio, ejecuciones magistralmente retratadas por Goya en un sombrío y famoso cuadro. Por toda Madrid y por ende por toda España, la rebelión se generaliza y militares y paisanos se lanzan a las calles para organizar la resistencia y devolver al trono al legitimo Rey de España-la historia de este fulano es harina de otro costal-, Fernando VII.

Recuerdo que cuando era niño, me emocionaba leyendo estas historias y soñaba con las gestas de estos valientes españoles. Preguntaba a mi padre y este me miraba y decía: “hijo, es que los españoles no consentimos que nadie de fuera nos mande”

Y posiblemente tenía razón, ya que muchos buenos hombres y mujeres han regado este suelo con su sangre en defensa de unos valores, que son nuestros, aunque no sean los mejores. Por eso, no entiendo porque hoy en día no se enseña en los colegios la historia de aquellos españoles que por serlo, lucharon con valentía y pasión, defendiendo las causas más insólitas, justas o locas que jamás la historia conoció.

¡Ah! Y cuando pasen por la puerta del Congreso de los Diputados y vaya a hacerse un selfi, recuerden que los broncíneos leones que lo guardan, atienden a los nombres de Daoiz y Velarde.

José Romero

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