lunes, mayo 20, 2024
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¡Que vienen los rusos!

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Al conocer la presunta intención de la compañía estatal rusa Gazprom de comprar una participación en Repsol, miembros del Gobierno manifestaron estar en contra por tratarse de una compañía rusa estatal. Es probable que se tratase de una liebre porque ahora aparece Lukoil, que es privada, lo que elimina ese inconveniente. Además, como se ha apresurado a decir el presidente del Gobierno, tiene en su capital una participación nada menos que del gigante americano Conoco–Phillips. ¿Credenciales impecables? No parece ser así para el ex presidente González, que se ha apresurado a manifestar su «absoluto desacuerdo» con esta operación.

Lukoil, de privada, sólo tiene la apariencia. Se trata de una compañía surgida dentro del gigantesco pillaje que se desencadena a la caída de la URSS con la connivencia entre los que luego son los grandes oligarcas con sectores de la nomenclatura soviética, trufados por el KGB. Lukoil es eso, el instrumento de mafias rusas y del Gobierno de un país en el que cualquier parecido con una democracia es mera coincidencia. Quizá Felipe González, con mucho mayor conocimiento y experiencia que el presidente del Gobierno, está pensando en eso.

El asunto es de gran trascendencia y es el resultado de un largo proceso de errores y especulación que tiene dos importantes hitos. El primero en el tiempo es la política de privatizaciones que, en la estela del pensamiento dominante «thatcheriano», inaugura el Gobierno del PSOE y que sigue con enorme entusiasmo el PP. Ese primer paso del PSOE es clave porque supone que un partido autotitulado de izquierda da el pistoletazo de salida a algo, hasta entonces, poco imaginable y lo legitima (el caso de otra empresa en otro sector estratégico, Endesa, es semejante). Las alegres privatizaciones, basadas en la falacia de que la sede y la nacionalidad de las grandes empresas hoy no importan, esos polvos nos traen estos lodos que, por ejemplo, en Francia no se dan. El segundo paso es la borrachera especulativa y de prepotencia de algunas empresas constructoras, entre ellas destacadamente Sacyr, hoy en trance de bancarrota, que las lleva, de la mano de sus influencias en el Gobierno socialista como «visitadores de la Moncloa», a disparatadas tomas de participación con precios disparados en sectores que nada tienen que ver con ellas. Éste de Sacyr es el caso hoy más importante en el escaparate, pero no el único ya que nuevamente aparece Endesa.

Dice el Gobierno que, como se trata de una operación privada, no interviene. El cinismo, a prueba de bomba, de quien nos toma, una vez más, por tontos. De ser así, tendríamos a una caja de ahorros, La Caixa, cuya razón de ser, según declaran, es la «obra social» (sic) como eje central de una decisión con enormes consecuencias estratégicas, económicas y políticas que afectan no sólo al petróleo sino al gas natural (vía Gas Natural) y a la electricidad (fusión con Fenosa). Se trata de una entidad en simbiosis siempre con el Gobierno catalán de turno y claramente favorecida por los gobiernos socialistas de la nación. Además, en este caso, echando un salvavidas a Sacyr y a su financiador en el enredo, el Santander.

Si Lukoil fuese una empresa «normal» de un país «normal», la operación sería racional e interesante porque aporta elementos de los que carece Repsol. Pero, contrariamente a lo que da a entender el perspicaz Montilla, que apoya la operación, no es éste el caso. Si Lukoil mete el pie detrás de la puerta, los problemas están asegurados, y no sólo para la empresa.

Luis de Velasco

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