martes, noviembre 29, 2022

Ni Al Gore ni Michael Moore… James Cameron

lo último de James Cameron, es al tiempo el futuro y las raíces, la genética teledirigida y los ancestros, la estética de videojuego hiperrealista y la búsqueda de lo telúrico. Es una síntesis biótica y simbiótica de átomos, genes y bits. Una ficción que alerta de la realidad. Un aldabonazo de la ciencia en la conciencia.

No tengo claro si los avatares de su protagonista, Jake Sully, son los de ese galoneado Kevin Costner que en vez de quitar las tierras a los indios lakotas terminó quedándose a vivir con ellos y bailando con lobos, o si sus maneras son más bien las de ese Charley Boorman que, secuestrado por una tribu del Amazonas, abrazó sus ritos atávicos y, sobre todo, las protuberantes curvas indígenas de una Dira Paes cuya belleza sublimaba la selva esmeralda.

De lo que sí estoy seguro es de que el hercúleo trabajo de Cameron constituye un prodigio en lo técnico y lo visual, un espectáculo de butaca sin precedentes. Aunque su guión no sea de Oscar, el tratamiento épico y tridimensional de la imagen futurista en postproducción le reservará, seguro, un hueco en la historia del celuloide.

es, ante todo, una película denuncia, un azote de James Cameron a nuestra civilización dado en el culo de Estados Unidos. Con menos ruido y más nueces que Michael Moore, tan justiciero como a menudo demagogo, Cameron construye todo un alegato alegórico contra la propensión de las superpotencias a apoderarse de lo ajeno.

El denodado interés de los humanos por la imaginaria Pandora, o mejor dicho, por su unobtainium, un mineral que resolvería los problemas energéticos de la Tierra, recuerda demasiado al petróleo que en la historia reciente ha justificado invasiones en Oriente, y al oro, la plata o el marfil que otrora sirvió de móvil para colonizar continentes enteros. El coronel Quaritch, fiel a la doctrina Bush, habla incluso en la película de «ataque preventivo».

Los dardos de James Cameron hacen diana en las mentiras arriesgadas de la Humanidad. De forma nada subliminal, el cineasta canadiense presenta al ser humano como el más temible terminator del planeta. Su titánica historia de mártires martinicos de más allá de Marte martillea hasta el martirio nuestra molondra, que dirían en el sur.

Látigo del inhumano imperialismo, James Cameron -más ecologista que nunca- hace sombra al oscarizado y nobelizado Al Gore en su intento por contar la verdad incómoda (An Inconvenient Truth) que nos atenaza. Por las venas de Avatar corre la sangre apocalíptica de un mundo, el nuestro, que no respetó las sabias reglas de la naturaleza. «En el mundo del que vengo ya no queda verde y ahora vienen aquí a hacer lo mismo», dice Jake Sully en su versión avatar.

El mensaje ecologista de Cameron goza además, para envidia de Al E-GOre, de un éxito abrumador. Su taquilla, más global que el calentamiento, bate récords de recaudación, y su mensaje, gracias a las más vanguardistas innovaciones tecnológicas, llega con fuerza a las generaciones del twenti, el youtube y la PSP, aquellas de las que, en mayor medida, depende precisamente el futuro del planeta. Dicen que en la chimenea de China, el país más contaminante del mundo, la película arrasa.

En un tiempo en el que los jóvenes hablan más en Facebook que en el parque, juegan más a la playstation que al escondite y manejan el móvil mejor que la peonza, James Cameron ha sabido decodificar su mensaje ecologista en un lenguaje atractivo que las generaciones de hoy saben descifrar.

Epopeya y moraleja se entrelazan en Avatar para realzar las ideas de antiimperialismo y amor a la naturaleza. Los niños ya no leen en la escuela la célebre carta que el jefe indio Seattle envió en 1855 al presidente de Estados Unidos. El mandamás de la tribu de los Suwamish, que dejó para la eternidad la más hermosa defensa del lugar que habitamos, decía que «cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles porta las memorias del hombre de piel roja».

Lleno de amargura, añadía: «¿Dónde está el espeso bosque? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Así termina la vida y comienza la supervivencia».

Es su espíritu, el espíritu del indio Seattle, el que ha guiado a James Cameron, que se rebela y que, en boca de Jake Sully, proclama: «Vamos a demostrarles que no pueden venir aquí y llevarse lo que quieran. No pueden porque ésta… ésta es nuestra tierra». Es una película de buenos y malos, y los malos somos nosotros.

Armando Huerta

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