jueves, diciembre 1, 2022

Ambicioso Erdogan

Recep Tayyip Erdogan fue elegido en agosto Presidente de Turquía con el 52% de los votos emitidos. Desde hace unos veinte años ese país ha sido paulatinamente moldeado por este político que era su Primer Ministro desde 2003 y que representa un islamismo democrático y moderado. Eso sí, ha erosionado el laicismo que se imponía en Turquía desde casi un siglo, legado de Mustafá Kemal Atatürk, el prohombre de la Turquía post imperial, después de la Primera Guerra Mundial. Erdogan ha metido también en cintura a los militares turcos, con antecedentes golpistas y depositarios, según ellos, de dos valores importantes: patriotismo y laicismo. Así, pues, el patriotismo ya no es monopolio militar y el laicismo que siempre apoyaban se ha visto fuertemente embestido por el islamismo.

Encrucijada fascinante entre los mundos euro occidental, ruso, caucásico, persa o árabe, Turquía se alió en la Primera Guerra Mundial con los Imperios alemán y austro-húngaro y mal le fue (en la Segunda se mantuvo neutral). Reducida después del hundimiento del Imperio otomano a su tamaño actual, Turquía es geográficamente un país esencialmente asiático por la península de Anatolia con un pequeño pie territorial en Europa al oeste de Estambul, antes Bizancio y Constantinopla y que los turcos conquistaron en 1453, ciudad ahora desplegada a ambos lados del estrecho del Bósforo que separa a Europa de Asia. Esta porción europea le ha dado base para estar en organismos internacionales europeos, cosa que interesa a turcos y occidentales, y ambicionar un ingreso en la Unión Europea que ahora está frenado por muchos motivos entre los que no debe descartarse las profundas desavenencias entre Grecia y Chipre, por un lado, y Turquía, por el otro, y, asimismo, cierto rechazo cultural-religioso en una Unión Europea muy secular, pero sobre una base judeo-cristiana. El avance del islamismo en Turquía y ese rechazo europeo no dejan de ser una pescadilla que se come la cola. Turquía se siente repudiada por los europeos y expresa, consecuentemente, cierto resentimiento.

Y se entiende. Rival histórico de Rusia (Crimea le fue arrebatada, pe, en el siglo XVIII por Catalina la Grande), desde que Rusia se convirtió en una gran amenaza para Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial, Turquía fue un muy importante aliado. Un valladar en un arco de casi 270 grados que iba desde el Pacto de Varsovia dirigido por Moscú, al noroeste (Bulgaria y Rumanía), hasta Siria, al sur, pasando por fronteras tan azarosas como las de Irak, Irán y Rusia. Ciertamente los turcos no son niños de pecho y sobre sus espaldas pesa el genocidio armenio (acerca del cual algunos pasos de reconciliación se han intentado) y la conflictividad con los kurdos y su movimiento nacional independentista y terrorista, el PKK.

Turquía sigue siendo un aliado esencial para los occidentales. Las actuales tensiones en Ucrania, en el Cáucaso y en el Oriente Medio le dan aún, si cabe, mayor relevancia. Su frustración con la Unión Europea la intenta compensar con la apertura de espacios políticos y económicos en Asia  y hacia el mundo árabe. Miembro, evidentemente, de las NNUU, lo es también de organismos internacionales europeos como la OSCE, la OCDE, y el Consejo de Europa. Pero es en la OTAN, donde todos los aliados la respetan y la cuidan, donde Turquía encuentra un importante refugio tras las reticencias de la UE.

La estabilidad turca es algo muy importante. No habría peor noticia que la de que se viera desestabilizado ese país incrustado estratégicamente entre un amplio mundo eurooccidental con una UE en crisis, un ámbito ruso en búsqueda de afirmación y otro árabe marcado ahora por los enfrentamientos entre sunnís y chiís, además del terrorismo, y donde actúa también el Irán persa. Malo sería que la sociedad turca se  partiera profundamente por la erosión del laicismo y los avances del islamismo. El que pedir, inocentemente, un vaso de agua en un local oficial de ese país en el extranjero provoque  que un funcionario turco comente, a la vez seria y jocosamente, que «Eso en mi país sería una declaración política» no deja de ser  una anécdota sintomática.

La subida de Erdogan al pináculo institucional turco también tiene su distorsión ya que desea modificar la Constitución para dar todo el poder político al Presidente, es decir a él mismo, poder que radica esencialmente en el Primer Ministro, que es lo que Erdogan era hasta ahora. Cuando, sin perjuicio de la valía del interesado, se empiezan a modificar las reglas constitucionales para adecuarlas al político o a un partido, y no viceversa, las cosas dejan de ser sanas. Esto es lo que puede estar pasando en Turquía para mayor gloria de Erdogan quien no hace mucho reconvertía acusaciones de corrupción de su familia en conspiración contra él y Turquía, y esto le sonará a más de uno.

Carlos Miranda

Embajador de España

 

Carlos Miranda

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