sábado 14.12.2019

Zapatero desciende, Rajoy resiste

Lo más llamativo de las últimas encuestas sobre la situación económica y política española es que los ciudadanos suspenden a todos los políticos y castigan severamente el liderazgo de los dos grandes partidos nacionales, tanto de Zapatero como de Rajoy, que no cesan de bajar y están en la zona de suspenso. Confirmando la sensación de orfandad que nos invade y la ausencia de un liderazgo y proyecto ilusionante y poderoso que provoque en la mayoría de la ciudadanía un atisbo de confianza y esperanza para salir de la recesión económica, y de la depresión familiar y empresarial.

Es verdad que el último sondeo del CIS confirma que el PP ya está 3,3 puntos por encima del PSOE en intención de voto, al tiempo que reitera la tendencia a la baja de los socialistas y de su líder, que ha perdido apoyos, mientras el PP progresa en intención de voto pero sin romper la barrera del sonido. A la vez, Rajoy mantiene su mala imagen de siempre, empeorada quizás en las últimas semanas por la crisis interna del PP que hoy intentará arreglar el presidente popular, una vez que los barones rebeldes, Aguirre, Gallardón y Camps, envainaron sus espadas después de entregar a Rajoy las cabezas respectivas de sus coroneles, González, Cobo y Costa.

La encuesta del CIS ha venido a endulzar la crisis del PP, aunque sus datos no hacen sino confirmar encuestas similares privadas de hace unas semanas con la excepción hecha de las últimas "a voleo" de El País, que anunciaban un empate entre PSOE y PP, empeñados los de Prisa en reconciliarse con el palacio de la Moncloa. Y sin percatarse de que la crisis económica manda por encima de todo lo demás (corrupción y problemas de partido incluidos), lo que constituye el argumento supremo de Rajoy y sus asesores para dejar pudrir todos los problemas internos, convencidos de que no le pasan factura electoral. Mientras que la crisis sí que va desgastando de manera imparable la imagen de Zapatero y las opciones electorales del PSOE, que ahora, con el escándalo de Santa Coloma, ha empatado el partido de la corrupción.

De manera que entre la encuesta del CIS, favorable al PP, la derrota de Aguirre en Caja Madrid en beneficio de Rodrigo Rato (que regresa así al primer plano del PP), la definitiva caída de Costa en Valencia y el pronto castigo a Cobo en Madrid, Rajoy cree haber ganado a la partida simultánea que estaba jugando dentro y fuera del PP. Convencido el presidente popular de que el tiempo y la mala situación de la economía juegan a su favor. Sobre todo porque a Zapatero se le ha caído la máscara del talante, la sonrisa y la buena estrella, aunque su desplome paulatino aún es lento y debería ser más contundente -3,3 puntos no es mucho fuera de los tiempos electorales-, a la vista del desgobierno de la nación y de su incapacidad para hacer frente a la crisis económica.

Desde luego, si en el Comité Ejecutivo del PP, anunciado para hoy, se tiran cohetes de fiesta y se abren botellas de champán, los populares se van a equivocar. Porque el espectáculo que han dado en estos días y las heridas abiertas que ha dejado la reyerta popular no invitan al entusiasmo sino, y en todo caso, a la reflexión y la preocupación. A sabiendas todos de que en caso de abrirse otra polémica interna o desafío a la cimbreante y débil autoridad de Rajoy esta vez será para romper y no para nada más. No olvidemos las recientes palabras de Pizarro y Aznar que calientes están, ni el cruce de las espadas de Aguirre y Gallardón, o los intentos de sublevación de Camps, y los reproches públicos de Herrera y Basagoiti, entre otros dirigentes del PP, o el último desafío de las huestes alicantinas de Zaplana en contra de la que ha sido renovación forzada del aparato del PP valenciano, mientras en el Gobierno de esa Comunidad siguen instalados personajes bajo sospecha del 'caso Gürtel', empezando por el propio Camps. Como agazapados están en la calle Génova Bárcenas, Sepúlveda y alguno más.

Desde luego, para Rajoy mejor así que como estaba, pero nada de echar las campanas al vuelo porque da la impresión de que la crisis del PP no está del todo en su etapa final. Ésta ha sido la tercera vez que estalla desde la derrota electoral del 2008, y todo apunta a que deberá ser la última porque de lo contrario Rajoy no seguirá. De momento, su fama de killer de sus adversarios políticos en el interior del PP sigue creciendo, aunque esta vez las cabezas que se acaba de cobrar son de segundo o tercer nivel. Pero algo es algo y Rajoy ha salido airoso del nuevo sobresalto.

Naturalmente, desde el primer sillón del PP y con el control del aparato del partido todo eso es mucho más fácil, especialmente si llega la amenaza a los tirios de Gallardón y las troyanas de Aguirre de que iría a por ellos en caso de seguir viva su discusión. Lo de Camps era más sencillo, a pesar de que Ripoll (el hombre de Zaplana) hizo un intento final para descarrilar al presidente valenciano, quien no deja de sonreír y nadie sabe bien por qué.

Como sonríe, aunque cada vez menos, Zapatero, que aún sigue en el poder y tiene dos años y medio por delante, convencido de que en ese tiempo va a arreglar los problemas económicos de los españoles. Lo que resulta poco creíble, porque el presidente sigue sin enterarse de que la crisis española es de un calado y una gravedad muy especial y en casi nada comparable a la de otros países de la Unión Europea. La que ahora toca presidir a Zapatero, convencido de que éste será su momento estelar para recuperar imagen y dar un vuelco a su mala tendencia electoral.

Aunque el optimista antropológico de Moncloa se puede equivocar, a no ser que los del PP decidan optar por un suicidio colectivo, volviendo a las guerras cainitas y luchas de poder que, en caso de desatarse, acabarían con Rajoy. Máxime ahora que Rodrigo Rato ya está, política y oficialmente, a punto de volver. Y si dejó el FMI por motivos personales imagínense lo poco que le costaría a Rato dejar Caja Madrid para presidir el PP.

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