viernes 21/1/22

Ciudades sustentables para la libertad y el medio ambienteIII. El funcionamiento de la ciudad

Vimos en las dos primeras partes de esta serie -no se preocupen demasiado los lectores de ESTRELLA DIGITAL, porque terminamos la próxima semana- cómo se configuran las ciudades, y la manera en que pueden o no hacerse sostenibles. Dependiendo para ello de una funcionalidad a la que precisamente dedicamos la entrega de hoy.

De Adam Smith procede la hipótesis de la mano invisible, según la cual, el mercado optimiza la distribución, haciendo posible la mejor asignación de recursos sin necesidad de intervenciones públicas. Pero, también puede funcionar el denominado codo invisible, que genera situaciones aparentemente no buscadas por los agentes del mercado (casos de monopolio, cárteles, falta de coordinación, etc.), que empeoran el escenario social.

Así, por ejemplo, una serie de decisiones sobre si viajar en automóvil privado en vez de recurrir al transporte público, puede dar como resultado que todos lleguen a situarse en lo peor. En esa dirección, una serie de investigaciones ha demostrado que los usuarios del autobús en Londres -como sucede en cualquier otra ciudad-, tardarían menos que los automovilistas en desplazarse de un sitio a otro si hubiera menos automóviles. Y de ahí y de otras indagaciones, surgió la idea del Alcalde Livingtone de encarecer el acceso al centro de la ciudad con automóvil privado, a fin de proporcionar mayor agilidad al transporte público de superficie y también subterráneo.

La primera cuestión a que nos referiremos es la ordenación urbana, una absoluta necesidad para la convivencia y el progreso. Algo que se ilustra con un ejemplo español -que, por lo demás podría encontrarse en otros países- del grito de los barceloneses a principios del siglo XIX: "¡Abajo las murallas!". Reclamaban ensanchar su ciudad, que había quedado constreñida por el mar y los viejos muros ya absolutamente prescindibles, con graves problemas de comunicación, aglomeraciones e higiene.

En ese contexto, Ildefonso Cerdà al diseñar el Ensanche (el célebre Eixample), tuvo claro que Barcelona debía ser abierta, cosmopolita, conectada al exterior por buenas vías de comunicación... Pero sobre todo, había de resultar habitable para sus ciudadanos. Por lo cual, la ciudad crecería en pequeñas islas: manzanas achaflanadas, con sus grandes patios ajardinados, uniendo así lo mejor de la vida del campo con las ventajas de la ciudad. Aunque posteriormente, los barceloneses, en muchas ocasiones, convirtieron estos patios en recintos dedicados a almacenes, pequeñas industrias, e incluso edificios.

Esa pionera planificación urbana según ensanches de Cerdà (1860), muy distinta de la reforma interna de Haussman (de 1852) en París, es hoy el pan nuestro de cada día. Siendo las gerencias de urbanismo de las municipalidades las que en general se ocupan de tal cometido; que ha de hacerse con visión de largo plazo; evitando el cortoplacismo, que es el peor consejero, al infradimensionar las capacidades de obras y servicios con graves consecuencias de colmatación en poco tiempo. En las direcciones que hemos apuntado, la planificación debe ocuparse prioritariamente de una serie de cuestiones en las que entramos a continuación: agua, aire, ruido, energía, residuos, salud, vivienda, y transporte.

Agua más limpia

La intervención humana en las disponibilidades de agua no sólo tiene consecuencias cuantitativas, sino también cualitativas, porque el agua que se utiliza en las ciudades vuelve al entorno, cerrando así un ciclo ya intervenido. De ese modo, las aguas residuales sin ningún tipo de tratamiento, al retornar a su medio natural, generan graves contaminaciones de cauces y acuíferos. Para evitar tal cosa, la Carta Europea del Agua (1968) marcó una serie de objetivos que ya han sido largamente cumplidos en la UE-15; quedando trabajos pendientes en algunos de los nuevos Estados miembros de la Unión, ya con 27 miembros.

Por lo demás, el consumo de agua ha de racionalizarse: en la mayoría de las grandes ciudades, un metro cúbico de agua limpia se vende por menos que una Coca-Cola en un chiringuito, y de ahí el derroche que se crea. Por consiguiente, hay que tarifar empezando con un bloque a precios bajos de, digamos, 60 litros diario -que cambiaría la asignación básica-, para luego encarecer el líquido elemento a un ritmo progresivo.

Aire

No vamos a extendernos sobre el tema que resulta más evidente en las ciudades donde la sustentabilidad no brilla por su excelencia. Resultando que el bien más preciado, lo que respiramos 24 horas al día, se insume en condiciones muy inadecuadas. En ese sentido, recuerdo bien lo que era el aire de Londres en los años 1954 y 1955 cuando estudiaba en la London School of Economics, con sus frecuentes oleadas de smog (el neologismo londinense de smoke, humo, y fog, niebla). A raíz de esas situaciones surgió la política de aire limpio, con las primeras leyes, precisamente británicas, de 1955. Un propósito que España se hizo esperar hasta 1972, con la primera Ley de Contaminación Atmosférica.

En resumen, lo más imprescindible es garantizar el aire limpio, con una red de sensores, con una serie muy larga de medidas para que no se superen los topes permisibles, obligando así a la progresiva eliminación de los focos emisores más dañinos.

Ruido

Todo el mundo está de acuerdo, empezando por los psicólogos y los psiquiatras, en que el ruido es uno de los factores ambientales que más afectan a la calidad de vida. Desde las pequeñas molestias más o menos anecdóticas, hasta alcanzar niveles de trastornos irreversibles en lo más recóndito de la mente humana.

La mejor definición del ruido es bien conocida: «El sonido, o conjunto de sonidos que se perciben por las personas, y que alteran el medio acústico en que normalmente se mueven». Con la particularidad adicional, de que todo depende también de la inevitabilidad del impacto. Sobre esto último, resulta que cuando un ruido es obligado oírlo, e incluso previsible en el tiempo -una tormenta de verano, el paso de un tren a hora fija, las voces infantiles del recreo en el patio de un colegio próximo-, entonces, las ondas sonoras nos parecen justificadas, y la molestia se diluye. Pero cuando se trata del estruendo del tocadiscos del vecino incontrolado en sus 50 watios, o del alarido del viernes noche en calles habitualmente tranquilas, en esas ocasiones todo acaba haciéndose de lo más detestable.

Entre las manifestaciones acústicas más atacantes, deben incluirse, para empezar, el tráfico continuo de las autopistas periurbanas (¿cuántos cientos de kilómetros de pantallas acústicas tenemos ya?), de las grandes arterias dentro de la propia urbe, e incluso en calles antes muy calmosas del casco antiguo. En esos medios, algunos motoristas «hacen lo que pueden», circulando a toda velocidad a escape libre. Como si estuvieran en el autódromo de Qatar, por citar algún sitio en medio del desierto. Y ciertamente, no es menos destacable el capítulo de las ambulancias, que de día o de noche, y llevando o no pacientes, nos penetran hasta los tímpanos con el ulular de sus sirenas, a cotas acústicas absolutamente innecesarias salvo para el ego de sus conductores.

Pero sobre todo, hay que mencionar entre los ruidos más inconvenientes e innecesarios del repertorio municipal el de limpieza urbana. Con sus terroríficas máquinas de barrido, que deben estar en la proximidad de los 100 decibelios. Y que casi de manera continua, aparte del pitido absurdo de cuando van marcha atrás -como si no se las oyera ya lo suficiente, o como si no se las viera por su contaminación lumínica estresante-, son acompañadas por «portadores de cañones de aire», con mascarilla y tapa-oídos; que en medio del mayor estrépito levantan polvaredas con un volumen de ruido casi increíble, sobre todo cuando se hace la comparación con los humanísimos barrenderos que aún perviven. Todo eso hay que combatirlo, y hay muchos medios para ello, dando el ejemplo las propias municipalidades que hoy son las más ruidocausantes.

Muchas cosas, porque las ciudades son microcosmos, como finalmente podremos apreciar tal vez en el próximo y último capítulo de nuestra serie.

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