domingo, noviembre 27, 2022

El velódromo y el futuro

Cuarenta y tres millones de euros, los presupuestados en principio para la construcción del Palma Arena, son muchos millones para un velódromo, que, como se sabe, es poco más que una pista peraltada para carreras ciclistas, pero ciento diez millones de euros, lo que acabó costando el innecesario equipamiento (tanto más en una ciudad con tan graves carencias en áreas esenciales), no es que sean muchos millones, sino muchos chorizos, muchos buitres planeando sobre el circuito de las bicicletas, sus comisiones, sus mordidas y sus pelotazos. Sólo una utilidad habría justificado semejante dispendio: el haber desviado a aquél velódromo, para que le dieran al pedal cuanto quisieran, a cuantos aficionados no tanto a la bicicleta como a fastidiar al prójimo invaden con sus vehículos las aceras, los parques y los paseos arrollando a las personas, como desquitándose malamente de las fatigas que les hacen pasar los automovilistas, si es que no son, cual delata su comportamiento brutal e incívico, automovilistas que en sus ratos libres se disfrazan y le dan a la bicicleta.

2011 se encamina fatalmente a su consunción, al término de la cual reposará para siempre en el cementerio de los años. El futuro ya no es ni incierto, sino una cosa de señoritos y criados, de amos y esclavos, de sumisión, de miedo, de atropellos institucionalizados a la dignidad del ser humano. Reducidos a la condición de consumidores, de consumidores convulsos, necesitados del «soma» que el acopio de lo necesario y de lo suplerfluo, pero sobre todo de lo suplerfluo, les suministraba el Sistema como un narcótico, los ciudadanos ya no saben, pues les han quitado la calderilla y el crédito que les daban para consumir a lo loco precisamente, qué son, pues nunca llegamos a ser plenamente, en puridad, ciudadanos. Tal es lo que se atisba del nuevo año, tal es la espantosa certidumbre con que se le espera. Oubiña sale, el estrecho de Ormuz se estrecha, el salario mínimo se minimiza más si cabe, y el duque habrá de explicar sus negocios cabe aquél velódromo que no ha servido ni para concentrar allí a los incontrolados de las dos ruedas.

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Rafael Torres

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