viernes, diciembre 9, 2022

No es el Ave lo que ETA ataca

La sociedad vasca se siente más conmovida que de costumbre: hay tiros en la nuca y tiros en la nuca. ¿Por qué han matado a Ignacio Uría, nacido en el caserío Azkune, en el valle del río Urola, cuyas aguas vascas discurren vascamente desde su nacimiento en el monte Aizkorri hasta su desembocadura en Zumaya? ¿Por qué a un guipuzcoano de pura cepa, con su linaje baserritarra, y en el corazón de Euskadi? ¿Por qué, si era nacionalista el reguero que su sangre dejó en la acera?

Una perplejidad repugnante invade el ánimo vasco. Y provoca reacciones impulsivas: de repente, Eusko Alkartasuna (EA) descubre con quién había pactado en el Ayuntamiento de la pequeña Azpeitia. Al parecer los problemas políticos se comprenden mejor cuando asesinan a tu vecino. Por eso ETA persiste. Lleva muchos años tratando de hacerles entender a los vascos que su amenaza puede volverse contra cualquiera de ellos, pero ¡no puede matarlos a todos! Es necesaria una cierta capacidad de abstracción en los ciudadanos; deben entender que Uría era sólo un instrumento para hacer llegar su mensaje: ni la pureza de sangre salvará a los desobedientes.

¿Se atenúa así el estupor? Cuando se ve nítidamente que los terroristas indultan a quienes escuchan con atención sus dictados, se comprende que lo molesto para ETA no es la infraestructura, sino esas gentes que no se someten. No hay que seguir adelante con el proyecto porque sea «una infraestructura fundamental de este país», como ha asegurado Ibarretxe. Es mucho más lo que está amenazado. La mayoría de nosotros hubiera desaconsejado a Rosa Parks quedarse sentada en aquel asiento de autobús que debía ceder a un blanco, según dictaban las leyes estadounidenses en los años cincuenta. Ella se negó a obedecer al conductor, contra todo sentido práctico. Podría haber pensado que, al fin y al cabo, no estaba exhausta, que con aguantar media hora más de pie llegaría a su casa, donde tendría tiempo para descansar. Sin embargo, precisamente porque disputaba algo nimio, su empecinamiento mostraba con claridad que era la justicia lo que estaba en juego, y no un asiento.

La empresa de Uría era adjudicataria de las obras del AVE vasco, pero podía haber recibido la concesión para instalar farolillos en las fiestas patronales de Azpeitia, y haber muerto por ello, si a ETA, en su ventolera ecologista, le diera por combatir la profusión de bombillas, que tanto repercuten en el calentamiento global. Aunque la dimensión de la ‘Y’ vasca como infraestructura no sea insignificante, no es una línea férrea lo que ETA ataca, ni siquiera el desarrollo de la Comunidad Autónoma Vasca, ni el progreso técnico. Es la libertad.

Si salen, como probablemente hagan, los vascos de su estupefacción, quizá esta vez no haya una deserción similar a la protagonizada por la mayor parte de los técnicos de Lemóniz tras el asesinato del ingeniero Ryan, sino un apretar los dientes, echarse dos guardaespaldas a los hombros y seguir adelante, no tendiendo traviesas, sino construyendo el ‘no’ al terrorismo: es la gran obra pública que la sociedad vasca tiene pendiente.

Irene Lozano

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