martes, febrero 7, 2023

Administración tripartita

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Mientras el mecanismo presupuestario de Washington da bandazos entre crisis y resolución extraordinaria para salir del paso, pasando por la lucha del umbral de deuda, aparentemente incapaz el Congreso de abordar cuestiones fiscales si no es ante la perspectiva del colapso económico inmediato, es importante considerar los motivos estructurales de este déficit de seriedad. Hay quien considera culpable a la polarización partidista o el desproporcionado poder de los grupos de la oposición en el Senado, factores ambos que juegan un papel. Pero el reto principal es éste: nuestro sistema bipartidista ha alumbrado una administración tripartita.

A pesar de las predicciones de baño de sangre entre los Republicanos de la corriente conservadora de referencia y los advenedizos del movimiento fiscal, la formación Republicana en el Congreso ha seguido siendo una única fuerza política. Tras el debate interno en torno a la inclusión de la reforma del programa Medicare de la tercera edad, la mayoría de los Republicanos han cerrado filas en torno los presupuestos del congresista Paul Ryan. Tras asumir las críticas de los tibios recortes en la resolución extraordinaria de abril, el presidente de la Cámara John Boehner está conduciendo diestramente a su formación hacia una confrontación por el umbral de la deuda con la Casa Blanca, fijando objetivos de apariencia ambiciosa que le dan considerable flexibilidad en las verdaderas negociaciones.

Los líderes Republicanos han demostrado ser capaces de preparar propuestas que unen tal vez al 90% de su delegación legislativa, perdiendo apenas un escaso margen al extremo de su espectro ideológico. Pero la labor es facilitada por lo estrecho del espectro ideológico Republicano. Un partido que solía oscilar entre los moderados y los conservadores de Reagan ahora oscila entre los conservadores de Reagan y los conservadores del movimiento fiscal, ofendidos los dos por los excesos fiscales del Presidente Obama.

En materia fiscal, el Partido Demócrata es en realidad dos partidos. Uno está integrado por socialdemócratas de corte europeo, representados por líderes como Nancy Pelosi. No han suscrito la ideología socialista de, pongamos, el viejo Partido Laborista británico. Pero sus impulsos, en casi todas las decisiones concretas, tienden a elevar cada vez más el tamaño y las competencias del estado en la economía estadounidense. En el fondo, habrían preferido un sistema sanitario de fondo común. En el seno del actual debate fiscal, esperan abordar la crisis de la deuda elevando dramáticamente el porcentaje de la actividad económica estadounidense que se llevan los impuestos.

El otro Partido Demócrata es socialmente izquierdista y favorable al sector privado. Estos Demócratas intentaron paliar los excesos de la reforma sanitaria de Obama en el Senado. Son atraídos por el enfoque de reducción del déficit de la comisión Simpson-Bowles de disciplina fiscal, subidas tributarias incluidas, pero haciendo más hincapié en la reducción del gasto público. Representan una minoría del amplio Partido Demócrata pero tienen la llave del equilibrio del poder en el Senado. Sus filas en la Cámara se han ido reduciendo paulatinamente a medida que los Republicanos han ido garantizándose distritos Demócratas conservadores. Pero tales Demócratas conservadores fueron lo bastante influyentes en el último congreso para evitar que una Cámara abrumadoramente Demócrata aprobara unos presupuestos.

Hay tal vez 10 Demócratas favorables al sector privado en el Senado, encabezados a menudo por el secretario del Comité Presupuestario Kent Conrad. Sus filas y su influencia son, sin embargo, sobreestimadas actualmente a causa de la cohorte de Demócratas titulares que concurren a la reelección, y están asustados ante la perspectiva de concurrir con una plataforma a favor de subidas tributarias.

El conflicto entre los socialdemócratas y los Demócratas del sector privado ya está minando la posibilidad de unos presupuestos Demócratas unificados en 2012. En la Comisión Presupuestaria del Senado, la tentativa de Conrad de elaborar una propuesta basada en las conclusiones de la comisión Simpson-Bowles de disciplina fiscal se vino abajo, principalmente porque el Senador Bernie Sanders, socialista independiente afín a los Demócratas, puso reparos. Conrad se vio obligado a volver con una propuesta más de izquierdas, que expone y enfurece a los Demócratas moderados.

Una y otra vez, los líderes Demócratas no han presentado enfoques presupuestarios que atraigan al 90% de su formación. Esto no es culpa suya del todo. La distancia ideológica entre los socialdemócratas y los Demócratas receptivos al sector privado es más amplia que cualquier brecha ideológica en el bando Republicano. Si a nivel de partido los Demócratas receptivos al sector privado eran formalmente independientes, como los Demócratas Liberales de Gran Bretaña, pueden sentirse tentados de constituir una coalición de gobierno con los Republicanos, utilizando su influencia no sólo para bloquear las propuestas de los socialdemócratas sino para ganar un porcentaje mayor del poder. Pero el sistema bipartidista de América no permite esta estrategia.

La última vez que los Demócratas superaron esta división interna fue en los años Clinton, cuando un presidente partidario del sector privado condujo a los socialdemócratas hacia su postura. Obama deja en el aire a propósito cuál es el Partido Demócrata al que él representa. Aunque su impulso sea izquierdista, parece totalmente dispuesto a abandonar a sus aliados socialdemócratas en cuanto ello satisface sus intereses. Un gran acuerdo presupuestario aceptable para los Republicanos, incluyendo recortes del gasto público, cambios estructurales en el proceso presupuestario y significativa reforma de lo social, eliminaría la cuestión del gasto público y podría garantizar la reelección de Obama. Pero para sacar adelante ese acuerdo, Obama está obligado a convencer a tres formaciones.

Michael Gerson

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