sábado 14.12.2019

Política y pucherazo olímpico

La suerte está echada y hoy se conocerá en Copenhague el nombre de la ciudad que organizará los Juegos Olímpicos del 2016. En la carrera figuran cuatro países, curiosamente, con gobiernos progresistas, están tres grandes potencias mundiales y continentales como Estados Unidos, Brasil y Japón, y un país mediano y europeo, España, en competencia con todos ellos. Y con dos líderes mundiales de indiscutible prestigio, como los presidentes Obama y Lula, cuyo peso e influencia se notará entre todos los delegados del Comité Olímpico. Ese club oscuro no democrático ni representativo del deporte olímpico, plagado de reyezuelos y príncipes de cartón, además de pintorescos y aventureros personajes, algunos relacionados con historias de corrupción. Un club, el Comité Olímpico, obsoleto y rancio que se merece una urgente reforma democrática en beneficio del que debe ser el verdadero y transparente espíritu olímpico y deportivo.

Pues del Comité y de la capacidad de influencia de su presidencia y cargos ejecutivos depende todo, y hoy veremos qué pasa y qué consecuencias va a tener el resultado de la votación en la vida política de los países aspirantes y en la opinión pública en general.

El nuevo primer ministro japonés, Yukio Hatoyama, recién llegado al cargo tras la histórica victoria de la izquierda nipona frente a los eternos liberales de su país, se acaba de reincorporar a la candidatura de Tokio, que no figura en las encuestas como favorita, por lo que si Japón fracasa nadie le culpará de la derrota. Por el contrario, si Japón gana o si llegara a la final Hatoyama será acogido como héroe en Tokio, lo que permite decir del primer ministro nipón que tiene poco que perder y mucho que ganar.

La entrada de Obama en la escena olímpica, territorio propicio y cercano a su liderazgo político y personalidad, ha constituido la gran novedad de la cita danesa. Si Chicago se alza con la sede olímpica, el presidente Obama habrá obtenido un gran triunfo internacional, habrá ampliado su aureola de triunfador y mejorado sensiblemente la imagen de Estados Unidos en el mundo. Su inesperada llegada a Copenhague, donde le esperaba su mujer, Michelle, ha hecho subir las expectativas de Chicago, porque se dice que la visita de Obama a la final olímpica está precedida de la convicción de una victoria final. Por el contrario, si Obama pierde, sus adversarios políticos en Washington se lo reprocharán, pero su prestigio y poder es tan grande que una derrota no dañará su liderazgo, pase lo que pase en la votación.

El presidente Lula de Brasil tampoco se juega política y personalmente demasiado en esta batalla olímpica, porque ya está en retirada del cargo. Pero si Rio de Janeiro se convierte en sede olímpica en el 2016 el triunfo se convertirá en un espectacular broche de despedida del presidente Lula, en un país tan aficionado al deporte como es Brasil. Además Lula representa en la batalla de Copenhague las naciones del Tercer Mundo y al continente sudamericano, donde nunca se celebraron unos Juegos Olímpicos, lo que constituye un elemento sustancial a su favor, de la misma manera que a Chicago le favorece el haber conseguido a estas alturas los avales de los contratos de la retransmisión televisada de los Juegos a todo el mundo, el grueso del dinero del que viven los vividores del Comité Olímpico. Puede que por ello la larga mano de la presidencia olímpica, que parecía estar del lado de Lula -como se vio en las últimas calificaciones, arbitrarias-, se haya subido al caballo de Obama en última instancia.

Finalmente, está España, un pequeño país frente a las dos grandes potencias económicas e industriales de Estados Unidos y Japón, y frente a la potencia emergente de Brasil, que quitará a España importantes apoyos en América Latina. España tiene dos cosas a su favor: la mejor candidatura técnica y el apoyo más decidido de los ciudadanos de la ciudad candidata, Madrid, tal y como se ha explicitado en los últimos días. Pero semejantes avales que en un concurso democrático y transparente deberían ser definitivos no cuentan demasiado. Sin embargo, políticamente hablando, la victoria o la derrota de Madrid en las votaciones tendrá lecturas de diversa índole en nuestro país.

Imagínense lo que pasaría en España -y en el seno del PP- si, por ejemplo, Madrid llega a la votación final con Estados Unidos y acaba ganando. En ese caso alguien podrá decir o titular: el Rey derrota a Obama (ABC); o Zapatero derrota a Obama (El Público); o Gallardón derrota a Obama, que sería el más lógico titular, sobre todo a los ojos del PP. El llegar a la final sería, sin lugar a dudas y ante el potencial de todos los competidores, buen resultado para Madrid aunque se perdiera la última votación. Sin embargo, si Madrid cae en primera ronda, o segunda vuelta, una enorme decepción se apoderará de la delegación española y, tras las condolencias de cortesía, le llegará el turno a los aizcolaris cortadores de árboles caídos, por el rayo que no cesa de la trituradora política española.

Se dirá que Zapatero es gafe (La Razón), o que Gallardón es el culpable de todo y un despilfarrador que se ha gastado muchos millones para nada (El Mundo). Y en la dirección general del PP pensarán que ha enterrado para siempre la carrera política del alcalde de Madrid, mientras su enemiga más directa, Esperanza Aguirre, hará correr el champán en la Puerta del Sol, a la vez que brindará eufórica sobre el próximo "atraco" a Caja Madrid, con la técnica del butrón, llevando al tonto de Tomás Gómez como picador.

Pero el alcalde no debe abandonar ni dar un paso atrás sino insistir en que Madrid volverá a ser candidata a la sede olímpica. ¿Acaso no lo fue hasta por ¡siete veces! Barcelona, hasta que dio el pucherazo olímpico el ínclito Samaranch? Pues eso, Gallardón y Madrid a perseverar y a ver si entre tanto el Comité Olímpico se empieza a democratizar.

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