viernes, diciembre 2, 2022

Demasiado matizado para movilizar un movimiento

Mientras los manifestantes del colectivo Occupy Wall Street se desplazaban a Washington el jueves y llenaban los exteriores de la Cámara de Comercio de los Estados Unidos, el Presidente Obama se encontraba al otro extremo de Lafayette Square intentando alinearse con el incipiente movimiento de protesta.

«Me parece que expresa las frustraciones que siente el pueblo estadounidense, que sufrimos la crisis económica más grave desde la Gran Depresión, altísimos daños colaterales por todo el país, en toda la clase media, y aun así se ve a algunos de los mismos que actuaron de forma irresponsable tratando de combatir las iniciativas encaminadas a desmantelar las prácticas abusivas que desde el principio nos llevaron a este problema», decía Obama en rueda de prensa en el East Room.

Para el presidente en apuros, el movimiento naciente ofrece una posibilidad de salvación, la oportunidad de movilizar a los izquierdistas con la clase de energías populistas que durante dos años han alimentado al movimiento de protesta fiscal tea party. Pero como ya saben los líderes de la izquierda, el movimiento juvenil tiene que ser escrupuloso a la hora de evitar el apoyo de Obama: él diezmó a la causa progresista en una ocasión, y lo volverá a hacer si se le da la oportunidad.

Los activistas izquierdistas que cerraron filas en torno Obama en el año 2008 le vieron desafiar sus deseos y realizar concesiones unilaterales a los Republicanos en su lugar. «Todo el mundo en este colectivo, estoy seguro, ha tenido decepciones y frustraciones con esta Casa Blanca», decía a los reunidos Robert Borosage, responsable del colectivo Campaña por el Futuro de América, mientras convocaba la reunión anual de los activistas de izquierdas en Washington la semana pasada. Acusaba a Obama de ser «demasiado cauto» y de realizar «concesiones preventivas», criticando su actuación en el empleo, el calentamiento global, la defensa y la política exterior.

Otro de los oradores en el cotarro, el ex funcionario de la Casa Blanca Obama Van Jones, decía que la culpa es de los izquierdistas por poner demasiada fe en el presidente. «Todos nos vinculamos a él», decía. «Cometimos un error». Obama «llegó a jefe de estado, fue ascendido — bien por él», decía Jones, obligado a dimitir de la Casa Blanca tras ser atacado por críticos conservadores. «Pero aquí estamos – y peor que antes».

Aun así, lo más llamativo de la reunión de progres fue lo poco que se mencionó a Obama, y lo despectivas que fueron las contadas menciones. Cuando una mujer en la convención intentó prender la mecha del gancho insignia de Obama «¡Listos!», apenas unos cuantos respondieron con la réplica acostumbrada, «¡En marcha!» La iniciativa fenecía rápidamente.

La congresista Demócrata de Maryland Donna Edwards fue la que más cerca estuvo de defender a Obama, con su apoyo más soterrado. «Yo no he sido siempre la Demócrata feliz, ¿de acuerdo?» Pero en términos de objetivos de los izquierdistas, «podemos llegar más rápido con nuestro grupo de lo que podemos llegar con su grupo».

Los llamamientos que más calaron ignoraron a Obama en favor de los llamamientos a convertir las protestas de Wall Street en un «cuerpo organizado» con las miras puestas en la avaricia empresarial y, en palabras de un panfleto de protesta, «en los sirvientes de Wall Street de la calle K de los grupos de presión en el Pentágono y en nuestro gobierno».

Parece un objetivo enorme y jugoso. Las empresas estadounidenses tienen 2 billones de dólares en liquidez mientras casi 15 millones de sus paisanos están en el paro. Y Washington no hace nada, sobre todo porque enormes sectores del lugar están controlados por las corporaciones. Unos 5.400 funcionarios legislativos han ingresado en despachos de presión política durante la última década según un estudio de LegiStorm, y 605 funcionarios en ejercicio han realizado labores de presión política durante la última década. El colectivo Centro de Política Activa contabiliza en 328 los funcionarios de Obama que ya han atravesado la puerta giratoria que lleva al enriquecimiento en el sector privado. De los 120 legisladores que abandonaron el Congreso el pasado año, 39 están metidos en el oficio de la presión política.

Los Demócratas, sin embargo, vienen siendo incapaces, o reacios, a convertir los excesos corporativos en su beneficio político. La tentativa más reciente del Comité Nacional Demócrata, un anuncio en la red difundido el miércoles, muestra a varios candidatos presidenciales Republicanos alentando la derogación de las reformas económicas Dodd-Frank, una legislación de la que el votante medio casi ni tendrá conocimiento.

Luego está Obama, demasiado equitativamente imparcial para ser populista. «Me parece que la gente está frustrada, y los manifestantes dan voz a una frustración más extendida motivada por la forma en que funciona nuestro sistema financiero», decía durante la rueda de prensa del jueves. Pero a renglón seguido, añadía: «Bien, tenga presente que he dicho con anterioridad y seguiré repitiendo que hemos de tener un sector financiero fuerte y eficaz para que crezcamos».

Cierto, pero deprimente. Y los izquierdistas deberían de saber a estas alturas que un presidente de matices no puede ser portavoz de un movimiento.

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Dana Milbank

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