martes, febrero 7, 2023

Las palabras adecuadas

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La cuestión de la forma, ahí nos tienen. A mi me parece irrelevante, puesto que no hablamos ni de terroristas ni de provocadores que buscan en la violencia la respuesta a una demanda pasional. Estamos en un debate de formas que opaca el debate de fondo: la injusta ley, la de los desahucios, que permite que en las circunstancias actuales muchas personas pierdan todo, incluido el lugar en el que viven. La ley se ha cebado con propietarios con deudas o con avalistas que habían servido como tales para justificar préstamos que se incentivaban desde las oficinas bancarias, incluidos ancianos. La crisis no es ciega, sabe bien sobre quien se ceba.

En España ya no hay protección social, la disminución de su cobertura nos coloca, a todos, ante el azar de las circunstancias

La Ley ha expulsado de la igualdad de oportunidades a personas sin medios para recibir atenciones médicas. Se hace sutilmente, ocultando la verdad tras el cortinaje de discursos economicistas que justifican todo. Los pobres hoy son más pobres, los que habían conseguido un nivel de vida de calidad, se caen por el precipicio de la pobreza. Los ancianos, enfermos y niños pierden opciones: opción a una educación de calidad, opción a una alimentación digna, opción a un tratamiento médico. Hay que hablar con las palabras correctas, no con eufemismos ni con aberraciones idiomáticas: en España ya no hay protección social, la disminución de su cobertura nos coloca, a todos, ante el azar de las circunstancias.

No se trata de retorcer el lenguaje de la realidad: se trata de presentarlo como es. Porque el lenguaje, al fin y al cabo, no es más que una herramienta de comunicación para hacernos entender, y que disfrutamos los seres humanos gracias a nuestra posición en la escala evolutiva. Matizar o taimar para ajustar los debates a la mecánica de la política oficial no es que sea un crimen, sino, lo que es peor, es un error, como ya evidenciaba la sentencia clásica. Pues ahora más.

Llamar a las cosas por su nombre implica actuar de inmediato para estar a la altura de lo que se trata. Puede que ahí esté el problema, y no hay que renunciar a conseguirlo. A estas alturas del partido llamar a las cosas por su nombre y actuar en consecuencia comienza a convertirse en un acto revolucionario. El retorcimiento de las palabras verdaderas que hacen algunos para su propia supervivencia será, si no al tiempo, el motor que estimule la fuerza de todos los demás para alcanzar grandes y provechosas conquistas colectivas. No sería la primera vez que pasa. Ni el primer lugar en el que ocurre. Menos debate de formas, más claridad con las palabras y más atención a lo que estas revelan.

Rafa García-Rico – en Twitter @RafaGRico – Estrella Digital

Rafael García Rico

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