viernes, diciembre 2, 2022

El cáncer islamista de Pakistán

Sucede ahora que Pakistán lleva a la frontera con India miles de soldados que tenía en la frontera con Afganistán para cerrarle el paso a los guerilleros talibanes. Nadie podía imaginar, especialmente los Servicios de Inteligencia occidentales, que la movilización del islamismo a principios de los años 80 -en Asia central y en los Estados musulmanes- contra la ocupación soviética de Afganistán iba a tener consecuencias poco menos que inasumibles. Los genios salieron de la redoma y no hay modo de volverlos a meter en ella. Si espectacular resultó entonces la movilización islámica contra el impío sistema leninista y estaliniano -que trajo a éste la derrota y, finalmente, la propia desaparición histórica de la URSS-, más llamativa resulta ahora la magnitud de los costes del éxito aquel.

El Pakistán que escucha ahora tambores de guerra con la India fue hace 20 años la gran cantera de voluntarios que, entre rezo y rezo mirando a La Meca, desalojó a los soviéticos de sus baluartes afganos. Los servicios secretos del régimen paquistaní tomaron tan en serio su labor de agitación islámica contra la URSS identificándose en la causa que, al cabo, ya no cupo distinguir -y en ello se sigue todavía- quienes, por las cloacas de aquel Estado, eran los instigados y quienes los instigadores en la «cruzada» musulmana contra el ateísmo soviético.

A estas alturas, el mutante y mutado virus coránico en la única potencia nuclear del universo musulmán no sólo da de sí para la multiplicación de Al Qaeda, potenciada financieramente por el comercio de la heroína afgana, sino para poner bombas terroristas de efecto nuclear y radiactividad política. Así los últimos atentados terroristas de Bombay, de alcance crítico en las frágiles relaciones entre los Gobiernos del propio Pakistán y de la India. Ese virus, como no podía ser de otro modo, multiplica exponencialmente los efectos de Al Qaeda en Afganistán y en los descontroles que aportan los contaminados (de terrorismo) cimientos paquistaníes… Aún no se sabe quiénes mataron a Benazir Bhuto.

Estas condiciones dan entero sentido a las afirmaciones de Karzai, la expresión democrática del pseudo-poder afgano, cuando dice que en lo militar, lo importante dentro de la guerra que soporta su país, es sellar la frontera de Afganistán con Pakistán. Es esa porosidad fronteriza lo que convierte la campaña militar occidental contra los talibanes en un desesperante y desesperanzado tejer y destejer. Los talibanes están seguros en esa impunidad que, en la práctica, les depara la soberanía paquistaní.

No es uno sólo, Afganistán, el problema que envenena la situación. Son dos, Afganistán y Pakistán, las cuestiones involucradas en la raíz del terrorismo islámico. Y dos son, también, los vecinos con los que se habrá de contar para la cirugía contra el cáncer islamista: la India, con los “mujaidines” enquistados en su misma sociedad, y el Irán chií de los ayatolás, enemigo mortal del fermentado integrismo suní en que se basa el salafismo de Ben Laden y los suyos.

Lo que dice el afgano Karzai de sellar la frontera con Afganistán es necesario; pero insuficiente. Afganistán sólo es el tumor originario. El problema, sin control, es la metástasis salafista que se extiende, en Asia, desde Pakistán hasta la India y Palestina.

José Javaloyes

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