martes 22.10.2019

Simone Veil, la modernidad dentro de la tradición

Al llegar a casa y empezar a ver la prensa  con fotos en blanco y negro de esa bella cara de Simone Veil de joven, me doy cuenta de que ha fallecido un símbolo de un montón de cosas del S. XX y se me agolpan los recuerdos y las anécdotas de mi paso por el Grupo Liberal del Parlamento Europeo donde tuve la suerte de conocerla.

Madame Veil , como se la conocía en el Grupo Liberal, era una Señora con un físico contundente que se arreglaba como si fuera del “ancien régime”, pero de cuyos labios, que no dejaba de retocarse con el pintalabios rojo, se emitían, los más enérgicos mensajes, histórico europeístas, sociales, feministas, libres, en cualquier circunstancia y sobre cualquiera de los temas de los que se tratara.

Con razón, tenía esos ojos almendrados en azul grisáceo con fondo de día nublado y esa piel tostada, casi latina que adornaba con trajes sastre Channel y camisas de seda con lazo siempre tono sobre tono. Entre el reloj y pulseras en su muñeca izquierda se veía el número de deportada en Auschwitz que nunca quiso borrarse.

Nacida en Niza en 1927, de una familia judía, apellidada Jacob, aunque más judía por razones culturales que religiosas, de la que fueron todos deportados y solo sobrevivieron las tres hermanas,  sabía lo que era el peor de los sufrimientos, la supervivencia  y de lo peor a lo que podía llegar la raza humana. A pesar de ello ,por su carácter optimista, aunque sin ilusiones, estudió ciencias políticas y se dedicó a la política en el partido  centrista francés, UDF, aunque con conciencia absolutamente dispar, cuando menos, de la de sus pares.

Chirac le ruega que acepte ser Ministra de salud de un gobierno de Valery Giscard d´Estaing, y se atrevió con la ley del aborto, absolutamente conflictiva en su momento en Francia y en su partido. Madame Veil consideraba que las mujeres que se enfrentaban al drama de abortar, no debían ser mutiladas por ello  en cuchitriles clandestinos ni encarceladas por incumplir la ley.

Con Giscard d ´Estaing como presidente de Francia, al que le gustaban los símbolos, fue elegida  en 1979 eurodiputada y después Presidenta del primer Parlamento Europeo elegido democráticamente y desde el principio fue consciente de las dificultades del proyecto europeo que defendía a capa y espada para que se evitaran los errores del pasado y que los europeos en lugar de encontrarse en los campos de batalla o en los campos de concentración lo hicieran en la mesa de negociaciones o en un hemiciclo.

Madame Veil era exigente con sus colaboradores y aceptaba con dificultad la mediocridad, y como tenía esa presencia y esa capacidad y carácter para decir lo que pensaba, la oí hasta despotricar un día del exceso de juristas en el mundo que más que aportar soluciones, complicaban mucho la obtención de las mismas. Aunque no fuera una intelectual pura era una maravilla oírla en ese francés que ya casi no existe, su fonética, la elección del adjetivo preciso. Un francés casi literario, hasta para mencionar lo más banal, que compartía, en su caso menos redicho, con Valery Giscard D ´Estaing, y que hacía las delicias de los intérpretes a  los que les encantaba trabajar con ella.

Precisamente, Simone Veil, junto con Françoise Giroud, fueron las dos mujeres que supusieron la modernidad dentro de la tradición  en momentos convulsos en Francia y que supieron ganarse a pulso su lugar en las instituciones por las que pasaron y dignificaron. Así como abrir las tan necesarias puertas a las mujeres, de sectores hasta entonces tradicionalmente masculinos.

A pesar de todo el dolor con el que convivía, le oí decir un día que era optimista y que creía  que existía el progreso. La humanidad es hoy más soportable que antiguamente, y puso como ejemplo que antiguamente las familias escondían a los hijos deficientes y que ahora se les quiere, se les acepta y se les  da formación e integra en las sociedades.

En una ocasión, ante la pregunta de una impertinente periodista, sobre si creía en Dios, su negación fue de tal contundencia que pareció que quisiera recordarnos que Dios se olvidó de ella , de su familia y de la humanidad, cuando ella contaba con pocos años de edad.

Simone Veil, la modernidad dentro de la tradición
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