sábado 11.07.2020

El paladar del tigre

Cuando la gente prueba la solidaridad y el apoyo mutuo, es como cuando el tigre prueba la sangre humana. El desamparo extremo que de las instituciones sufre un tercio de la población española, más el empobrecimiento sobrevenido a otra tercera parte, está generando y desempolvando usos de resistencia y ayuda entre esa mayoría que nada tienen que ver con la caridad, siempre asimétrica y un punto obscena, sino con la supervivencia de los iguales.

Un rico nunca podrá ser solidario con un pobre, pues nada en común con él tiene, pero sí caritativo, ahondando con ello, con su limosna, la menesterosidad del carenciado. La solidaridad es otra cosa, y hoy consiste, por ejemplo, en repartirse los vecinos, a la hora del almuerzo, los niños de aquellos que se desesperan por no poderles procurar ni ese mínimo sustento.

De ese tercio que sobrevive o que vive espléndidamente sobre las ruinas de los condenados a constituir una sub-especie, saben que nada puede esperarse, salvo limosna

Cuando la gente, maltratada por el Estado (en España el Estado es el Gobierno, no hay otro) y abandonada por él, se queda con lo puesto y un duro y frío horizonte de miseria en lontananza, mira a su lado, a quienes están a su lado, para no desfallecer. De los otros, de ese tercio que sobrevive o que vive espléndidamente sobre las ruinas de los condenados a constituir una sub-ciudadanía o sub-especie, saben que nada puede esperarse, salvo limosna, y mucho menos de quienes, detentando el poder, son los autores del desquiciado libreto de su desventura.

La sociedad española, envilecida en los últimos tiempos por la adoración del Becerro de Oro y atontada por la impostura de un falso garantismo y de una falsa democracia, recupera los arcanos del buen corazón y de la buena crianza, que hacen insoportable la visión de un niño con hambre, y menos la de tres millones, que son a los que hoy amenaza, según la última estadística, ese riesgo.

Como el tigre, rendido absolutamente al dulzor de la sangre humana cuando la ha probado, así los españoles ultrajados y reducidos a la miseria están degustando lo único que en esta pobre y podrida España no es para ellos ni acíbar ni veneno: aquello que entre todos puedan repartirse y darse. Eso salva vidas y lamina toda adhesión, presente y futura, al régimen que las conduce a la caquexia.

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