jueves, diciembre 1, 2022

Historias de mi vida Liberal. El franquismo gana la guerra

Nacido en 1941, no lo pude ver personalmente, hasta que tuve uso de razón. El franquismo sufrió diversas etapas, la primera fue de represión, ya que toda Guerra Civil comporta un alto grado de violencia política entre los civiles, y la española no fue una excepción. De hecho, la violencia ya se había apoderado de la vida política española antes de la guerra, y durante ella no hizo más que incrementarse. Los estudios más rigurosos cifran en unas 400.000 las muertes violentas producidas durante la Guerra Civil, repartidas a partes iguales entre ambos bandos.

El final de la guerra no acabó con la represión, ni abrió paso a la reconciliación, ni tampoco supuso el fin de la militarización de los juicios políticos. Al seguir en vigor el estado de guerra hasta 1948, se mantuvieron los Tribunales Militares y las fuerzas de seguridad continuaron sometidas a disciplina militar. Los Tribunales Militares solían ver alrededor de 15 casos a la hora, sin garantías procesales y presumiendo la culpabilidad del acusado.

Con anterioridad al fin de la guerra, el gobierno nacionalista de Salamanca, declaró fuera de la ley todos los partidos, asociaciones y sindicatos que habían apoyado al gobierno republicano. De igual forma, se impuso una estricta censura de prensa, se prohibió toda manifestación de la diversidad cultural y lingüística del estado, y se persiguió cualquier tipo de disidencia política, religiosa o ideológica. Una vez finalizada la guerra esta legislación fue completada con la Ley de Responsabilidades Políticas de febrero de 1939 y la Ley de Represión de la Masonería y Comunismo de marzo de 1940, que extendían su jurisdicción a todas las formas de colaboración con el bando republicano de forma retroactiva hasta el 1 de octubre de 1934. Sin embargo, a pesar de la laxitud de ambas normas, la persecución fue selectiva, apuntando a los principales responsables de las organizaciones e instituciones republicanas.

La dureza de la represión fue amortiguándose con el paso del tiempo. A finales de 1939 la población reclusa ascendía a 270.719 personas. A finales de 1945, la cifra había descendido a unos 40.000, de los cuales menos de la mitad podían considerarse como presos políticos. Las ejecuciones por motivos políticos, que se calculan en unas 28.000 durante la posguerra, se convirtieron en un fenómeno excepcional a partir de 1945, fecha en que yo tenía 4 años, de modo que no me enteraba de nada.

Para escapar de la represión, muchos de los que se habían comprometido con la causa republicana tomaron la vía del exilio. Sabemos que salieron del país unas 180.000 personas durante los últimos meses de la guerra, incluyendo republicanos de izquierdas, aunque la cifra total de exiliados pudo ser mayor. Los 140.000 exiliados que llegaron a Francia, después de la campaña de Cataluña fueron agrupados en campos de concentración, donde se les trató más como prisioneros que como refugiados. Los exiliados que emigraron a México, en cambio, fueron recibidos hospitalariamente por el presidente Lázaro Cárdenas. En cualquier caso, el anhelo de todo exiliado era volver a España y, aunque no hubo ninguna política de reconciliación por parte del régimen franquista, la mayoría de ellos lo hicieron en los primeros años de la década de los cuarenta, de forma discreta y sin ser objeto de represalias, por lo que empiezan a asomar tímidamente sus personalidades, pero sin organizaciones formales como son los partidos, que estaban específicamente prohibidos.

Los alimentos no sólo eran escasos, sino de ínfima calidad. Con la finalidad de garantizar el suministro de productos de primera necesidad se implantó la cartilla de racionamiento, aunque se reveló claramente insuficiente. Los que disfrutaban de una buena situación económica recurrieron al mercado negro, aunque no era necesario ser rico para saltarse el racionamiento. Cualquier pariente o amigo en el ejército, la administración o la Falange tenía acceso a productos al margen de la cartilla. Durante diez años, los españoles tuvieron que padecer las penurias del racionamiento, mientras unos pocos acumulaban grandes fortunas gracias al estraperlo, éste que ha sido tan denostado, debemos decir que como mercado negro permitía el acceso a alimentos que no se podían obtener con la cartilla de racionamiento, salvando a muchos de la estarvación. Sin un plan coordinado de reconstrucción nacional, el régimen apeló a la austeridad y el sacrificio de los españoles.

Los que nacimos como el autor, en 1941, apenas nos dio tiempo a conocer otra cosa, sino la propaganda constante del régimen, y su aislamiento internacional, así como anécdotas tan curiosas como que en la carrera de Filosofía, se acababan los cursos en Santo Tomas de Aquino, olvidándose del racionalismo y de las tendencia modernas a partir de la revolución francesa, por ser consideradas contrarias a los dogmas de la Iglesia, que tuvo una influencia determinante en la educación de los jóvenes de la postguerra, caso cuyo.

Bernardo Rabassa Asenjo

 

Bernardo Rabassa

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